Se puede decir que desde sus comienzos, más que un grupo los B-52's habían sido una familia. Cada una de sus piezas parecía irreemplazable y de hecho así ha sido en sus más de cuatro décadas de existencia. Cuando el sida se llevó a Ricky Wilson en 1985, no había muchas esperanzas de que su hermana Cindy, Fred Schneider, Keith Strickland, Kate Pierson pudieran seguir adelante sin él. Su pérdida fue devastadora y para un grupo como aquel, consagrado a celebrar la diversión y el gozo de vivir, una muerte tan inesperada y cruel pudo haber sido fatal. Entonces, con el recién llegado verano de 1989, apareció Cosmic Thing, publicado tres años después del que fue su cuarto álbum y último con Ricky, Bouncing Off the Satellites.

Cosmic Thing fue todo aquello que no su predecesor nunca logró ser. Era una obra iluminada por la alegría, repleta de buenos singles e interpretada por un grupo que hacía frente a la adversidad aferrándose a la vida. En un improvisado acto de justicia poética, se convirtió también en el álbum que colocó al los B-52's (desde 2008 se llaman B-52s, sin el apóstrofo) en lo más alto de las listas por primera vez en sus diez años de carrera. Porque The B-52's  fueron hasta ese momento adorados por un público minoritario, que sin embargo contaba con el potencial suficiente como para aspirar a conseguir hits y romper la barrera del grupo de culto. Así fue desde el principio.

Timothy White

 

Una carrera larga y fértil

En 1979, habían dejado boquiabiertos a los aficionados con su debut, The B-52’s –reeditado hoy en vinilo para celebrar su 40 años-, un cóctel de pop, garaje, ciencia ficción y surf que se ganó su lugar en el cielo nada más llegar a las tiendas. Aquella música procedía de Athens, Georgia, una ciudad prácticamente invisible para el pop y el rock hasta la llegada de estos cinco adorables extravagantes que aterrizaron en el Planeta Claire, cantaron sobre 16 bailes con nombres absurdos y nos contaron una historia playera del espacio exterior protagonizada por la langosta más famosa de todos los tiempos: Rock Lobster.

Conquistaron Nueva York, que entonces era la meca de la modernidad pop, pocos meses después de nacer como grupo. De Warhol a Blondie, todos cayeron rendidos a sus pies y no tardó en llegarles una oferta para firmar con Island, el sello del magnate Chris Blackwell, el visionario que hizo de Bob Marley un estrella global y de Grace Jones una mutante de la new wave. La banda pasó inmediatamente a formar parte del cuadro de honor de la nueva ola, compartiendo honores con nombres como Devo o Talking Heads. Su manera desenfrenada de tocar y los juegos vocales de Kate y Cindy –dignas herederas de señoras del canto agudo y onomatopéyico como Yma Sumac y Yoko Ono- se convirtieron en una de las señas de identidad de aquella nueva ola que dejaba atrás la década de los 70 con la seguridad de haber llegado al fin al futuro que nos prometían las películas de serie B y Los Supersónicos.

 

La crisis

La situación del grupo ya no era tan aventajada cuando tuvo lugar la muerte de Ricky. La crítica había dejado de entusiasmarse con su música y las listas de éxitos se les resistían. Una vez tuvieron ánimo para escribir nuevas canciones y meterse en el estudio, lo único que les faltaba eran unas manos milagrosas que les ayudaran a a darle la sonoridad adecuada. Esas manos pertenecieron a dos de los reyes Midas del pop del momento. Nile Rodgers, artífice de megaéxitos de Bowie, Madonna y Duran Duran, produjo seis de las diez canciones del álbum. Entre ellas está Roam, uno de los sencillos más vendidos del álbum. Por su parte, Don Was, miembro de Was (Not) Was, productor que daría jugosos éxitos a artistas de todo tipo, se ocupó de las cuatro restantes. Love Shack, el tema que catapultó al grupo a la fama, lleva su firma.

Don Was contó con Kate Pierson para un dueto en el que sería otro de sus más brillantes  triunfos profesionales, Brick By Brick(1990),  el primer disco de gran alcance comercial de Iggy Pop. Kate cantaba con él en Candy,  hito global que sin duda ayudó a ampliar la visibilidad de la banda. Para rematar, y aunque los B-52’s ya estaban plenamente establecidos para entonces, Kate también grabó voces en Shiny Happy People de R.E.M., que en 1991 desbancaron a sus vecinos los B-52’s como banda embajadora de la otrora desconocida Athens. Michael Stipe tenía amistad con muchos de los músicos de una escena local que entonces era plenamenteunderground, y sus lazos con los miembros de B-52’s provienen de entonces. Su aparición en el vídeo de Deadbeat Club, otro de los sencillos de Cosmic Thing, es mucho más que un simple cameo.

Cosmic Thing, que se reedita ahora coincidiendo con su 30 aniversario en una versión ampliada que incluye un concierto en la gira promocional del disco, bendijo a los B-52’s con un éxito que hasta entonces se les había resistido. Para ello tuvieron que reducir sus niveles de extravagancia y a cambio, sus dotes como compositores pop ganaron protagonismo. Sin embargo, los músicos elegidos para reforzar la formación de cara al  directo, también tenían un pasado arty. La bajista Sara Lee venía de Gang of Four y de tocar con Fripp y Pat Irwin había tocado con Lydia Lunch y otros jefazos del submundo experimental neoyorquino.

Con aquel disco, el cuarteto dejó definitivamente de ser una rareza para convertirse en un grupo profesional. Es una ley no escrita en la historia de la música pop que hay que renunciar a la pureza para poder llegar a todo el mundo, y cuando eso ocurre, el premio llega en forma de canciones que trascienden a su tiempo. Roam y, sobre todo, Love Shack –cuyo vídeo es una puesta en escena de aquellas sixteen dances de las que hablaban en Dance This Mess Around y que cuenta con la primera aparición de RuPaul- se convirtieron en eso. Y también en un triunfo sobre la adversidad. Los B-52’s nos dieron  un mundo alternativo en el que vivir, canciones chispeantes, absurdas, alienígenas, sexys. Merecían todo que les proporcionó Cosmic Thing,y el mundo, conocer de lo que eran capaces.