"Me vuelvo a Suecia en siete horas, ¿queréis un trago?" Son casi las dos de la mañana y estamos en el improvisado camerino de Maja Ivarsson, la líder de The Sounds. Unos minutos antes ha provocado un auténtico incendio en el escenario de la playa de Riazor, en el último gran concierto del Festival Noroeste Estrella Galicia. Ahora, la estrellaza intocable es una persona cercana y risueña que sostiene una botella de Jack Daniels en una mano, y tres vasos en la otra. La ocasión merece el brindis: la banda de Helsinborg lleva seis años sin lanzar disco, ni falta que le hace: el público, unas cuantas miles de cabezas, botó a placer sus canciones y las acompañó hasta el desgañite. Ivarsson, además, tiene la virtud de lograr que siempre suenen a nuevas, porque transmite el arrojo emocional de quien las canta por primera vez.

Pero hace mucho más que vocalizar: con mallas de gimnasio, tacones de aguja y una chupa de cuero con cremalleras, agitó al respetable brincando de un lado a otro del escenario, mezclándose entre la gente y provocando algún que otro infarto cada vez que deslizaba el micrófono por dentro de la goma de su cintura, justo a la altura de su sexo. No había ningún afán libidinoso en ello, más bien paródico. Se agarraba el inopinado "paquete" con actitud machota, como han hecho antes tantos popes del rock testosterónico sobre tantos escenarios, empeñados en que la música a base de guitarras distorsionadas y baterías contundentes tuviera un solo género: el masculino.

The Sounds | Noemí del Val©

La vocalista de The Sounds vino a gritar (literalmente) justo lo contrario. Y es que no solo su actitud macarra les dio tintes punk a unas canciones que algunos tachan de demasiado pop y dulzonas. Las guió hacia su parte más dura, donde las melodías chiclosas quedan en un segundo plano y predominan las guitarras pesadas, el bombo impenitente y, sobre todo, las cuerdas vocales serradoras.

Una pretensión que se constató en cuanto abrieron su concierto con Painted by Numbers, su éxito indiscutible y mayor baza, y gastaron la carta de Living in America, el otro tema candidato a cerrar el concierto, hacia la mitad del espectáculo. Al público no le importó: Maja Ivarsson ya se lo había metido en el bolsillo (o más bien el paquete), y habría bailado a su son sobre la arena de Riazor hasta el amanecer, aunque hubiera hecho versiones de María Ostiz.

No fue la única muestra de que hablar de "empoderamiento femenino", cuando hablamos de rock, es una obviedad redundante. Ellas siempre han estado ahí, la diferencia es que ahora algunos festivales, como en el caso del Noroeste, que culminó el pasado domingo, han decidido darles el sitio que merecen. Y más allá de lo reivindicativo, aquí es el público el que sale ganando. Porque justo antes del torbellino de The Sounds había arreciado otro, a cargo de Belako. La banda de Mungia, la pequeña población vizcaína, demostró que no existe escenario que se le quede grande a su post punk arrollador e irresistiblemente melódico. Y son, tal vez de forma casual, el ejemplo más irrebatible de paridad en la música: una bajista y una cantante, junto a un guitarrista y un batería. Ellos tocan (y muy bien) en un segundo plano, y ellas llevan la voz cantante, en sentido literal y figurativo.

Belako | L.M.

Porque son las que hacen retumbar el escenario, las que justifican que el término anglosajón frontman, tan extendido, debería dejar, como poco, el mismo espacio al de frontwoman, rara vez escuchado por estos lares. Cristina Lizarraga, responsable de las bases electrónicas y los sintetizadores, hace tiempo que decidió salir al escenario despojada de su teclado y dejar todo el protagonismo a su voz impecable, capaz de alcanzar tonalidades extremas sin perder la compostura ni la elegancia que le caracteriza, bien selladas siempre por el bajo contundente de Lore Nekane Billelabeitia. Over the Edge, Lungs, Sea of Confusion o Mum (con algún arreglo virtuoso que recuerda a Portishead) sonaron con una perfección embriagadora en un escenario tan poco propicio para las perfecciones sonoras como el de Riazor, a los pies del imprevisible Atlántico.

