Leyendas vivas del pop británico de todos los tiempos, New Order estuvieron el pasado sábado noche en Benidorm como cabezas de cartel del Low Festival. Su cantante, compositor principal y guitarrista, Bernard Sumner, nos atendió un par de horas antes en su camerino, tras el backstage situado justo detrás del escenario principal de la Ciudad Deportiva Guillermo Amor.

Junto al batería Stephen Morris y la teclista Gillian Gilbert, forma el núcleo duro de supervivientes de la formación que a principios de los 80 tomó el relevo de Joy Division en Manchester, desde hace unos años completada con la guitarra de Phil Cunningham y el bajo de Tom Chapman, quien suplió la baja – agria – del histórico Peter Hook hace 12 años.

Durante la conversación, Sumner, de 63 años, sostiene una copa de vino blanco en su mano mientras el entrevistador empuña su teléfono móvil, mirando de reojo su grabadora de voz. Sin material nuevo que presentar (su último álbum, Music Complete, data de 2016), la ocasión se presenta pintiparada para que la charla fluya del presente inmediato al pasado remoto, a través de casi cuatro décadas que son historia viva, una memorable saga de canciones de la que su cara más visible, ese improbable frontman que nunca pensó en serlo, siempre afable y generoso, saca poco pecho.

Jose Navarro

 

 

Echando un vistazo a los setlists de sus últimos conciertos, me llama la atención que toquen ustedes  hasta cuatro o cinco temas del repertorio de Joy Division, más que nunca en el pasado y desde luego más de lo que era habitual en ustedes antes de 2000. ¿Qué tuvo que pasar para que hicieran las paces con esa parte de su legado musical? ¿Sentían durante aquellos que exhumar a Joy Division en directo era como un sacrilegio?

Se cumplen 40 años de la publicación de Unknown Pleasures (1979), y por eso les hemos dado más importancia a las canciones de aquel periodo. Pero en realidad lo que ocurría durante aquellos años es que Rob Gretton, nuestro manager, siempre fue muy purista para estas cosas. Después de la muerte de Ian (Curtis), él nos decía que no debíamos tocar canciones de Joy Division, que debíamos escribir nuestro propio material y valernos por nosotros mismos. Así que durante más de una década no tocamos ni una, y nos las apañamos para prosperar como New Order, lo cual entonces era hasta sorprendente. Creo que la primera que tocamos, que fue de gira por Norteamérica, fue Atmosphere, coincidiendo con el aniversario de la fecha de cumpleaños de Ian (Curtis). El mito de Joy Division ya estaba ahí, pero nadie entre el público conocía esa canción (risas). Ahora sí, pero no entonces.

 

¿Y cómo se da ese paso de tocar canciones tan oscuras, tan sombrías, con esa carga de angustia vital, en festivales como este mismo, en los que prima el factor lúdico y las ganas de pasarlo bien? Entiendo que ahora lo vean como algo de lo más normal, pero ¿no resultaba extraño en su momento?

Sí, sé a lo que te refieres. Lo son, son sombrías. Pero algunas de ellas son muy rítmicas, al menos suenan como si fueran optimistas, aunque no lo sean. Si coges Tranmission, por ejemplo, está llena de energía. She's Lost Control tiene mucho ritmo. Love Will Tear Us Apart es muy guitarrera. Pero entiendo lo que dices, son canciones que podrían resultar extrañas en el contexto de un festival. 

 

Hay otra cosa que me sigue sorprendiendo, y que no me atreví a preguntarle la última vez en que tuvimos ocasión de charlar, hace cuatro años: un álbum como Technique (1989), considerado de forma casi unánime como su obra maestra, sigue ausente de sus conciertos en la última década. 

Tenemos tantas canciones que a veces nos cuesta elegirlas, y las de Technique son muy largas, en general. Y muchas veces no sabemos qué es lo que nuestro público quiere escuchar. A veces depende incluso de los países: hay sitios en los que prefieren el material más guitarrero, incluyendo el de Joy Division, y otros en los que prefieren el más electrónico. En Technique hay mucho de ese material, del más electrónico, y a veces cuesta encontrar la forma de hacerle un hueco. No sé si conoces el Manchester International Festival, se celebró hace un par de años y tocamos canciones de todo nuestro catálogo con una orquesta. El festival quería algo original, y reinventamos nuestras canciones con 12 sintetizadores y una orquesta. Fue como sumergirlas en una estructura molecular, por decirlo de alguna forma. Ahí tocamos Dream Attack y Vanishing Point. ¿Por qué no las tocamos más a menudo? No siempre podemos tocar allí donde nos apetece. Asumo que siempre vamos a decepcionar a alguien, porque no podemos mostrar todo nuestro repertorio en una sola noche.Y además, en los festivales muchas veces no haces ni prueba de sonido, con lo que se complica mucho el introducir alguna novedad en el setlist, no puedes salir directamente y tocar lo primero que se te ocurra. Salvo que lo lleves ensayado desde cinco semanas antes.

