Costa-Gavras (nacido Konstantinos Gavras), a sus 86 años, sigue siendo un hombre sumamente atractivo y elegante. Cuando se le habla de su estupendo porte y  su jovialidad, replica sonriente: “No hago nada en especial para mantenerme en forma; no voy al gimnasio, que es muy aburrido. En realidad, creo que se debe a algo genético. La naturaleza me trató bien”. 

En una sala del hotel Excelsior de Venecia, en plena Mostra del Cine, el director de títulos míticos como Z (1969), por la que ganó el Oscar a Mejor Película en Lengua no Inglesa, Desaparecido (Missing, 1982), con un desesperado Jack Lemmon buscando a su hijo durante el Golpe de Estado chileno del 73 o La caja de música, en la que Jessica Lange, convertida en abogada, defendía a su propio padre, acusado de crímenes de guerra, habla largo y tendido sobre su carrera y asegura que no es nostálgico. Además, también comenta el por qué de su última película, Comportarse como adultos, film en el que, desde el punto de vista exclusivamente de Yanis Varoufakis,  narra lo acontecido en Grecia durante el verano de 2015 hasta el referéndum consultivo que se llevó a cabo en el país.

 

Premio Honorífico en Venecia y en San Sebastián. ¿Qué ve cuando mira hacia atrás?

Que lo único que he intentado e intento hacer, no solo como director, sino también como espectador, es observar cómo vivimos, qué hacemos durante determinada época y por qué lo hacemos. Por ejemplo, por qué hacemos guerras, por qué nos matamos los unos a los otros… No nos respetamos. Todo el mundo dice: “Oh, me gustaría ser respetado”, pero luego no respetamos al prójimo. 

 

¿Se considera un hombre estoico, como Yanis Vaurofakis, con mucha paciencia?

Sí. Uno tiene que ser paciente, sí (ríe). 

 

Y, como él, ¿también un outsider, en su caso, en el ámbito cinematográfico, por hacer las cosas distintas y crear su propio mundo?

Sí. Bueno, en realidad, es necesario que cada uno cree su propio mundo para sobrevivir de forma pacífica. Con Varoufakis tuve una buena relación y desde el principio fui muy claro. Le dije: “Me gusta tu libro. Dame los derechos y yo haré lo que quiera con él. Y eso será todo. No participarás”. A veces le consulté por algunos asuntos económicos que yo no entendía. Pero también es un personaje especial. Es un buen escritor y sabe de lo que habla.

 

¿Qué le interesa más en esta historia, el dilema de la situación en sí o las relaciones entre los políticos hablando sobre cómo tratar el asunto?

Para una película lo importante es la relación entre la gente. Cómo lo hacen y qué hacen, no tanto indagar de forma profunda en la situación. Y en este caso, donde las personas tienen mucho poder, explorarlos y ver lo que hacen. Pero sin plasmar sus vidas privadas; no me interesan. Lo que me interesa es, en esa particular situación de poder, cómo son. Muy frecuentemente he tenido que encontrar las palabras precisas que allí se dijeron, lo cual no es fácil. He intentado ser todo lo ético que me ha sido posible en cuanto lo que hacen, dicen y son. 

 

El título original de su película es Adultos en la habitación. ¿Considera que, en política, muchos de los problemas surgen porque no hay suficientes adultos en la sala y el ser humano no es lo suficientemente sabio? 

(Ríe) O, quizá, que hay demasiado adultos. Gente anciana. Esa frase, Adults in the Room, me gusta mucho porque fue pronunciada por Christine Lagarde (ex directora gerente del FMI-Fondo Monetario Internacional), que al ver a toda esta gente hablando, y haciendo, pronunció eso. Y era lo que veía a su alrededor. También me gusta porque es la única persona de todo el grupo que dijo: “La deuda no puede ser pagada por la gente. La deuda es tan grande que es imposible pagarla. Si te piden pagar 10 millones mañana, de acuerdo, pero es que no pueden”. Eso es lo que ella pensaba. Y años atrás hizo algo mucho más interesante. Fue al gobierno griego, antes de la crisis y en medio de la crisis, cuando era ministra en Francia, y les dio una lista de 2.000 personas que no pagaban impuestos, con todas las fortunas en Suiza, al gobierno griego. El gobierno griego la tomó y anotó los nombres, y luego dijeron: “Hemos perdido la lista” (ríe). Así que fue una mujer que dijo: “No pueden pagar eso; encontremos una solución”.

