La noche anterior, Macarena Gómez (Córdoba, 1978) volvió a casa con la cabeza llena de sangre. No teman, no le ocurrió nada malo, es que venía de rodar la nueva serie de Alex de la Iglesia para HBO, 30 monedas, de la que de momento no puede destripar nada. Combinando esa mirada enigmática y esa resolución cordobesa, cuenta que por la mañana se fue a vacunar de sarampión, que a los de su quinta no les vacunaron y no quiere cogerlo ahora, que al parecer hay un brote.

En la biografía de su perfil de Instagram, Macarena se define como “agorafóbica, esposa, bruja vasca, vecina del ático, mujer pulpo, yonqui mellada y serial killer”; pero en realidad se refiere a algunos de los papeles que ha interpretado. Ahora estrena El crack Cero, de José Luis Garci (una precuela de El crack, de 1981) y Los Rodríguez y el Más Allá, de Paco Arango. En la recámara tiene la película independiente Amor en polvo, en la que actúa y produce, una comedia dirigida por Juanjo Moscardó y Suso Imbernón, que andan moviendo por festivales y plataformas. Pero tal vez su proyecto más novedoso es su salto a la empresa, con el túnel de viento Terminal Zero que ha abierto en Zaragoza.

Emili Puig

 

¿Cómo se mete una en el extraño negocio de los túneles de viento?

Todo empezó por mi marido, que es paracaidista. Al conocerlo, volví a hacer paracaidismo, que tenía ganas de hacerlo, pero no encontraba el cuándo, el dónde ni el con quién. Yo ya saltaba hace años, luego lo dejé cuando me quedé embarazada… Ahora salto en tándem, con otra persona, antes saltaba sola. Así que abrimos este negocio, llamado Terminal Zero, en Zaragoza, donde está nuestro socio Joan Baldrich, que es el entendido en negocios. Zaragoza era, además, el mejor sitio para abrir, según nuestro estudio de mercado, porque viene mucha gente de las provincias circundantes. 

 

¿Por qué le atrae tanto tirarse de aviones?

Yo es que soy muy aventurera y me gusta el riesgo. De chica soñaba mucho con volar: en uno de mis sueños recurrentes rescataba volando a todos mis compañeros, como haciendo una conga aérea, de una catástrofe en el colegio. Cuando estás en caída libre no sientes que caes, sientes que estás volando. 

 

Pero vaya yuyu cuando se abren las puertas del avión y se tiene una que arrojar al vacío.

Es una sensación única e indescriptible. Te entra un cosquilleo por el estómago… Adrenalina brutal… Vaya, que es in-des-crip-ti-ble.

 

También le gusta bucear. Y le dan miedo los tiburones.

Lo que me da miedo es no ver el fondo del mar, no saber lo que hay debajo. Si estoy en alta mar tengo que llevar gafas de buceo para ver lo que pasa ahí abajo, metros y metros de oscuridad. Igual es que me da miedo la oscuridad…

Emili Puig

 

O la incertidumbre…

Eso no creo, porque me dedico a una profesión en la que vivimos en una incertidumbre constante. Pero quizás sea la oscuridad, que me daba miedo de chica… Me gusta cuando me hacen preguntas que me hacen plantearme cosas. Podríamos decir que me da miedo la oscuridad marina, o submarina. 

 

Hablando de miedo, ha hecho muchas películas de terror. ¿Es una conexión con su faceta arriesgada y aventurera?

Sí, es curioso. Fíjate, ahora lo estoy entendiendo todo: de pequeña vi E.T., y a mí E.T. me daba miedo. Cuando lo digo la gente se ríe. Pensaba que iba a salir de debajo de la cama mientras dormía, porque no veía lo que había ahí debajo, que quizás es lo que me pasa cuando estoy nadando en alta mar.

 

Vaya psicoanálisis.

