Se estrena Sauvage, de Camille Vidal-Naquet, película premiada en Cannes (obtuvo el galardón a la gran revelación masculina, para Felix Maritaud) y en el Festival de Cine Europeo de Sevilla que aborda las rutinas de un joven de 22 años que se prostituye en las calles por muy poco dinero, como simple estrategia de supervivencia.

La prostitución masculina, tema tabú en el cine hasta época muy reciente, ha dado pie desde finales de los 60 a películas estupendas que abordan el tema tanto desde la frivolidad como desde la denuncia o la crudeza. Estas son, en nuestra opinión, algunas de las que de verdad valen la pena.

 

 My Own Private Idaho (Gus Van Sant, 1991)

Dos jóvenes chaperos, River Phoenix y Keanu Reeves, se buscan la vida por la carreteras del tercio oeste de los Estados Unidos, de Seattle a Oregón pasando por las desérticas praderas de Idaho. Uno de ellos, Scott (el personaje de Reeves), resulta ser el hijo descarriado del alcalde de Portland y está a punto de dejar atrás su juventud rebelde para convertirse en lo que en el fondo siempre fue, un miembro de la élite, nada que ver con la caterva de huérfanos, vagabundos y buscavidas con los que se relaciona.

Gus Van Sant dio un curso acelerado de sana posmodernidad cinematográfica en esta historia de vidas sin rumbo y amistades y lealtades cruzadas que tiene mucho de Shakespeare (su parte central es un homenaje a Campanadas a medianoche, la adptación de Falstaff que dirigió Orson Welles en 1967) y aún más de road movie desquiciada, romántica y perversa, con ecos de En la carretera, la novela errante de Jack Kerouac. El desamparo de River Phoenix, abandonado por todos y sufriendo un brusco ataque de narcolepsia al borde de la carretera secundaria que le lleva a ninguna parte, sigue resultando tan conmovedor hoy como hace 28 años.

 

American Gigolo (Paul Schrader, 1980)

El papel que consagró definitivamente a un joven actor de Filadelfia llamado Richard Gere, que se había dado ya a conocer en la soberbia Días de cielo (1978). Paul Schrader firmó una de las últimas películas manifiesto del nuevo Hollywood con esta versión libre de Pickpocket, de Robert Bresson, película de la que hereda el estilo gélido y puntilloso y parte del hilo argumental, centrado en la improbable redención de un hombre que tiene un don para hacer algo (robar carteras en la película de Bresson, satisfacer sexualmente a mujeres en la Schrader) que en el fondo le avergüenza.

Gere es aquí es un ángel caído al que sle sientan estupendamente los trajes y las corbatas y que presume con orgullo de artesano escrupuloso de ser capaz de llevar al orgasmo a cualquier mujer. Enfrascado en un complot criminal que tiene algo de tragedia griega y de expiación judeocristiana, Gere pronunciará una frase inolvidable, llena de profundidad y de peso en el contexto en que se utiliza y que ya estaba en el guion de la película de Bresson: “¡Cuánto me ha costado llegar a ti, Michelle!”.

 

Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961)

 Que el tono de comedia frívola y liviana que preside parte de la película no nos haga olvidar lo esencial: esta es una historia sórdida, de perdedores que se prostituyen porque no se resignan a la derrota, pero en el fondo se desprecian a sí mismos. Audrey Hepburn es aquí una excéntrica encantadora que vive de sus sugar daddies (falsos aristócratas, peces gordos de la mafia neoyorquina...) y George Peppard, un escritor frustrado que se deja entretener por mujeres ricas.

Enamorado de su vecina desde que la oye tocar un adorable versión de Moon River sentada en la escalera de incendios, Paul Varkjak (Peppard) intenta recuperar la dignidad perdida y comportarse como un hombre íntegro, de una pieza. Y sí, hay también un picnic en Central Park, una visita a Tiffany’s, un gato que se pierde en un callejón bajo la lluvia, una atropellada declaración de amor en un taxi que va camino del aeropuerto... Una delicia cuyos arrebatos de sacarinado romanticismo no consiguen disimular la pátina de sordidez que lo cubre todo.

 

 Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969)

 La única producción de Holywood clasificada X (por su “trasfondo homosexual explícito” y su “posible impacto negativo en los jóvenes”) que ha ganado el Oscar a la Mejor Película. Una proeza que fue posible porque el Hollywood de finales de los 60 se había dejado seducir por los transcontinentales cantos de sirena del ‘nuevo’ cine y quería hacer películas modernas y osadas, capaces de conectar con las generaciones de la contracultura, el amor libre y el rock’n roll.

