¿Cómo explicar lo que haces cuando el tuyo es un arte que se explica por sí mismo? Kenny Scharf lleva toda su carrera tropezando con ese obstáculo. De ahí que con frecuencia parezca un hombre de discurso un tanto parco y poco predispuesto a conceder entrevistas, uno de aquellos artistas plásticos que casi preferirían prescindir de la palabra, porque sienten que apenas aporta nada a lo que ya salta a la vista.

El suyo es un arte directo, vibrante y lúdico. No necesita grandes coartadas intelectuales ni exige el menor esfuerzo para ser procesado o ‘entendido’. Todo está ahí, en el muro o en el lienzo, al alcance de cualquier retina dispuesta a asomarse. Las palabras con que pretendas adornarlo, en gran medida, sobran. Por eso, le cuesta precisar qué hay de nuevo en los vistosos monigotes con los que ha inundado las paredes de la Nave Salinas, en Ibiza.

Alberto Alcocer

Le preguntamos si esta aglomeración de pequeños monstruos grafiteados unos junto a otros en feliz promiscuidad, como si fuesen un catálogo de emojis mutantes brotando de los muros, supone un nuevo punto de inflexión en su arte o más bien son los hermanos menores de las criaturas con las que ya adornaba los muros de Nueva York hace hoy cuatro décadas, y él contesta que “las dos cosas a la vez”, como si resultase obvio. Una vez más, las palabras no le hacen ninguna falta. Todo salta a la vista.

Nacido en Hollywood en 1958, Scharf se formó como artista en plena erupción contracultural del East Village neoyorquino de los años 80, donde compartió amistad y proyectos creativos con gente como Jean-Michel Basquiat o Keith Haring. Su forma de hacer apenas se ha modificado en los últimos 40 años. Fiel a la esencia del arte urbano y de guerrilla, Scharf coloniza muros ajenos, sean los de un museo, una galería o cualquier insólito rincón urbano, y les inyecta su dosis de color y fantasía.

El suyo es un estilo de una innata frescura y una expresividad sin filtros que fue bautizado en su día como surrealismo pop y que se nutre del lenguaje expresivo del cómic subterráneo, la televisión, la publicidad, los dibujos animados o el graffiti. También realiza murales en riguroso directo y ‘secuestra’ objetos (coches desvencijados, avionetas rescatadas del desguace) para intervenirlos y añadirles a sus vidas útiles una segunda vida artística.

COPYRIGHT:JOSHUA WHITE/JWPictures.COM

 

En Ibiza

El coleccionista neoyorquino Lio Malca ha sido el encargado de traer a Scharf y su obra al espacio artístico del ibicenco parque natural de Ses Salines con una completa muestra de sus trabajos recientes que estará en la isla hasta el 30 de septiembre. El artista acude a Europa con cierta frecuencia, pero llevaba más de 20 años sin pisar España, desde la época, a finales de los 90, en que se presentó una completa retrospectiva de su obra en Madrid y tuvo la oportunidad de realizar un mural en Málaga: “El mundo ha cambiado mucho en todo ese tiempo”, nos cuenta, “así que supongo que lo mismo habrá ocurrido con España, pero la verdad es que no tengo referencias para comparar. Por entonces estuve en Madrid y esta vez he venido por vez primera a Ibiza, que es, obviamente, un lugar muy distinto”.

Universalis, que así se titula la exposición, trata de “las emociones universales que conectan entre sí a los seres vivos, ya sean personas o animales”, nos explica su autor, “en ella he hecho uso de la pintura con spray como una manera directa y urgente de captar emociones auténticas, sin necesidad de coartadas ni un exceso de reflexión”. Puestos a resumir la esencia de lo que ha intentado hacer, se conforma con decir que “Universalis es un ejercicio de libertad espontánea”.

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Arte en riguroso directo

Como complemento a las criaturas cartoonescas que se han instalado en la Nave, Scharf realizó también uno de sus característicos murales en directo, en una de las paredes de la nave. Una experiencia que, según nos dice, le resultó muy excitante: “Me encantó que me brindasen un espacio así, un perfecto escaparate en el que ofrecer un espectáculo de creación artística en directo, que es algo que disfruto especialmente por la inmediatez y la energía que transmite”. Como improvisador nato que es, curtido en un Nueva York en el que todo estaba por hacer y todo parecía posible, Scharf no preparó nada antes de lanzarse a la aventura de crear el mural: “Honestamente, lo hice sobre la marcha, sin preparación previa, dejándome llevar por el ritmo de las olas que rompían en la orilla, justo al otro lado de la puerta”.

Superviviente de una tradición contracultural que tomó al asalto las calles de grandes ciudades como Los Ángeles o Nueva York para cubrir sus paredes de arte, Schraf considera que “los centros urbanos siguen siendo importantes para el desarrollo del arte, pero han perdido aquella antigua urgencia, supongo que debido a Internet”. Cuando se le pregunta si se siente conectado con las nuevas generaciones de artistas que se están asomando al arte urbano, contesta con un escueto (y puede que escéptico) “supongo”.

Vicent Morí

 

Un escepticismo que no le impide reconocer que su obra ha ido incorporando con naturalidad en los últimos años parte de la subcultura de las redes sociales, aunque descarta que se trate de un intento deliberado de tender un puente entre el arte callejero de vanguardia en que se formó y los referentes pop más contemporáneos: “No es algo que busque, pero sí he ido introduciendo cambios. Aunque lo esencial es que el mensaje permanece idéntico pese a que lo exprese a través de medios y canales distintos”.

¿Qué queda del hombre que llevó el arte a las calles en compañía de Keith Haring y Jean-Michel Basquiat? Todo lo esencial, a la vez, muy poco de lo accesorio, a juzgar por su respuesta: “A medida que me hago mayor, sigo esforzándome por cruzar nuevas fronteras, ampliar mis límites y seguir aprendiendo cosas nuevas, pero reteniendo siempre mi personalidad esencial, mis intereses y obsesiones, que siguen siendo los mismos desde hace muchos años”.

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Ese predisposición al cambio permanente hace que le resulte difícil elegir alguna obra concreta que, de alguna manera, pueda resumir la esencia de su estilo: “No sabría decirte, porque sigo transformándome, aprendiendo y refinando mi estilo. Pero sí hay algún obra concreta, como mi pintura de 1984 When the Worlds Collide, que está en Whitney Museum de Nueva York y que podría ponerse como ejemplo práctico de las principales características que la gente suele citar para definirme”.