Belako | L.M.

Y puesto que esta crónica ha empezado por el final, sigamos hacia atrás en el tiempo: poco antes, en el escenario del Mercado de la Cosecha, entre puesto de suculentos productos de cercanía gallegos, Los Punsetes regalaban un concierto. Y no porque fuera gratuito (como las 75 bandas que pudieron verse en el Noroeste durante cinco días, un festival que lleva celebrándose 33 años a iniciativa del Ayuntamiento con el apoyo de Estrella Galicia), sino porque aún están cocinando su último disco, que no verá la luz hasta dentro de unos meses. De modo que, aparte de los dos temas que ya han adelantado en radios y Spotify (Idiota y Persona sospechosa) concentraron en su repertorio las canciones con las que todo fan de Los Punsetes salivaría: Opinión de mierda, Maricas, Tu puto grupo, Me gusta que me pegues o Mabuse volvieron a constatar que ninguna bandas patria, hoy, es capaz de contar verdades tan lacerantes con tanto desenfado punk y lograr que todos nos miremos nuestras miserias con una sonrisa en la cara, mientras levantamos las manos y las coreamos eufóricos a los cuatro vientos.

Ariadna Paniagua salió como un trasgo fabulístico con una corona de flores sobre su cabeza, estática como una muñeca, si acaso un movimiento de ojos o una leve sonrisa entre canción y canción, una de sus señas de identidad. No faltó, con todo, el comentario presuntamente jocoso de algún asistente bobalicón: "Echadle alguna moneda a ver si se mueve". Resulta curioso seguir escuchando algo así en los conciertos de una banda con más de 15 años a sus espaldas, en la que su cantante dejó clara su premisa desde el primer momento: transmitir toda las fuerza de las canciones sin mover un dedo, y dejar que el ambiente lo dominen las marañas sónicas de las guitarras y la base rítmica de sus conmilitones.

Poco antes, en la calle Torreiro, tan llena que no cabía un suspiro, habían tocado las Hickeys, una banda madrileña de nuevo cuño compuesta por chicas que se autodefinen como glitter punk (algo así como punk con purpurina), pero demostraron, en directo, que su punk tiene más de acelerado y acerado que de purpureo. Y la misma mala baba que en sus canciones de estudio.

Patti Smith | Noemí del Val©

Pero el culmen de la presencia arrolladora de rock femenino (no por su sonido, sino por su ejecutantes) no llegó al final, sino un día antes, el viernes. Patti Smith se subió al escenario de Riazor, y a sus 73 años no tuvo que demostrar nada que no llevara décadas demostrando. Con su pelo masivo y canoso entreveró temas de Neil Young, Lou Reed, The Rolling Stones y Jimi Hendrix, pero su concierto distó mucho de ser un karaoke. Demostró que las canciones de estas leyendas indiscutibles e indiscutiblemente masculinas son perfectamente extrapolables a las cuerdas vocales de una mujer, y adquirir más fuerza si cabe.

Patti Smith | Noemí del Val©

Pero más allá de estos homenajes, a la poeta de Chicago no le faltó repertorio propio, precisamente: Because the Night, Dancing Barefoot, People Have the Power o Gloria (curiosamente, una variante sui generis e irónica de una canción de Van Morrison que hizo propia en 1975) arrollaron la playa de Riazor y a un público heterogéneo entre el que no faltaban veinteañeros ávidos de rock de raíz, un bien cada vez más escaso ante la invasión pertinaz del mestizaje y los sonidos  electrónicos.

Patti Smith cerró el concierto con el brazo en alto y gritando "We have the power". No sería descabellado interpretarlo, tal y como están las cosas, como una reivindicación de género. Que se vería perfectamente constatada al día siguiente.

Patti Smith | Noemí del Val©