El fotógrafo alemán Michael Wolf se estableció en Tokio en 1994. En esta megalópolis de casi 14 millones de habitantes descubrió hasta qué punto le resultaban fascinantes las inmensas aglomeraciones humanas, su tejido social, su complejidad, su caos y su constelación de paisajes. Desde entonces, Wolf ha realizado proyectos artísticos en algunas de las ciudades más populosas del mundo, intentando reflejar sus profundos contrastres y sus diferentes escalas, de la gigantesca desmesura de los rascacielos del centro de Hong Kong a los minúsculos apartamentos en los que malviven los seres humanos en las periferias ubanas más humildes. Este interés visual por la alternacia entre lo enorme y lo diminuto es una de las características más reconocibles en su obra.

En su serie Tokyo Compression, Wolf dirigió su atención al metro de Tokio. Durante cuatro años, visitó muy a menudo la misma plataforma de la estación de Shimokitazawa, en el vecindario de Setagaya, más a menos a la misma hora, la más concurrida del día, para retratar la sinfonía de cuerpos apretujados, rostros, brazos y piernas disputándose el poco espacio disponible y coexistiendo en incómoda promiscuidad.

Michael Wolf

De ahí surgió una serie de retratos que casi parecen arte abstracto por la decontextualización de los detalles, la imagen algo desenfocada (que ayuda a preservar el anonimato de las personas retratadas) y el vaho de vapores y transpiración humana que con frecuencia lo vela todo. “Realmente, no pretendía denunciar lo incómodo y embrutecedor que resulta que millones de personas se vean forzadas a viajar en esas condiciones cada mañana, ese es un relato periodístico que no me interesa demasiado”, explica Wolf, “lo que de verdad quería es convertirlo en una especie de sugerente metáfora de la condición humana”.

Para Wolf, retratar en su individualidad pero también en su gregarismo involuntario a las personas que viven en una gran ciudad se convirtió en piedra angular en su refexión artística sobre los entornos urbanos. “Si faltasen esas personas, mi trabajo no estaría completa. He mostrado fachadas, he motrado edificios, y el retrato me exigía mostrar también a los que disfruten y padecen esas estructuras construidas por el ser humano”. En cada nuevo viaje a Tokio, Wolk renovaba su colección de instantáneas añadiendo 30 nuevas y eliminando 25 de las antiguas, en un proceso de selección natural pensado para ayudarle a quedarse solo con las mejores. La última versión del proyecto, Tokyo Compression: Final Cut, incluye fotografías de los cuatro viajes antes de que la serie llegara a su fin cuando la línea de metro de que formaba parte la estación cambió de emplazamiento en 2013. Esa edición final es la que se ha exhibido desde entonces en lugares como la Flowers Gallery de Londres.

Michael Wolf

Las fotografías de Wolf captan la respuesta de los viajeros tanto a la incomodidad y el hacinamiento del tren como su reacción al descubrir que están siendo fotografiados. Algunos cierran los ojos como en un gesto silencioso de resistencia, otros se llevan las manos a la cara, algunos se encuentran con la mirada de Wolf y uno incluso le hace un gesto obsceno.

“Mucha gente me pregunta qué se siente al retratar a una persona sin pedirle permiso. Es una pregunta pertinente, por supuesto, pero supongo que todo es custión de sentido común”, explica Wolf, “porque los retrato en el espacio público y no lo hago para incomodarlos ni burlarme de ellos”. ¿Tampoco les pde permiso una vez realizada la foto? “No”, responde, “y lo cierto es que no lo considero necesario. Espero que todos entiendan que se trata de un proyecto artístico y que trato de transmitir un mensaje significativo. Y que si algo no pretendo es violentar la intimidad de nadie".