 

Sé que ni siquiera suele usted leer lo que escriben los críticos musicales – o al menos esosuele decir – , pero no sé si el recuerdo de aquel disco tan celebrado por la crítica, quizá por haberlo escrito cuando estabas casi en trámites de separación de su primera mujer, y en plena fiebre acid house ibicenca, con la banda sumida en aquella espiral de drogas y noches sin fin, le trae recuerdos que prefiere usted no recuperar.

Consumíamos muchas drogas. Demasiadas. 

 

Pero el resultado fue fantástico.

Lo fue. Pero fue difícil. Pagamos un peaje por ello. Lo pasamos extraordinariamente bien en Ibiza, pero al final estábamos más tiempo saliendo de fiesta que componiendo en el estudio, y eso hizo que sintiéramos un poco de pánico al final, porque nos dimos cuenta de que nos habíamos tirado tres meses bebiendo y drogándonos, yendo a todas las discotecas de la zona y volviendo a casa a las 12 del mediodía siguiente, y el resultado en el estudio era mínimo. Nos metíamos en el estudio a las seis de la tarde y a las diez ya estábamos otra vez yéndonos de fiesta. Día tras día. Así durante tres meses. De esa sensación de pánico nació Fine Time

 

¿Cómo era la sesanción de estar en clubs como Amnesia, por ejemplo, y vivir de primera mano el nacimiento del acid house y lo que se llamó balearic beats? Sería excitante y nuevo, ¿no?

Fue justo la fase pre-acid house. Luego se extendió a Londres y a Manchester. Al Spectrum y a The Haçienda. Los balearic beats, que era lo que se pinchaba antes en Ibiza, era una mezcla de diferentes estilos. Justo en aquel cruce de sonidos de lo que luego fue el acid house. Solíamos ir al Manhattan Sound, un club muy pequeño en San Antonio, en el que ya pinchaban acid house. También a Amnesia, que era un poco más mainstream. Muy cerca de nuestro estudio, en la misma carretera, había una cabaña en la que un dealer, cuyo sueño húmedo era dar con un puñado de inglesitos inocentes como nosotros, nos abastecía de material. Nos faltó fuerza de voluntad. Pero bueno, eso es lo que uno hace cuando es joven, ¿no? Nos lo pasamos estupendamente, pero tras el ataque de pánico final, nos tuvimos que meter en el estudio de Peter Gabriel en Bath, en medio de la campiña inglesa: Rob (Gretton) nos quería apartar de todo lo anterior, de todo lo vivido en Ibiza, no quería que nos metiéramos en líos. No es algo por lo que estar orgullosos. Pero luego pillábamos el tren cada noche a Londres para escaparnos al Spectrum. Básicamente, empezamos a trabajar en aquel álbum en Ibiza en abril de 1988, y tras tres meses allí tuvimos que irnos a Bath. Recuerdo que las bebidas en Ibiza eran muy caras.

 

Siempre he tenido la sensación de que aquel disco resumía de forma magistral la combinación de melancolía y hedonismo que siempre ha caracterizado a los mejores New Order. La mezcla de letras taciturnas con melodías euforizantes. ¿No cree?

Son los dos sentimientos más intensos que podemos experimentar, ¿no? Hay que escribir música que juegue con ambos extremos. Soy un firme creyente en la música que te golpea emocionalmente. Así es la música con la que crecí. La que te hace sentir lo mismo que el tipo que la escribió. Es verdad que luego hay una música considerada más inteligente, muy programada, que tiene capas de ritmos, capas de sintetizadores, capas de sonido, y que puede carecer de punch emocional. Y al final la música que dura para siempre es la que lo tiene. Aunque cualquiera que se gane la vida haciendo música acaba contradiciéndose: Blue Monday no es muy emocional (risas)

 

Bueno, quizá fuera más cerebral, como más de laboratorio...

Pero mucho de nuestro material sí que tiene ese factor muy emocional...

 

Bizarre Love Triangle o The Perfect Kiss, se me ocurren así a bote pronto.

Sí, una cosa que aprendes cuando eres músico, desde un principio, es que en solo una semana te puedes desdecir de tus propias reglas. Es extraño. La música va sobre comunicar cosas. Hay mucha música que es muy abstracta, que no las comunica con palabras en un sentido literal. ¿Cómo puede uno hacer que los sonidos, solo los sonidos, le hagan sentirse triste, alegre o divertido a otras personas? Es fascinante la tarea de organizar los sonidos. Yo me paso horas y horas componiendo, independientemente de las letras o de la voz, tratando de lograr esa conexión emocional. Hasta que creo encontrarla.