John Voight, el padre de Angelina Jolie, es un palurdo de pueblo que acude a Nueva York para dedicarse a la prostitución. Allí se encuentra con Fatso (Dustin Hoffaman) un estafador de muy poca monta que se ofrece a hacerle de proxeneta pero acaba siendo más bien un confidente, un amigo, un devoto admirador y una especie de rémora, un disfuncional Sancho Panza para el más patético de los Don Quijotes. Pocas películas han mostrado con tanta crudeza lo que significa ganarse la vida ofreciendo sexo a la intemperie en las calles de un infierno urbano como sin duda era el Nueva York clandestino de los 60.

 

Mysteriuos Skin (Gregg Araki, 2004)

 

El avistamiento de ovnis se convierte en una audaz metáfora de los abusos sexuales sufridos en la infancia en esta película brutal y elocuente, tal vez la mejor del californiano Gregg Araki. Joseph Gordon-Levitt se ganó las credenciales de actor serio y digno con su papel de Neil, un joven homosexual que se prostituye con hombres mayores mientras arrastra traumas profundos y dolorosos.

Los sueños recurrentes de abducciones alienígenas, el eco de las celebraciones navideñas y los partidos de béisbol en que un grupo de adolescentes son supervisados por depredadores sexuales, sus entrenadores, dan a este drama un aire entre poético y pesadillesco. La película tuvo problemas de distribución, por su cruda temática, pero su éxito en el Festival de Venecia creó notables expectativas y acabó convirtiéndola en un éxito del cine independiente.

 

Aprendiz de gigoló (John Turturro, 2013)

 

Comparada con las anteriores, esta película viene a ser un divertimento ligero, un pícaro entremés que parte de una premisa delirante: Sharon Stone y Sofía Vergara necesitan un hombre para hacer un trío y contratan los servicios como proxeneta de un arruinado vendedor de libros de mediana edad, Woody Allen.

El alcahuete les consigue los servicios de John Turturro, un tipo con buena planta, sin duda, pero sin la menor vocación de gigoló y con muy cuestionables aptitudes para el oficio. La de Turturro es una fantasía amable que muestra la prostitución de un ángulo muy oblicuo, sin más drama ni conflicto que el que implica el riesgo de que el profesional se enamore de sus clientes y eso haga que se desplome la convencional barrera que separa el amor del sexo de pago.

 

 Mala noche (Gus Van Sant, 1986)

Más Van Sant, esta vez en una versión primeriza, un apresurado borrador en el que ya se intuyen las grandes constantes del caudal de buen cine que el director será capaz de productor en décadas posteriores. La historia sigue muy de cerca, en un crudo y exquisito blanco y negro, a un joven tendero gay y dos chaperos mexicanos.

Partiendo de la novela autobiográfica del mismo título del poeta de Oregón Walt Curtis, Van Sant produce una película ágil y libre, de una originalidad rabiosa, una historia de amores cruzados, raz, dinero, sexo y homofobia que hoy celebramos sobre todo por tratarse del debut de su autor, un grande del cine contemporáneo.

 

Less Than Zero (Marek Kanievska, 1987)

 

¿Qué decir de una película que no parece gustarle a nadie, ni al autor de la novela en que se basa, Bret Easton Ellis, ni a quien se encargó de dirigirla, el inglés Marek Kanievska, ni a sus principales protagonistas, Andrew McCarthy y Robert Downey Jr., que se declararon abochornados por lo absurdo e incoherente que les pareció el guion?

Pese a todo, la película, una historia de jóvenes que se extravían y se desquician en el tránsito de la universidad a la vida adulta, tiene un pase. Sobre todo, por cómo muestra la extraña odisea de Julian (Downey Jr.), forzado a prostituirse por sus adicciones y sus deudas y sometido a la tiranía de Rip (James Spader), un proxeneta violento y despótico que a medida que avanza la película parece menos un ser humano que una criatura recién salida del infierno para fustigar a hedonistas y pecadores irresponsables.

 

En la boca, no (André Techiné, 1991)

 

¿Cómo preservar la dignidad cuando vendes tu cuerpo porque no tienes dónde caerte muerto? Para el joven chapero Manuel Blanc (como para la Julia Roberts de Pretty Woman) el truco consiste en no abrazar ni besar en la boca a sus clientes, preservando así la pureza de esos gesto al restringirlos a los verdaderos afectos.

En la vida de este prostituto reticente, irrumpirá Ingrid (Emmanuelle Béart), lo más parecido a una amiga, una joven desconsolada que vende también su cuerpo. Philippe Noiret se pone en la piel de un intelectual gay que recurre a los servicios del protagonista, al que trata con deferencia exquisita e intenta dar lecciones de vida. Tres años antes de impactar al mundo cinético con la estupenda Los juncos salvajes, Techiné dio muestras de su talento con este melancólico retrato de un París echado a perder por las malas decisiones y las ilusiones rotas.