Compré el Desintegration en casete al día siguiente de que mi primo me llevara a mi primer concierto para mi 11 cumpleaños. Justo al salir del recital me había hecho con una camiseta pirata de los puestos del aparcamiento, estampada con "The Cure - The Prayer Tour - 1989", con la escasa paga que tenía de mis padres.

Solo tenía 11 años, pero elegí escucharlo en pequeñas dosis, eligiendo los momentos correctos para experimentar las canciones a fondo, justo en los que me fuera posible perderme ellas. Y me cambió. Estoy bastante seguro de que empecé a crecer como persona por eso. El disco era misterioso y hermoso y no sabía de dónde venía: no estaba en la radio, no lo veía en los programas de televisión de los "grandes éxitos". Ese álbum me abrió el apetito; fue el primer disco que me hizo explorar activamente otra música.

El Desintegration no me inspiró a tocar música, exactamente, sino a interesarme por ella. Lo escuché, de hecho, muchos años antes de considerara siquiera ponerme a tocar algún instrumento. No es un disco con el que alucinara luego de adolescente, como con los álbumes de Rush o Nirvana. Pero siempre he conocido cada nota, cada letra, cada sonido y cada capa del Desintegration. Porque ya formaba parte de mí desde el principio. Y sin eso, raramente habría llegado a ser batería.

Como sucede con la mayoría de los músicos, me ha resultado más difícil disfrutar de mucha música. Mis oídos rompen de inmediato las canciones y sus elementos y escuchan la construcción, sus patrones... Con una excepción: todavía logro perderme en el Desintegration. Siempre es emocional, y todavía suena único. No puedo pensar en muchos álbumes que sean simultáneamente cálidos y fríos, masivos y, sin embargo, en esencia, simples. Suena cargado: tiene profundidad.

Conducía recientemente con una amiga que nunca lo había escuchado en su totalidad. Lo puse y una vez más me caí en él de lleno, inmerso, tal vez tanto como ella escuchándolo por primera vez. He vivido con el Desintegración durante la mayor parte de mi vida y, sinceramente, no puedo