 

Hacía siete años que New Order no actuaba en la costa valenciana, desde el FIB de Benicàssim en 2012. En Valenciaofrecieron dos conciertos mucho tiempo atrás, en los años 80. ¿Recuerda algo de ellos?

¿Puede que uno ellos fuera en una Plaza de Toros?

 

Sí, así fue. Aquel fue el segundo, en mayo de 1987.

Uff, te podría contar muchas cosas sobre aquel concierto (risas). Mejor no decir nada... vaya noche. Salimos severamente intoxicados. No fue el mejor de nuestra carrera, te lo aseguro. En aquella época New Order éramos fiesteros contumaces: hacíamos un concierto brillante, nos íbamos a celebrarlo, seguíamos celebrándolo, sufríamos una resaca terrible y al día siguiente hacíamos un concierto horroroso. Así era, un concierto brillante y otro horroroso luego. Pero así son las cosas cuando eres joven y te metes en una banda de rock, que acabas convertido en un energúmeno.

 

Supongo que con la edad uno aprende a ser más fiable sobre el escenario, ¿no?

Sí, claro. Ahora lo somos. No queda más remedio. Las resacas son mucho peores (risas). El palo con el que te golpean se vuelve cada vez más grande. Hasta que es tan grande que ya no conviene jugar con él. Todo está más equilibrado ahora. Aquellos subidones y bajones de los 80 y de los 90... la gente recuerda aquella etapa de la banda como los años dorados, pero te puedo asegurar que para la banda no eran exactamente así. Ahora todo es más disfrutable. Más divertido. Ojalá entonces hubiera sido el tipo de persona que soy ahora. 

 

Bueno, eso es imposible. Es aquello que decimos siempre de “si entonces, cuando era tan joven, supiera todo lo que sé ahora...”. Pero no se puede volver atrás en el tiempo.

Sí, es la vida. Has de aprender cosas. Y no diría exactamente que madurar, porque no me gusta mucho la palabra, siempre tan asociada a lo viejo... es más bien hacerte más sabio. Funcionas de forma distinta cuando eres joven, la química de tu mente es distinta. Muy, pero muy diferente (risas)

 

Ya que comenta usted lo irreflexivo de la juventud: ¿Tenía la sensación, cuando se fueron a Nueva York a grabar con Arthur Baker en 1983 y frecuentaban discotecas como el Paradise Garage, el Fun House o Danceteria, de estar rompiendo moldes, a la cabeza de la vanguardia con aquella simbiosis de pop y electrónica que luego explotó con Blue Monday? ¿O era algo en lo que ni pensaban?

No, no lo pensábamos, en realidad. Y nunca quisimos ser famosos. Solo queríamos pasarlo bien. La idea de estar en una banda de rock era fantástica, porque te permitía escapar de una vida normal. A mí eso me daba un miedo de muerte. Odiaba la escuela y el estar sometido a gente muy mayor, la gente que te decía que las cosas había que hacerlas de esta manera o de la otra. Que te decían que sería una pérdida de tiempo no hacerlo como ellos pensaban. Yo me rebelaba contra eso. La banda era rebelión y libertad. Como si alguien te da un coche para atravesar el desierto sin molestar a nadie. Y aprender a conducirlo sobre la marcha era jodidamente excitante. Estar en una banda de rock es libertad, y es algo que permite que mucha gente que no encaja ni en la sociedad ni en los esntándares establecidos de conducta, esa gente que parece destinada a quedarse socialmente apartada en la cuneta, se puedan ganar la vida con ello. 

 

Sé que no es fácil, pero le voy a pedir que en una sola frase me defina a dos personas esenciales en la vida de New Order, que hace tiempo que murieron: Rob Gretton,  manager de la banda, y Tony Wilson, el dueño de vuestra antigua discográfica, la emblemática Factory. 

Catalizadores e inspiradores. Ambos. Eso sí, no muy buenos hombres de negocios. 

 

De hecho, pocas anécdotas lo ilustran mejor que el dinero que perdieron ustedes cuando la tirada original de Blue Monday salió con un troquelado que encarecía enormemente su coste de producción. Menuda paradoja, cuando resulta que era un single que batió récords de venta en su momento, ¿no?

Claro, es que si resulta que tienes a un grupo de músicos que componen música que la gente quiere comprar, lo lógico es ser hombres de negocios que al menos no pierdan dinero. Lo hacían todo con mucha sensibilidad, pero con muy poco sentido práctico. No puedes ir por la vida en plan ¡hey, es Navidad! Las cosas podrían haber sido distintas. Pero bueno, todo es fruto de conocer a la gente correcta, en el momento correcto y en el lugar correcto. Así fue con Joy Division y con New Order. No les culpo, tanto ellos como nosotros íbamos aprendiendo sobre la marcha. A base de golpes. Ellos cometieron errores, nosotros cometimos errores. Pero afortunadamente los nuestros fueron recuperables. Los suyos, no. La vida es así de puta.