¿Alguien se acuerda de la Cool Britannia? ¿De los días felices en que el nuevo laborismo se tomaba unas copas con la plana mayor del britpop? ¿De aquellos días de vino y rosas en que una pléyade de bandas rescataba las viejas esencias patrias desde las portadas de semanarios musicales que vendían cientos de miles de ejemplares? Cuánto han cambiado las cosas en las últimas dos décadas. Lo que una vez fue celebración y orgullo, hoy en día es desorientación y rabia. Impotencia. Acritud. 

Los músicos británicos ya no utilizan la Union Jack como reclamo patriótico ni trendy, sino como una enseña que merece ser subvertida. Casi ridiculizada. Mascullan su indignación en rimas y estribillos que aúnan vitriolo y lucidez. Litros de billis y una precoz clarividencia. Si alguna vez dejamos de pensar que todo aquello que se cocía – musicalmente – en el Reino Unido era como un termómetro que medía la temperatura de la creación más digna de ser imitada, el último lustro bien puede devolver la fe al más escéptico.

Los tiempos del neoconservadurismo tory, las huelgas estudiantiles, la gentrificación lacerante, el auge de la extrema derecha y (para colmo) el despropósito del Brexit son terreno abonado para una nueva generación de músicos que con toda seguridad acabarán marcando época. 

Les sonarán los nombres de Kate Tempest, Sleaford Mods, Idles, Shame o slowthai. Seguro. Son el reverso amargo de la Inglaterra de Factor X y los opulentos fiestones veraniegos en Ibiza.

 

Estábamos todos avisados

Nadie puede decir que no estuviéramos bajo alerta: el talentoso Mike Skinner – tan influyente, por cierto, en mucho de lo que se cuece ahora – aún se mostraba amable al frente de su proyecto The Streets con la radiografía del geezer (“colega”) urbano que tramó en discos tan deslumbrantes como Original Pirate Material (2002), entre el costumbristmo de Ray Davies o Damon Albarn y el pujante 2 Step.

Pero el panorama entonces ya amenazaba nubes. La Inglaterra que formó parte del Trío de las Azores y pulverizó récords de concurrencia con aquellas masivas manifestaciones en su contra (entre ellos, cientos de músicos célebres) se levantó con tanta resaca que durante los años siguientes solo generó estilos sombríos, agrios o narcóticos: el dubstep que sublimó su mal rollo en manos de Burial, el claustrofóbico witch housede bandas como Mount Kimbie o el grime de mandíbula apretada, nudillos pelados y rimas de combate de Skepta, Novelist o Stormzy. La voz del suburbio, en la mayoría de los casos. Y con el crack enonómico de 2008 como telón de fondo.

De la noche a la mañana, era de nuevo posible que un par de cuarentones desarrapados que hasta entonces liquidaban su tiempo engordando las colas del paro levantaran la voz, se hicieran notar y convirtieran su hastío vital en himnos contra esa nueva y maldita austeridad que exprimía a las clases medias y desahuciaba a las bajas. Eran Jason Williamson y Andrew Fearn, los Sleaford Mods. El bufón irreverente y el yonkilata. Los perros de la austeridad, como bautizaron a su primer álbum en 2013.

Son ambos de Nottingham, la tierra de Robin Hood, aquel que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Su deshuesado punk de vertedero, minimalista e hiperrealista, gestado con un PC, unas pintas de lager y arrobas de descaro, se convirtió en banda sonora de la Inglaterra del último lustro, aunque hayan dulcificado ligeramente su fórmula en el reciente Eton Alive (2019).

 

Música para una generación torcida

La vieja Albión, la que se retuerce sobre sí misma entre espasmos de dolor por el recuerdo de un esplendor imperialista que ya no volverá, la que se reboza en su miasma de desigualdad, paro y nueva xenofobia – como prácticamente el resto del continente del que se quiere desgajar por completo, por cierto – se ha erigido en una espléndida plataforma para la distopía moderna. Series televisivas como Black Mirror o la más reciente Years & Years lo atestiguan. Ninguna tiene desperdicio. Son retratos de ese futuro que ya es casi presente. El desasosiego que habita a la vuelta de la esquina.

El sueño del progreso produce monstruos, nos dicen ambas series. Y si hay una portavoz acreditada para explicárnoslo en lacerantes composiciones musicales, que se mueven entre el spoken word y un hip hop esquelético, acolchado sobre bases someras pero precisas, esa es la enorme Kate Tempest.