 

En términos generales, ¿se siente decepcionado con los políticos actuales?

Normalmente siempre estamos decepcionados con los políticos, porque prometen muchas cosas que luego no cumplen (ríe). Ese es el problema. Y desde el punto de vista opuesto, también es decepcionante porque, si no nos hacen esas promesas, no los queremos. Nos gustan cuando dicen que cambiarán esto y lo otro. Si dijeran la realidad de las cosas no nos gustarían. Así que también es nuestra responsabilidad. 

 

Repasemos su carrera. Z es un referente para muchas personas. 

Esa es la historia de las películas. Es increíble el proceso de cómo llegan, se estrenan, envejecen y finalmente desaparecen. Y solo algunas permanecen. Me sorprende que todavía me hablen de Z tras todos estos años. Pero eso no se puede programar o planear. Simplemente ocurre. Es un milagro. 

 

Otra película importante es Desaparecido (Missing). ¿Qué recuerdos tiene de Jack Lemmon?

Tuvimos una relación extraordinaria. Cuando le envié el guion, a los tres días su secretaria llamó a la mía y dijo: “A Jack le gustaría ver a Costa”. Y eso nunca ocurre. Normalmente tienes que esperar una, dos semanas, o varios meses (ríe) para que el actor te diga sí o no. Fui a verle a su casa de Los Ángeles, y cuando intenté explicarle quién era su personaje, me espetó: “¡Para! Tú haz y yo haré”. Fue una relación estupenda. 

 

¿Mantuvieron la amistad tras la película? 

Sí. Además, la productora no quería a Jack Lemmon para el papel. Lo veían como un actor de comedia. Naturalmente, después de todo eso, estaban encantados con que lo hubiese hecho (ríe). 

 

¿Vuelve a ver sus películas?

La verdad es que no, aunque a veces sí ocurre, cuando recibo un homenaje o algo así. Pero no me gusta volver a verlas. 

 

No es nostálgico. 

No, no. Además, prefiero quedarme con la imagen que tenía al principio. Y nunca digo que las habría hecho de forma distinta. Las películas se hacen de la forma en las que las haces en el momento en el que las haces. Con esa sensibilidad determinada. Y no dices: “Oh, esto debería ser distinto”. Muestran cómo era yo en ese momento específico. 

 

Se instaló en Francia en 1965. ¿Alguna vez pensó en volver a Grecia?

No. Yo huí de la situación en Grecia y uno no vuelve a su prisión (ríe). Vuelvo de vacaciones, para ver a amigos y familiares, pero no para vivir. 

 

¿Una película puede cambiar algo?

Una, no lo sé, pero todas juntas, desde los orígenes del cine, sí han cambiado el mundo porque a través de las películas somos capaces de conocer a los otros. 

 

Por último, ¿qué es para usted el cine?

Una extraordinaria forma de comunicación. Hay que entender que, al fin y al cabo, el cine es un arte muy joven con unos 120 años de historia. Es bueno ver cómo vivían y viven otras gentes: los japoneses, sudafricanos, sudamericanos… y luego, vernos a nosotros. Es extraordinario. A la primera proyección fueron unos pocos, a la segunda, unos más, y, desde entonces, millones y millones de personas han ido y van al cine. Es una forma de comunicación extraordinaria, siempre y cuando permanezca libre. Es necesario que los directores permanezcan libres para contar lo que quieren contar.