La música de Marvin Gaye me entusiasma desde que la escuché por vez primera en 1961, el año en que me incorporé a la plantilla de Motown Records. Lo mismo podría decir de Marvin, el hombre. Cuando nos conocimos, él era un antiguo recluta de las fuerzas aéreas de solo 22 años al que le sobraba talento pero le faltaba aún algo de autoconfianza.

Aunque la suya era ya una voz espléndida, aún no había encontrado del todo su estilo personal. Él quería ser un baladista clásico, al estilo de Nat King Cole. Le vi actuar en Bimbo's, una sala de conciertos de San Francisco, vestido impecable, con un smoking blanco, y cantando baladas de una pulcritud exquisita pero algo anodina. El público californiano de los primeros 60 no quería a un Nat King Cole de 22 años, así que su reacción fue un tanto gélida. Esos primeros recitales, bastante incómodos, en general, por su escasa capacidad de conectar con la audiencia, explican en gran medida por qué Marvin sintió un paralizante miedo escénico hasta bien entrada su carrera.

La confianza llegaría, por supuesto, con sus enormes éxitos de mediados de los 60. Su obra maestra es, sin duda, What’s Going On, un disco excepcional, pero de gestación lenta y difícil. En 1970 yo era ya el director general de Motown. Marvin estaba en la cresta de la ola y todas teníamos grandes esperanzas puestas en su siguiente álbum. Sin embargo, él seguía trabajando a su ritmo, puliendo una y otra vez la canción principal, la que acabaría dando título al álbum, una balada política que él pretendía que fuese su transición a una etapa de plena madurez artística.

 

Cuando escuchamos las primeras demos de esa canción revolucionaria en todos los sentidos, la supuesta obra maestra en la que Marvin tenía puestas tantas esperanzas, nuestra reacción fue algo tibia. No estábamos seguros de que una canción protesta fuese lo que Marvin Gaye necesitaba a esas alturas de su carrera. Más bien esperábamos algo menos comprometido y más comercial, en la línea de I Heard It Through the Grapevine.

Y si mi reacción fue tibia y cauta, la de Berry Gordy, propietario del sello, fue directamente negativa. En la primera reunión que tuvimos en Los Ángeles para valorar What’s Going On, Berry estaba hecho una furia, indignado por la deriva mística de Marvin, que en su opinión pasaba más tiempo “subiendo al monte Sinaí para hablar con Dios” que trabajando en su música. En enero de 1971, el primer tema seguía sin estar acabado y todos los demás, sencillamente, no existían. Así que nuestro jefe de control de calidad, Billie Jean Brown, y yo fuimos a hablar con Marvin para que diese por buena de una vez What’s Going On y pudiésemos editarla como single. Era todo lo que teníamos.

Yo estaba de vuelta en Detroit cuando recibí la llamada de un Berry colérico, que se preguntaba cómo habíamos decidido editar aquella canción horrenda. “Es lo peor que he escuchado desde que me dedico a esto”, me dijo en una de esas frases que se recuerdan toda la vida. Pero el caso es que fue un enorme éxito. Se agotó en un par de días y ni siquiera pudimos hacer frente al estratosférico volumen de peticiones de las tiendas de discos.

Con aquella canción, Marvin había conseguido captar el espíritu de su época, de aquel momento crucial en la transición de los idealistas 60 a los cínicos y violentos 70. Cuando editamos el álbum completo, en mayo, ocurrió exactamente lo mismo. Se coló entre los diez más vendidos en solo cinco semanas, algo bastante insólito por entonces y, desde luego, muy raro en nuestra discográfica.

Como detalle curioso al que no he visto que se haga referencia muy a menudo, entre las voces que se oyen justo al principio, grabadas durante una fiesta que Marvin improvisó en el estudio, están la de varios jugadores de los Detroit Lions,  equipo profesional de fútbol americano. Por entonces, yo era socio de los Lions e iba al campo siempre que tenía la oportunidad. Marvin no se perdía ni un partido y había hecho amistad con varios integrantes de la plantilla. De hecho, a sus 32 años, estando aún en plena forma, pese a la vida un tanto desordenada que llevaba por entonces, no perdía la esperanza de entrar en el equipo.

Por supuesto, no tenía nivel de jugador profesional, pero era duro, rápido y tenía un cierto talento. Sé de lo que hablo: mi amigo Phil Jones y yo intentamos pararle los pies en un partidillo amistoso disputado durante uno de los picnics veraniego de la Motown y Marvin nos pasó por encima como un trolebús desbocado. Al día siguiente, Phil y yo teníamos que volar a Europa y lo hicimos en un estado lamentable, con el cuerpo lleno de magulladuras, cortesía del ímpetu y la intensidad con la que Marvin se tomaba todo lo que hacía. Así era él. Terco, duro, entusiasta. Un verdadero león de Detroit.