A Idris Elba no se le puede decir que no. Si el actor británico de moda deja un mensaje en tu buzón de voz, ni se te ocurra no devolverle la lamada. Si te propone que colabores con él en la adptación de un musical, acepta sin dudarlo.

En esa envidiable posición se encontró Kwame Kwei-Armah cuando Elba se dirigió a él para proponerle que se involucrase en Tree, una obra de teatro que se estrenará en el Festival Internacional de Manchester y que pasará a continuación a representarse en el Young Vic de Londres. Inspirada en Mi Mandela, el álbum que Elba editó en 2014, la obra promete ser un montaje inmersivo y polemico, que haciendo uso de la música y el baile sumergirá al público en algunos de los acontecimienos más destacados de la turbia historia de la Sudáfrica contemporánea.

“Es una historia de desarrollo no lineal, muy rítmica y rica en momentos francamente sorprendentes”, explica Kwame, “es una celebración de la identidad y de las raíces, de las partes de cada individuo que le conecta con un todo superior a él”. Kwei-Armah acaba de aterrizar en el Young Vic tras una estimulante carrera desarrollada en el Baltimore Center Stage, el National Theatre, el Donmar Warehouse o el Tricycle Theatre. Hablamos con él de la creatividad innata de los sudafricanos y del grado de vulnerabilidad que exige el teatro.

 

¿Cómo surgió la posibilidad de trabajar con Idris Elba en un proyecto tan ambicioso?

Fue todo muy natural. Me llamó un día y me dijo que estaba considrando adaptar mi Mandela al teatro. Conozco a Idris desde que ambos éramos adolescenes y siempre he sido un gran admirador de su talento. Me bastaba con mirarle para saber que iba a ser un excelente actor. Cómo hablaba, cómo miraba, cómo se movía... En cuanto me llamó, escuché el álbum y me puse a pensar cuál podía ser mi aportación personal al proyecto. Idris me explicó lo que aquellas canciones significaban para él. Me contó que era una especie de sublimación de la historia de su padre, que quiso volver a Sudáfrica poco antes de morir, ya viejo y enfermo, para reconectar con sus raíces y despedirse de la vida en el lugar que le vio nacer. Pensé que esa vuelta a los orígenes entendida como ritual de curación de un cuerpo y un alma que se sienten enfermos era un buen punto de partida para la obra.

 

Ahora mismo hay en Sudáfrica una escena teatral muy dinámica y estimulante...

Sin duda. Sinceramente, creo que los negros sudafricanos son de la gente con mayor talento del planeta. Tienen un talento innato para la música, para el baile y para la interpretación, y han desarrollado esos talentos en un entorno político muy duro, lo que le ha dado a sus manifestaciones artísticas una crudeza y una urgencia que las hace aún más atractivas. No pretendo insinuar que los artistas necesiten sufrir la discriminación económica y el racismo para dar lo mejor de sí mismos, pero me parece evidente que el talento que se ve obligado a vencer obstáculos acaba resultando más genuino. Hay algo en el agua, en fin, que hace que los habitantes de ese rincón del mundo hayan creado formas de expresión artística que combinan con energía el activismo, la expresividad y la magia.

 

Es algo similar a lo que ocurre en Irlanda, un país que produjo su mejor arte en los momentos más convulsos de su historia, ¿no?

Exacto. Uno de mis dramaturgos preferidos es, precisamente, un irlandés, Seán O’Casey, en cuya obra veo esa actitud rebelde y esa voluntad de encontrar un vehículo de expresión para su rabia y su desconsuelo que es también propia de los artistas sudafricanos.

 

¿Qué puede ofrecer el teatro que no ofezcan ni la televisión ni el cine?

Es humanidad en tres dimensiones. Los actores están ahí. Puedes olerles, sentir su aliento, ver como su saliva flota en la luz de los focos. Es todo mucho más intenso, más directo. La magia se materializa ante nuestros ojos. El cine y la televisión están muy bien, pero son formas de arte que nos llegan ya filtradas, desde una distancia que reduce el grado de implicación física. Viendo una película estás a salvo, no tienes por qué implicarte. El teatro no te da tregua. Te exige mucho más.

 

Sudáfrica abrió su periodo de reconciliación nacional en 1995, pero sigue siendo un país con graves problemas políticos. ¿Qué cree usted que necesita esta potencia regional en ciernes para dejar atrás su pasado y convertirse en una sociedad más integrada y próspera?

En mi opinión, necesita hacer una segunda transición. Las generaciones de negros que crecieron en libertad, en una democracia sin apartheid, aspiran a un mejor reparto de la riqueza. Se sienten frustrados, porque no sienten que la Sudáfrica democrática sea un país que les ofrezca buenas oportunidades sociales y económicas. Para consolidar la democracia, el país debe abordar de una vez por todas el muy desigual reparto de tierras y riquezas, porque si no lo hacen muchos jóvenes llegarán a adultos sintiéndose excluidos.

 

¿Qué puede enseñar Tree a los espectadores occidentales interesados en la Sudáfrica moderna?

Hará que se asomen a una cultura distinta, con su riqueza, sus defectos y sus contradicciones. No solo la Sudáfrica pobre y violenta de la que hablan los medios de comunicación, sino también un país creativo, con tradiciones locales vistosas y estimulantes. Pero para que eso sea posible, el público debe acudir al teatro con una actitud abierta, de una cierta vulnerabilidad voluntaria. Debe renunciar a la coraza de la distancia cultural y dejarse golpear, de alguna manera, por lo que ve. Una de las cosas en que más hemos trabajado es precisamente en potenciar esa implicación del público. Hay partes de la obra en que le interpelamos directamente. Le pedimos que se mueva, que hable o que baile, y si no está dispuesto a hacerlo, parte del impacto emocional de la obra se pierde. Para mí es un reto. Por primera vez, el público es uno de los actores principales de la obra. Un actor, por cierto, con el que no he tenido la oportunidad de ensayar y que, por tanto, no tengo la menor idea de cómo va a comportarse.