Bruce Springsteen dijo en cierta ocasión que, de no haberse dedicado a la música, le hubiese gustado ser periodista o historiador. Cualquier profesión narrativa, en fin, que le pusiese "en contacto directo con la realidad tal y como es".

Claro que el tipo de narración histórica y de crónica que interesa al Boss es el que hacía el historiador social Howard Zinn, autor de La otra historia de los Estados Unidos, el libro de cabecera de los marxistas de instituto. Como Zinn, Bruce cree que la historia que merece ser contada no es la de los grandes hombres y sus políticas mezquinas y suicidas, sino el de la gente común. Un proletariado estadounidense del que todavía se siente miembro y por el que ha expresado su simpatía en canciones como My Hometown, The River y tantas otras.

La política no ha sido siempre una preocupación central en el cancionero de Springsteen, pero el paso de las décadas ha ido dejando una estela de magníficos himnos proletarios y diatribas feroces a la altura de las mejores tradiciones de la canción protesta. Aprovechando que se estrena Western Stars, decimonoveno álbum de estudio del cantautor de Long Branch, Nueva Jersey, recuperamos siete de sus mejores canciones sobre acontecimientos de la historia política y social de su país.

 

La muerte de Amadou Diallo en American Skin (41 Shots)

Bruce se inspiró en un acto de racismo y brutalidad policial que conmocionó a la ciudad de Nueva York en febrero de 1999. Amadou Diallo, inmigrante guineano de 23 años, salió a comprar un bocadillo y fue abatido por cuatro policías locales a muy pocos metros de su apartamento en la Avenida Wheeler, en el Bronx. ¿Su delito? Hacer el amago de echar a correr cuando los agentes, que le habían confundido con un sospechoso de violación, le dieron el alto en plena calle. No tenía los papeles en regla y ni siquiera se le ocurrió que aquellos cuatro servidores de la ley prejuiciosos y de gatillo fácil fuesen a acribilarle por la espalda. Recibió 41 disparos.

Springsteen quiso hacer compatible su virulenta indignación por la muerte absurda y gratuita de Diallo con una cierta empatía hacia los agentes, cuatro tipos de clase obrera, desmotivados y pobremente entrenados, que patrullan los rincones más inhóspitos de un infierno urbano con el alma en vilo, sin saber si lo que el sospechoso al que acaban de dar el alto lleva en los bolsillos es un revólver, un cuchillo o su cartera. Sin embargo, la conclusión de este paradójico himno a la sensatez y la concordia no podría ser más desoladora: Amadou, como tantos otros, fue asesinado por pasear por las calles de América metido en su propia piel.

 

El Katrina en How Can A Poor Man Stand Such Times and Live?

El huracán Katrina arrasó la costa atlántica de Estados Unidos en agosto de 2005. Sus efectos fueron particularmente devastadores en la ciudad de Nueva Orleans, cuyos frágiles diques a orillas del lago Pontchartrain cedieron ante el embate de los fuertes vientos, dejando la ciudad completamente inundada. El desastre afectó sobre todo a los barrios más humildes, habitados por las comunidades afroamericanas y caribeñas.

En este góspel enérgico y feroz, Bruce Springsteen se compadece del enorme sufrimiento de este ejército de perdedores de todas las darwinistas guerras contemporáneas, víctimas tanto de los desastres naturales como de la indiferencia de los políticos y el egísmo de sus conciudadanos. ¿Cómo lo aguantan, se pregunta, cómo se las arreglan para seguir adelante con sus vidas?

 

La Gran Depresión en The Ghost of Tom Joad

El crack bursátil de octubre de 1929 fue el inicio de uno de los periodos más oscuros de la historia de Estados Unidos. Dio paso a una década de violenta recesión, desempleo masivo, migraciones internas, hambre, delincuencia y desaliento generalizado a la que pondrían fin las políticas sociales de Franklin D. Roosevelt y el formidable impulso que la Segunda Guerra Mundial dio a la industria norteamericana.

John Steinbeck publicó en 1939 Las uvas de la ira, la novela definitiva sobre el colapso económico de los años 30 y su enorme coste humano. Bruce rescató medio siglo más tarde al protagonista de la epopeya obrera de Steinbeck, Tom Joad, heredero de una estirpe de honestos granjeros de Oklahoma al que las circunstancias convirtieron en un forajido, una especie de renuente Robin Hood. El fantasma de Joad, tal y como lo ve Bruce desde la América neoliberal de mediados de los 90, sigue sentado junto a las hogueras clandestinas de los desposeídos de este mundo.

