La música pop es cada vez más cruel con sus viejos ídolos. Se alimenta en gran medida de nostalgia y eso implica que, para sobrevivir y llegar a una jubilación digna, hay muchos artistas que se ven obligados a interpretar su personaje una y otra vez. Como si no pasaran los años, como si fuera relevante ver a un hombre de 70 años hacer lo que hacía a los 30.

Keith Richards hace de Keith Richards, Madonna hace de Madonna e Iggy Pop hace de Iggy Pop. Quizá sea este último caso uno de los más significativos de este tipo de cisma. ¿Qué ocurre cuándo Iggy no viene para cantarnos que quiere ser nuestro perro? Sí, cuesta trabajo que se deje la camisa puesta y que se esté quietecito. Pero luego le sale la vena crooner, interpreta chanson, se pone lírico y la gente no acaba de aceptarlo.

Post Pop Depression(2016), su último disco hasta ahora, fue uno de esos álbumes en los que un agente externo –en este caso, Josh Homme, de Queens of Stone Age- ayuda al icono en cuestión a que se vista con ropa nueva sin que por ello deje de ser él mismo. A su lado, Iggy se marcó otro clásico indiscutible en una discografía que tiende mucho a la autoparodia y que cada tanto necesita reafirmarse en el presente, para no malgastar el prestigio haciendo discos de rock cabezón porque sí.

Ahora llega Free, obra en la que Iggy se desmarca de su destino y hace lo que le viene en gana por muy estrambótico que suene. Al fin y al cabo hablamos de un tipo que se apunta a un bombardeo si le llaman para colaborar –duetos con François Hardy o Peaches, discos con Underworld, voces para New Order o Death In Vegas- y si algún día se reuniesen todas esa colaboraciones en un disco –que sería una caja bien grande-, fliparíamos. Hay muchos iggys: el nuevaolero, el del pop ochentero, el heavy, de que hizo rock para la MTV. Y luego está el Iggy que no se parece a Iggy, y que se concreta en estos discos.

Rob Baker Ashton

 

Free (2019)

Trompetas mexicanas, temas acústicos, loops, recitados. No es la primera vez que James Osterberg se rodea de instrumentaciones tan poco atribuibles a su estilo. No olvidemos que es un tipo con una edad y un gran camino recorrido a base de trompazos, vatios y excesos. A cualquier otro artista de su condición y edad seguramente se le aplaudiría sin reparos un intento por buscar otros caminos sonoros, así que no le cerremos la puerta al amigo Pop por hacer lo que supuestamente no debe.

Aquí el artista quiere la libertad que proclama el título y hace lo que le viene en gana. A veces funciona –James Bond, Loves Missing- y a veces no. Pero tampoco es un desastre ni un desvarío. La voz cascada ayuda a que casi todo funcione o al menos a que le prestes atención sin darte cuenta. Y además, se da el gusto de recitar a Dylan Thomas. Iggy meditando sobre la mortalidad, el paso del tiempo y la vida en general. No está mal para un tipo que a la mínima de cambio le dedica una canción a la vagina. 

 

Après (2012)


 

Se abre el telón y sale Iggy con un outfit de infarto, elegante como puede serlo él cuando quiere. ¿Cómo se llama el álbum? Aprés, el disco frances del señor Osterberg. Que luego no es francés del todo, porque lo mismo te hace una de Gainsbourg o de la Piaff que una tranquilita de los Beatles o el tema central de Midnight Cowboy. Entre el capricho y la necesidad de escapar de la rutina de ser Iggy Pop, en Après el personaje sucumbe al placer de escucharse a sí mismo cantando canciones que la mayoría de sus fans no saben ni que existen. No nos equivoquemos, Iggy no es ningún tarugo y finales de los 70 ya cantaba por Sinatra cuando le dejaban.

 

Préliminaires (2009)


Por primera vez en su carrera, el autor de Search And Destroy se apartaba de su propia sombra y se atrevía a hacer cosas que hasta entonces no había hecho. Por ejemplo, abrir cantando un clásico de la chanson como Les Feuilles Mortes. La hacía a su aire, que es siempre la condición sine qua non para que Iggy se meta en estos jardines. Así comenzaba otro periplo musical de tono melancólico, en el que apenas había rock & roll, pero sí folk, acercamientos a Nueva Orleans –Kings of Dogs-, versiones de Henri Salvador y Jobim, y un texto recitado de Michael Houllebecq, cuya novela, La posibilidad de una isla, fue la inspiración de este álbum. La portada, además, fue obra de Marjane Satrapi.

 

Avenue B (1999)
 

Para asombro de los fans, Iggy se dio el gusto de hacer un álbum que, salvo algún guiño a sus raíces como la innecesaria versión de Shakin’ All Over, era casi todo acústico. Producía Don Was, el hombre que le había devuelto a lo más alto de las listas nueve años antes con Brick By Brick. El resultado resultaba más que convincente por su homogeneidad. Iggy entre guitarras acústicas, fondos jazzísticos  y algún que otro recitado, tocaba el cielo con temas como Avenue B, Nazi Girlfriend o Miss Argentina.

 

The Idiot (1977)
 

Antes de iniciar su aventura berlinesa, David Bowie usó a Iggy para plasmar algunas de las ideas que usaría posteriormente en Low (1977). Nunca un experimento fue tan beneficioso para el voluntario que se prestó como cobaya. The Iidotsupuso el arranque definitivo de la carrera como solista de Iggy, convirtiéndose en un clásico instantáneo que marcó a artistas  a punto de aparecer como Ian Curtis, Siouxsie o Simple Minds. Sonido industrial, pinceladas electrónicas, canciones excelsas que acabarían en manos de Grace Jones o el propio Bowie, decadencia europea, un título de Dostoyevski y un cuadro del pintor Erich Heckel como modelo para la portada de una obra imprescindible, en la cual el rock & roll se impregnaba de expresionismo.