Cuando Richard Billingham (Birmingham, Reino Unido, 1970) tenía 10 años, su padre perdió su trabajo como maquinista porque la fábrica cerró como consecuencia de la política de reconversión industrial aplicada por el gobierno de Margaret Thatcher. Tenía 48 años y una formación muy limitada porque siempre había pensado que trabajaría en aquella fábrica toda la vida. No sabía qué hacer, así que se dedicó a cobrar el subsidio del gobierno, vivir sin hacer nada en su casa y beber, beber mucho. Su madre era una mujer gorda, con los brazos llenos de tatuajes, que se pasaba el día fumando, tomando té recalentado e intentando completar unos puzzles que nunca acababa. 

“En mi infancia no había representaciones visuales de lo que se vivía en mi casa, ni en mi casa ni en la de otros niños de mi entorno”, explica Billingham, con un tono de voz que delata su timidez, “es como cuando pasas por la calle y ves una casa con las luces encendidas, que te preguntas cómo será en el interior, pero no lo ves, y mis padres no sacaron nunca fotografías de lo que sucedía en casa”.

De modo que el joven Richard, que había empezado a estudiar arte en el Borunville College de su ciudad natal, quiso representar la realidad en la que estaba viviendo y, de paso, hacer prácticas sobre lo que aprendía en la escuela. “En ese tiempo quería ser pintor e intenté pintar a mi padre, pero era imposible que se quedara quieto por mucho tiempo, así que empecé a hacerle fotografías para luego trasladarlas a la pintura”, dice. Sin embargo, aquellas fotografías nunca se convirtieron en pinturas, sino en el corpus central de la obra de uno de los fotógrafos británicos más reconocidos en el mundo entero.

Rob Baker Ashton

 

Una vida sin horizontes

Las fotos de su padre, vencido por el alcoholismo, y del ambiente familiar en el que vivía -con un madre eternamente postrada en su silla con el cigarrillo en las manos y el puzzle inacabado delante de ella, los muebles viejos y estropeados, los gatos que su madre adoptaba y la sensación de que aquello era más un basurero que una vivienda- se transformarían más adelante en el libro Ray's A Laugh, una obra sorprendente y cruda, que refleja “la realidad de cualquier hogar de clase baja en una ciudad industrial de tamaño medio de la Inglaterra de los años 80 y 90”, matiza su autor.

Pero, contrariamente a lo que pudiera parecer, las fotos de Billingham no tienen un carácter revanchista, ni siquiera pretenden denunciar la infancia y adolescencia que vivió. “Por aquel entonces no podía objetivizar lo que hacía, pero es evidente que sacar aquellas fotos me ayudó a entender mejor mi situación familiar”, reflexiona el artista.

Tras convertirse en fotógrafo de culto por ese trabajo, Billingham ha recreado de nuevo el ambiente en el que vivió a una película, Ray & Liz, titulada con los nombres reales de sus padres, que se presentó en el pasado Festival de Sevilla y que está a la espera de ser estrenada en España. “La película se sitúa en una época anterior a cuando hice las fotografías y de alguna manera me dan el contexto de las fotos”, dice su director para explicar el proceso de creación del filme.

Alexi Pelekanos

 

El fin de la dignidad obrera

De hecho, Ray & Liz arranca en 1980, en el momento en el que su padre pierde el trabajo y se recluye en su casa y en sus botellas de alcohol, y se articula a través de tres momentos históricos: además de lo que sucede en 1980, el filme muestra la vida de esa familia disfuncional a mediados de los 80, cuando la situación de miseria se ha agudizado, y la vida terminal de Ray postrado en una cama, rodeado de botellas de cerveza negra que le procura un vecino que se “ocupa” de él a cambio de cobrar su subsidio cuando ya se ha separado de su mujer, ya en los años 90. “Es uno de los tres trabajos que he realizado sobre el mismo tema: Fishtank, que es un vídeo que hice sobre los mismos personajes, en especial mi padre, la propia película y el libro de fotografías Ray's A Laugh; para mí era muy importante que las tres estuvieran interconectadas”, dice con voz cortada.

Viendo Ray & Liz y admirando las fotografías “familiares” de Billingham, uno no puede dejar de preguntarse cuál es el objetivo final de viajar al pasado para reflejar una miseria que sería mejor olvidar. El artista de Birmingham lo explica: “En los 70, la gente conseguía un trabajo y pensaba que era para siempre, que serían fijos en ese trabajo para toda la vida. Cuando perdieron sus puestos de trabajo, no se reciclaron, el encontrar trabajo en otra cosa ni formaba parte de su identidad cultural, y menos en el sector servicios. Mi padre nunca se planteó empezar a trabajar en una panadería o en una tienda de ropa, por ejemplo. La película intenta reflejar lo que era la clase obrera durante el thatcherismo, pero espero que sea más que eso, porque son experiencias vividas y eso me hace evitar las generalizaciones”.

Alexi Pelekanos

Sin embargo, no hay ningún asomo de crítica ni juicios de valor sobre sus progenitores en el filme. “No, no hay ningún tipo de culpabilización, no pretendo culpar a mis padres porque pienso que la realidad, el entorno, los llevó a esa situación, mi padre era un alcohólico, es cierto, pero la vida lo había llevado allí, no es que fuera débil; ten en cuenta que está  ambientada hace 30 o 40 años, por lo que he tenido mucho tiempo para reflexionar sobre el contexto cultural y social de mi familia”, responde.

¿Es por tanto un homenaje a sus padres? “Es una manera de resucitarlos, gracias al sonido y el movimiento que, evidentemente, no tienen las fotografías, ya que ambos murieron hace años, por eso quise que los personajes de la película se parecieran a las personas reales”, afirma, antes de pararse a pensar en una definición más completa: “Es un conglomerado de agradecimiento y reflejo de la realidad”.

 

Cualquier tiempo pasado

Es la Inglaterra de la fractura social la que aparece, con la familia Billingham como epítome, en el filme, la Inglaterra de las huelgas, del liberalismo económico como campo de pruebas de una realidad que ahora se ha convertido en global y la de los hooligansque llevaban el descontento diario a los campos de fútbol. Aunque en la pelicula no haya ninguna referencia al fútbol, tan importante entre las clases trabajadoras del Reino Unido. “Es que en mi casa no estábamos interesados por el deporte, por ningún deporte, incluido el fútbol. Había deporte en la escuela, como es obvio, pero no recuerdo que los niños de ese tiempo tuvieran un especial interés por el deporte o por el fútbol. De hecho, no soy aficionado al fútbol”, se justifica el autor.

Para un fotógrafo cuya obra ha reflejado en gran parte la triste realidad en la que vivió durante su etapa de crecimiento, la experiencia debe de ser dolorosa, como si el recuerdo de aquellos años le persiguiera de manera implacable durante toda su existencia, como si se “desnudara” delante del público por mostrar que se educó en medio de aquel ambiente miserable.

“Para mí es una experiencia externa, porque sucedió hace 30 o 40 años”, replica Billingham, “no creo que sea una forma de “desnudarme” el mostrar esta realidad, porque mostrarla implicaría enseñar a mi mujer y mis hijos, que son mi realidad actual. En el fondo me siento bastante más ajeno a aquello que cercano. Pero estoy de acuerdo en que forma parte de mi contexto, de cómo soy, ya que aquello también me ha hecho lo que soy ahora”, cuenta este profesor universitario que ahora vive en Swansea, en Gales, y que solo ve su pasado, expresado en sus fotografías y en su debut como director de largometrajes, como “una representación de una realidad marginal que quería poner en formato visual”.