 

La desindustrialización de los 80 en Youngstown

Springsteen ha dedicado decenas de canciones a la decadencia de la América industrial, a esas ciudades espectrales del antiguo Rust Bell, el 'cinturón del óxido', a las que el proyecto de reconversión económica de Ronald Reagan y sus ‘Chicago Boys’ condenó a una lenta agonía que se viene prolongando desde los primeros 80.

Este tema en concreto repasa la historia de una de esas ciudades fantasmas, Youngstown, en el estado de Ohio, un antiguo enclave minero fundado en 1803. El lugar en el que se fabricaron los cañones que hicieron posible la victoria de la Unión sobre los confederados en la Guerra Civil. Una comunidad que contribuyó con la sangre de sus jóvenes a las guerras mundiales, a Corea y a Vietnam y que al final sucumbió a la desquiciada lógica de la globalización, que les dejó sin fábricas y sin futuro. Con voz de profeta airado, un Bruce al borde la demagogia visionaria llega a afirmar en la canción que los tiburones de Wall Street hicieron realidad el sueño húmedo de Hitler: la destrucción de la América industrial, la gran factoría de la libertad.

 

La gran recesión de 2008 en Death to My Hometown

Veamos cómo nos cuenta Bruce el colapso de finales de verano de 2008, la gran catástrofe económica de nuestra era. Para el de Nueva Jersey, lo que Reagan y Bush padre dejaron malherido en los funestos 80 acabó de morir con el desplome de Lehman Brothers: “Los ladrones se nos colaron en casa en plena noche y trajeron la muerte a mi ciudad”, nos cuenta con la furia redentora de un Woody Guthrie o un Peter Seeger, “destruyeron nuestras familias y nuestras fábricas, se apoderaron de nuestros hogares y dejaron nuestros cadáveres en la pradera para que los buitres devoraran nuestros huesos”.

Seguro que los millones de ciudadanos del mundo libre que perdieron sus trabajos, sus viviendas y sus ahorros durante esa gran recesión, conocida también como la Gran Estafa, entienden perfectamente a qué se refiere el Boss.

 

La guerra de Viertnam en Lost in the Flood

La vocación de cronista de la clase obrera estadounidense le viene a Springsteen muy de lejos. Ya en 1973, cuando la mayoría de sus letras seguían basándose en románticas entonaciones adolescentes y escapadas nocturnas al volante de un Saab rojo de dos puertas, un Bruce de 23 años escribió esta crónica de la vuelta a casa de un veterano de Vietnam. Un soldado a su pesar que se ha jugado el pellejo por la democracia y por la bandera de las barras y estrellas y se enfrenta ahora a un futuro sin perspectivas en una nación decacadente y mezquina, llena de beatería hipócrita, farsas políticas de vuelo rasante, drogadictos, prostitutas y pandilleros.

Pese a todo, Springsteen consigue distanciarse hasta cierto punto de la funesta misantropía del protagonista de su canción: en la obra del Boss, ese gran idealista descreído, siempre queda al menos un rincón para la esperanza.

 

La amenaza nuclear en Roulette

El accidente de la central de Tree Mile Island, en marzo de 1979, convirtió a Bruce Springsteen en un firme detractor de la prolieración nuclear. Siete años antes del desastre de Chernobil, en esta central a pocos kilómetros de la ciudad de Harrisburg, Pensilvania, se produjo una fusión parcial del núcleo de uno de los reactores. Como consecuencia de este accidente y de las pésimas decisiones adoptadas por los responsables de la central en las horas posteriores, gran cantidad de gases radioactivos fueron a parar a la atmósfera.

Bruce había visto pocas semanas antes El síndrome de China, película protagonizada por Jane Fonda en la que se especulaba sobre los enormes riesgos de la energía nuclear y su uso irresponsable por parte de empresas capitalistas sin escrúpulos, así que cuando se produjo el incidente de Harrisburg el cantautor estaba ya muy sensibilizado con el tema. Roulette es el fruto de sus reflexiones y su participación en varias marchas contra el uso de la energía nuclear. La conclusión a la que llega es que ningún incentivo económico justifica que juguemos a la ruleta con el destino de la raza humana y el futuro de nuestros hijos.