No se me ocurre ninguna canción en concreto a la que pueda atribuir el despertar de mi pasión por la música. Se me ocurren muchas, y de estilos muy distintos. Diría que el jazz fue una de mis influencias claves, y dentro de este estilo pocas canciones me influyeron tanto como St Thomas, de Sonny Rollins, que aparecía en su álbum Saxophone Colossus. Con ella aprendí a tocar y diría que también con ella se despertó en mí la vibración del jazz. Es una de las canciones que más me han impactado, sin duda.

En lo que a hip hop se refiere, Das EFX fue de lo primero que consiguió entusiasmarme. Creo que los escuché por primera vez a principios de 1994 o finales de 1993. Desde el principio quise imitar su estilo multisilábico y creo que fue el entusiasmo por lo que ellos hacían lo que me impulsó a combinar jazz y hip hop casi desde el principio. Han pasado 25 años y esa sigue siendo la esencia de mi trabajo. Son mis dos culturas, las dos formas de arte que siento como propias.

Yo crecí en Birmingham, en el centro de Inglaterra. Mi familia se instaló allí cuando yo tenía nueve años. Artística y culturalmente, fue en esta ciudad donde me formé y donde descubrí casi todo lo que me estimula y me empuja a ser creativo. Brirmingham puede parecer una ciudad provinciana y algo alejada de los grandes centros de producción cultural, pero su escena musical es rica y vibrante.

En realidad, con Birmingham ocurre como con casi todas las ciudades que conozco: está la escena cultural más o menos ‘oficial’ y mayoritaria, con la que entras en contacto paseando por Broad Street y asomándote a los bares, tiendas y clubes de la zona, y luego está esa cara oculta, mucho más estimulante y diversa, en mi opinión, que está vinculada a las tribus urbanas y a las comunidades de inmigrantes, que practican un mestizaje de una extraordinaria riqueza. Están los estudiantes del conservatorio, a los que de vez en cuando puedes ver tocando en el centro de la ciudad, pero también a los chavales que hacen reaggae moderno y mutante en el barrio de Handsworth o a la comunidad india, de una vitalidad sorprendente.

A estas alturas de la evolución musical, el jazz y el hip hop ya han pasado de primos a hermanos. Han confluido de tal manera que cada vez resulta más difícil trazar una frontera entre uno y otro. Muchos jóvenes piensan que esta fusión tan intensa es un fenómeno contemporáneo, pero ya en los 90, cuando yo empezaba, los artistas de hip hop sampleaban sobre todo jazz de diferentes estilos. Recuerdo, por ejemplo, Low End Theory, el segundo álbum de A Tribe Called Quest, en el que Ron Carter fue artista invitado y encajó a la perfección en el sonido del grupo.

Digamos que para mí son dos dialectos del mismo idioma. Mi ambición siempre ha sido llegar a ser el MC más auténico y el músico de jazz más genuino. En eso sigo.