Su obra es un intento de captar, en toda su sencillez e indefensión, la vida cotidiana en el East Village pekinés. Un grupo de niños y de adultos que dan melancólicas brazadas al amanecer en un arroyo de aguas sucias. El busto sin extremidades que alguien ha dejado al borde de una carretera periférica cubierta de parches de nieve. Un rincón mugriento, lleno de ladrillos rotos, sobre el que se ciernen oscuros nubarrones. Desolación, miseria, decrepitud, paradojas. El artista lo muestra todo en un blanco y negro de una descarnada pureza, de una oculta pero muy perceptible violencia poética.

El ahora llamado East Village de Beijing es un barrio de la periferia en el que se aglomeraron durante décadas obreros de la construcción y jornaleros sin trabajo procedentes de la inmigración rural más humilde. En los primeros 90 también empezó a formarse allí una pequeña comunidad de artistas bohemios, dispuestos a buscar una forma más sencilla y más íntegra de vivir en estas calles repletas de escombros. La atmósfera de abandono y desolación sirvió de poderoso estímulo creativo para esta guerrilla de soñadores.

La performance era su herramienta artística preferente. Sus proyectos colectivos fueron naciendo del impulso y del azar, de una manera orgánica, con acciones impulsivas guiadas en ocasiones por la pura inquietud vital, el aburrimiento y un ardiente deseo de experimentación. Cuando el fotógrafo RongRong se unió a este humilde pero efervescente escena, su instinto para la poesía surrealista que encierra con frecuencia lo cotidiano les ayudó a darle una orientación más concreta, más ‘espectacular’ a sus acciones colectivas.

 

Grandes intuitivos

Cuando se hace arte desde el instinto, la línea entre intención, casualidad y accidente a menudo se difumina. Una de las fotografías de ese periodo por las que RongRong siente especial predilección nació de una anécdota pintoresca. Una noche, uno de sus amigos artistas, Curse, volvió al barrio borracho de madrugada con lo que parecía un intrincado tatuaje tribal en su rostro. En realidad, se trataba de una aparatosa quemadura, fruto de la explosión de una estufa en la que había intentao calentar vino de arroz en pleno delirio etílico. RongRong retrató sus cicatrices sabiendo que no tardarían en curarse y desaparecer, lo que las convertía en piezas de arte efímero hecho con el cuerpo. O a expensas del cuerpo.

A medida que avanza el libro y se van sucediendo los años, el grupo parece cobrar una conciencia más clara de lo que está haciendo y sus obras de arte performativa se vuelven más concretas, más osadas y más impactantes. El acoso de las autoridades, sobre todo una policía local nada sensible a las sutilezas del arte moderno, también dejó su huella en la obra de RongRong, en la que abundan las imágenes de huidas precipitadas o de compañeros golpeados, arrastrados por el suelo o conducidos a la prisiones en furgones policiales.

Otra constante son la escenas de violencia espontánea sufridas por estos bohemios no muy dotados de instinto de conservación. Ahí están las fotos del artista Zhang Huan en su cama de hospital tras recibir en un bar una paliza propinada por un grupo de desconocidos a los que no gustaron su aspecto ni sus aires de exaltación poética. RongRong le visitó guiado por la amistad y la solidaridad, pero una vez allí no pudo evitar desenfundar su cámara, que, según cuenta, “le pesaba como una piedra”.

 

Como Van Gogh

Estos retratos sombríos del sufrimiento de sus amigos son parte de la sustancia del libro. RongRong quiere mostrarnos lo difícil e incluso peligoso que es obstinarse en llevar una vida artística en un universo violento y prosaico. Y lo hace, pese a todo, sin renunciar a la alegría y el optimismo. “El complemento a las fotos de Zhang Huan sufriendo en su cama de hospital”, nos cuenta, “son las que le hice poco después, cuando le dieron en alta y él, pese al calor, se puso un bonito sombrero para cubrir los vendajes. En una de esas fotos parece Vincent Van Gogh después de cortarse la oreja. Un Van Gogh magullado pero alegre”.

Tras un corto periodo de exilio, los artistas del East Village han vuelto a establecerse de nuevo en Beijing, explorando el alcance de los nuevos (y aún precarios) resquicios de tolerancia que se están abriendo en la ciudad. Ai Weiwei, uno de los más populares integrantes del colectivo, tiene una presencia muy destacada en el libro, aunque no irrumpe en él hasta su último tercio. RongRong retrata, por ejemplo a Weiwei en su estudio, destrozando con su martillo una placa conmemorativo de los primeros años de la China comunista en lo que viene a ser una ilustración pefecta de su estilo iconoclasta y provocador. RongRong se erige así en testigo de un acto de subversión que podría haberle costado a Wewei al menos un par de semanas de arresto.

En general, la obra de RongRong produce un efecto de humor y de extrañeza, aun par de características que impregnan toda la obra artística del colectivo East Village y contribuyen a explicar su importancia en el arte chino contemporáneo. Partiendo de la experiencia de sus amigos, de sus ilusiones y sus frustraciones cotidianas, el artista ha alcabzado cotas sorprendentes de comentario social y belleza abstracta.

El libro gráfico RongRong’s Diary ha sido publicado por Steidl. Una selección de su trabajo se exhibe en The Walther Collection Project Space, Nueva York, hasta el 10 de diciembre de 2019.