Es que E.T. me daba un miedo horroroso. Tampoco sabía si iba a aparecer cuando abría el armario para coger un vestido. Así que nunca volví a ver películas de terror. Vi, por casualidad, Tiburón, y me afectó muchísimo. Hasta que un buen día, con 19 años o así, leí una crítica de una película, Los sin nombre, de Jaume Balagueró (con el que luego trabajé), que decía que era maravillosa. La vi y me encantó. Pensé: ¿por qué me estoy perdiendo este tipo de cine? Luego, casualmente, la primera película en la que me ofrecieron trabajo fue Dagon, de Stuart Gordon, basada en los cuentos de terror de Lovecraft. Así empecé a hacer pelis de género y me empecé a enganchar.

Emili Puig

 

Tienen pinta de ser los rodajes más divertidos.

Sí. Ahora cuando veo una película de terror ya no me da miedo, porque sé cómo funcionan. Me digo: ahora el susto va a venir de la puerta, si han hecho un plano del teléfono es porque en la siguiente secuencia va a sonar el teléfono y la actriz se va a asustar. Y es lo que más me divierte. Me encanta la acción: saltar, engancharme a un arnés, pelear… Me gusta desenvolverme con el cuerpo.

 

En las pelis de José Luis Garci no hay tanta acción.

No, eso es otra historia. El ritmo de Garci es el opuesto al de las otras pelis frenéticas que hago. Garci es más de plano fijo, plano y contraplano, un cine más clásico, personajes más pausados. El crack Cero es cine negro puro y duro. Como actriz me gusta que me ofrezcan los papeles más diversos posibles. Los personajes que hago con Garci me suponen un reto, porque distan mucho de cómo soy yo y de lo que he hecho durante mi carrera profesional.

 

Estudió usted danza clásica, ¿de qué le ha servido en su carrera como actriz?

De mucho. Cuando me preguntan de qué me arrepiento siempre digo que de haber dejado de bailar. Ahora volver a ir a clases ya no lo veo, pero era feliz bailando. Me dio muchísima disciplina, fui a clase de ballet todos los días de mi vida de los cuatro a los 18 años. Me dio un conocimiento de mi cuerpo brutal. El actor tiene dos elementos de trabajo: la voz y el cuerpo. Yo con el que más destaco es con el cuerpo.

 

Sin embargo, hizo el doblaje de un personaje en la película de animación Angry Birds 2. Ahí solo cuenta la voz. 

Sí, cuando me llamaron para este trabajo me extrañó, no sabía que era capaz de hacer voces, pero descubrí una faceta que me encantó. En el doblaje no puedes usar mucho el cuerpo: si gesticulas demasiado respiras de otra manera o puedes hacer ruido que se cuela en el micro.

 

Trabajar en La que se avecina, una serie tan seguida, debe dar mucha popularidad callejera. ¿Cómo lo lleva?

Es incuestionable que esa popularidad hace que te salgan otros trabajos. Esos son los beneficios de una serie de éxito. Luego que me paren por la calle y me llamen por mi nombre, y me digan que les gusta mi trabajo, me encanta, como a todo el mundo. Luego hay otros momentos en los que la gente te coge, te molesta, te hacen una foto en un restaurante mientras te estas metiendo el tenedor en la boca. En el metro nadie me dice nada, porque no se concibe que alguien que salga por la tele coja el metro. A veces veo que la gente se da codazos, “mira es la de La que se vecina”, pero como que no se lo creen. Pero todo depende del arte que tenga la gente; es que hay que tener arte en la vida. 

 

¿Qué momento vive ahora la profesión?

Ahora mismo estamos viviendo un momento precioso para los actores, los directores, los técnicos. Hay mucho trabajo que se está generando con las plataformas. Siempre me pregunto si es una burbuja, si durará, pero es espectacular. Eso sí, parece que siempre trabajamos los mismos: tengo compañeros que empalman una serie con otra y otros que no consiguen trabajo. Son modas.