La joven londinense apenas sobrepasa los 30 años y ya acumula cuatro libros de poemas, una novela, tres guiones para teatro, un zurrón de conciertos para el recuerdo y tres álbumes como tres soles, en los que su garganta se muestra como una auténtica ametralladora que diserta (o más bien dispara, con suma puntería) alrededor de la crisis económica y democrática, el terrorismo yihadista, el declive de nuestras grandes urbes, el cambio climático, la deforestación, los despropósitos ecológicos, la pornografía infantil, las trampas del neolenguaje, el descenso del umbral de la pobreza, la degradación de las drogas, la corrupción, el nacionalismo excluyente, la paranoia tecnológica y los dichosos selfies, la más estúpida nueva causa de muerte junto al balconing. 

Todo desde una perspectiva muy británica, heredera de las soflamas de John Cooper Clarke o la literatura de James Joyce o William Blake. Su fabuloso último disco, The Book of Traps and Lessons (2019), presentado con todos los honores con un soberbio bolo en el Primavera Sound hace poco más de un mes, cuenta con el aval del prestigioso productor Rick Rubin (en comandita con el habitual Dan Carey) y muestra en su portada un mapa de las Islas Británicas. No es casualidad. Por suerte, ni afloja ni baja el listón.

 

La bandera del desconsuelo

También una enseña tan británica como es su propia bandera tiene su reflejo – negativo, por supuesto – en la cubierta de Nothing Great About Britain (2019), candidato a mejor título del año (ese juego de palabras: Nada Grande sobre Bretaña), el del que es el álbum debut de slowthai, el rapero blanco de Northampton.

La union jack comparte protagonismo junto a su semblante y una guillotina. Heredero confeso de Mike Skinner, de Dizzee Rascal y de otros estandartes de la primera oleada grime, Tyrone Kaymone Frampton (su nombre real) oferta un hip hop espídico pero certero como radiografía de la Inglaterra actual. Presentó su disco en una gira en la que directamente troleaba el instagram de Theresa May. El futuro inmediato también es suyo. 

 

¿Un nuevo punk?

El punk, tal y como lo conocimos, no volverá. Pese a que la cantinela de que sería deseable un nuevo seísmo de tal calado tenga ya bastantes años. Sí, la historia muchas veces se repite, pero nunca lo hace adoptando las mismas formas que tres o cuatro décadas antes. Quizá no vaya a irrumpir nunca un nuevo punk. Pero sí que es cierto que algunos de los que reformulan sus viejos dictados lo hacen con una vehemencia, una soltura y una renovación de postulados que casa muy bien con los tiempos que corren.

Entre ellos, los abrasivos Idles son la punta de lanza. Los más notorios hijos de la ira en la Inglaterra del Brexit, predicando un mensaje que combate furiosamente la homofobia y la desigualdad social de este tiempo, más marcado por las sombras que por las luces. Y sin pesadumbre: para ellos la alegría es todo un acto de resistencia, por eso bautizaron como Joy As an Act of Resistance (2018) su extraordinario último álbum, que volverán a rodar el próximo fin de semana en el BBK Live de Bilbao y en noviembre en el Primavera Weekender de Benidorm.

En su estela despunta la heterodoxia de los londinenses Fat White Family, quienes también convierten el hedor del austericidio, el nuevo racismo y la alienación urbana en energía positiva que plasman en canciones de insospechada hoja de ruta. O sus vecinos Shame (compartieron horas y horas con Fat White Family en el Queen's Head, un pub del barrio de Brixton), hijos bastardos de la acidez de las andanadas punk de The Fall y de la escritura de Irvine Welsh, quienes dedicaron su single Visa Vulture a la política migratoria de Theresa May hace un par de años, antes de desvelar las canciones de su estupendo álbum de debut, Songs of Praise (2018).

La rabia de todos ellos resulta más que verosímil, se antoja genuina, sin postureos. Una desazón larvada durante tiempo. Lejos del epidérmico esteticismo post punk de bandas precedentes como Editors o White Lies. Solo el tiempo nos dirá – esa vieja disyuntiva – si la prosperidad de sus carreras destensará su mensaje en los próximos tiempos y acabará por hacerles sonar domesticados, haciendo que su testigo tenga que pasar, inevitablemente, a otra generación más joven.