Devendra Banhart es un seductor nato. Rezuma la misma sensibilidad e inocencia que sus canciones y eso elimina la barrera que suele haber entre la persona y el personaje. “¿Que por qué escribo poemas, dibujo o colaboro con diseñadores de moda? Porque no tengo hobbies”, responde en un castellano perfecto.

Banhart nació en Texas pero pasó su infancia en Venezuela. Desde hace dos décadas, su folk cósmico y las diversas mutaciones que este ha ido sufriendo, forma parte del imaginario de la música alternativa. Figura de culto e icono, el de Houston publica a sus 38 años su nuevo disco, Ma y habla con PORT sobre cualquier tema que se ponga a tiro, empezando por sus canciones, Venezuela y los artistas que más le han marcado.

 

¿Qué tienen que ver la paternidad y la maternidad con este álbum?
Hago música con una serie de gente a la que conozco prácticamente desde que todos éramos pequeñitos. Hoy en día todos ellos tienen hijos y yo soy como la tía de todos ellos. Siempre he querido ser la tía que lleva un suéter morado mientras hace punto de cruz, rodeada de gatos, aunque yo viajo tanto que me es imposible tener gatos, morirían todos. Todo mi entorno tiene bebés y yo paso tiempo con ellos y los amo tanto. Mi sueño es ser esa tía loca para los niños de mi familia.

 

¿Echa de menos ser padre?
Soy padrino de muchos de esos niños y observo ese baile de amor entre padres y madres e hijos e hijas. Y yo tengo la suerte de llegar a casa y procesarlo y escribirlo. Luego me da un poco de tristeza porque vivo solo en mi casa pero eso a su vez me da la oportunidad de escribir y trabajar sin distracciones. Así que este álbum es eso, todo lo que me gustaría decirles a los hijos que quizá jamás tenga y a la vez, lo que quisiera que alguien me hubiera dicho.

 

¿Es este quizá un disco más autobiográfico que cualquier que haya grabado antes?
En los últimos álbumes siempre hay personajes que me invento, un insecto, una silla, y desde ellos introduzco mi voz para contar mis sentimientos. En Ma ya no hay personajes de esos, soy yo el que habla todo el tiempo, cambian los temas de las letras pero el narrador siempre es el mismo. Soy yo.

 

¿Qué detalles destacaría usted de Ma, qué cree que lo hace diferente a otros?
Ma contiene pequeñas expresiones de gratitud a gente que ha sido muy importante en mi vida, artistas que han hecho arte que yo todavía escucho para superar momentos de inseguridad, miedo o desamor. Todavía sigo escuchando a Vashti Bunyan, Carole King, Laurie Anderson o Ryuichi Sakamoto. La música me ayuda tanto… Y no solamente me ayuda cuando tengo el corazón roto, aunque eso es todo el tiempo, también es música que oigo para magnificar la belleza del mundo cuando soy feliz. Entre esas expresiones de gratitud está Kantori Ongaku, donde hay una referencia a Haruomi Hosono, fundador de Yellow Magic Orchestra, a una canción suya en japonés en la que de repente dice en ingles country music. Yo hago lo contrario, canto mi canción en inglés y luego digo country music en japonés

 

Esa canción suena mucho al Lou Reed de primeros de los 60.
No creo que haya nadie en este planeta que no piense que Lou Reed es el mejor. Pero  estoy seguro de que si Lou nos escuchara decir esto, se sentiría ofendido. No creo que le gustase mucho esta comparación. Desde que era una niñita estaba enamorado de Lou y aún es parte de esa gente a la que sigo oyendo y sigo amando. Y sé que no estoy solo en eso. 

 

En otra canción habla de la situación que vive ahora mismo Venezuela. Que es uno de tantos focos de tensión ahora mismo en el mundo. ¿Es optimista? ¿Cree que las cosas pueden ir a mejor?
Cada generación tiene su lista de cosas terribles que están destruyendo el mundo. Así ha sido desde la llegada de los humanos. Lo que me asombra es que cuando uno lee periódicos alternativos o underground de los años 70, los temores son los mismos. Hace décadas que tenemos miedo porque estamos destruyendo el planeta, que desechamos demasiados materiales no sostenibles. Pero creo que por primera vez tenemos la oportunidad de evitar que todo se destruya, aunque ya hemos destruido demasiado. 

 

¿Cómo cree que podemos evitarlo?
Creo que estamos llegando a un punto de concienciación global y también tenemos la oportunidad de ayudar en una manera más concreta que antes no era posible. Y eso es gracias a internet y las redes sociales. Ahora ya no sólo los políticos o los famosos pueden contribuir a cambiar la mentalidad respecto a estos temas. Todo aquel que tenga un móvil o un ordenador puede contribuir a eso, aunque parezca algo trivial, colectivamente puede ayudar mucho. Por ejemplo, puedes donar dinero. Una cantidad pequeña sumada a la de los demás puede ser de mucha ayuda.

 

¿Y respecto a Venezuela, el país en donde creció?
El gobierno venezolano no está permitiendo que lleguen las ayudas  del exterior, los alimentos, las medicinas… Han convertido el país en un lugar apocalíptico y ahora mismo siento que solo podemos aguantar la respiración. Es una situación que me recuerda mucho a lo que ocurrió en Tíbet, cuando fue invadida por China en 1959. Venezuela se ha convertido en una dictadura que lucha contra el pueblo, los venezolanos están pagando la estupidez y el egoísmo de sus gobernantes.

 

Antes mencionabas a Vashti Bunyan, que es con quien cantas el tema que cierra el álbum. ¿Cómo explicarías lo importante que es para ti?
Vashti es como la gran madre universal para mí. Es el arquetipo de la sabiduría y la energía maternas aplicadas al arte. Veinticinco años después sigo explorando su música y descubriendo nuevas cosas en ella, y la uso para ser feliz cuando estoy triste y estar más feliz cuando ya soy feliz. También cuento con Cate LeBon, una artista genial con la que llevo tocando hace años y que hace unos discos maravillosos. Es única y es una de mis mejores amigas.

 

En este disco regresa a sonidos más orgánicos, ¿ha sido por algún motivo especial?
Creo que eso tuvo que ver con el ambiente en que empezamos a grabar, en Kioto en un templo budista. Seguimos con él en un estudio de California, al lado del mar. Hicimos el disco rodeados de naturaleza y ella nos fue inspirando y guiándonos a la hora de elegir instrumentos tradicionales y tradicionales. En el disco anterior todo fue tocado con sintetizadores, sólo había una guitarra acústica. Esta vez queríamos cambiar y el ambiente nos ayudó mucho a lograrlo. Los pianos, los chelos, todo es orgánico esta vez.