Vivimos en un mundo brutal. Hoy más que nunca, los perfiles de Instagram de los aficionados a la arquitectura están llenos de fotos de enormes complejos residenciales hechos de hormigón, como el Barbican de Londres, y de spomenik, esos solemnes monolitos de la Yugoslavia revolucionaria de los 70. La estética rabiosamente moderna, feísta y abrumadora del brutalismo se ha puesto tan de moda que parece que hayamos vuelto a instalarnos en los 50 y 60, esas décadas de pragmatismo y desarrollismo a ultranza en la que los bloques de cemento impusieron su dictadura en los paisajes urbanos. 

Se trata de una popularidad un tanto paradójica, porque en la época de su plena vigencia el brutalismo era un tipo de arquitectura amada por los arquitectos y detestada por casi todos los demás. Ahora, casi por primera vez, es apreciada por un público muy amplio y celebrado por su radicalidad y su impacto estético, como demuestra la reciente apariciónde TheAtlas of Brualist Architecture, una guía de 900 edificios espléndidos en su brutalidad y representativos del estilo de más de 700 arquitectos procedentes de cien 100 países.

 

Bendito cemento

A algunos de los que crecimos en ciudades rendidas a la tiranía del cemento nos ha costado superar el rechazo instintivo al brutalismo y sus excesos. Sin embargo, al indagar en las raíces de este estilo, uno descubre hasta qué punto, como señala Jonathan Meades en su documental Bunkers, Brutalism and Bloodymindedness, parte de influencias tan ricas como el paisajismo pre-romántico de finales del XVIII, los palacios barrocos de arquitectos como John Vanbrugh o los búnkeres y demás construcciones defensivas de la Segunda Guerra Mundial.

El nombre con el que fue bautizado tal vez proceda, más que de la brutalidad inherente a su program estética, de la expresión francesa béton bru, es decir, ‘cemento en bruto’, o tal vez de la palabra sueca nybrutalism, que significa nueva brutalidad y se aplicó a varios movimientos de vanguardia que se desarrollaron en Escandinavia tras la guerra mundial. Sea como sea, todo el mundo asocia el estilo con la palabra brutal, y da por supuesto que se refiere necesariamente a grandes bloques de cemento u hormigón de aspecto rotundo y agresivo.

TheAtlas of Brualist Architecture desmiente esta noción un tanto simplista mostrando lo diverso, interesante y conceptualmente rico que llegó a ser este tipo de arquitectura. Porque brutalistas son no solo los edificios londinenses de Denys Landun o los complejos residenciales construidos en Marsella por Le Corbusier, sino también el elegante, a su manera, Palacio Municipal de Boston de Gerhard Kallmanm y Michael McKinnell, la madrileña Casa Hemeroscopium, los apartamentos PEGLI 3 de Génova o la obra del mexicano Agustín Hernández Navarro.

 

Un catálogo convincente

El atlas ofrece un breve texto y una única fotografía en blanco y negro de cada uno de los edificios. Se trata de fotos recientes que captan la obra en todo su esplendor. La excepción son las alrededor de 30 construcciones ya demolidas y de las que apenas queda algún que otro testimonio gráfico, y no siempre a la altura de lo exigible. Es importante destacar que el libro detalle la ubicación, el estado de conservación, el grado de protección y el tipo de uso actual de cada uno de los edificios, inforamación muy útil para cualquiera que se sienta atraído por alguno en particular y sienta el impulso de visitarlo.

El atlas ayuda también a contextualizar esas obras, a tratar de entenderlas como respuesta concreta a los problemas y necesidades de una época, un aspecto que puede pasar desapercibido a los que, sencillamente, se han dejado arrastrar hacia esa estética debido a la gran cantidad de fotos de fachadas de hormigón que se comparten a diario en las redes sociales.

Vale la pena destacar que el brutalismo, como se ha dicho a menudo, fue más una ética que una estética. Se trataba de construir edificios que cumpliese un propósito, que proporcionasen a sus ocupantes espacio suficiente y unas condiciones de vida racionales y dignas. Estas consideraciones de índole práctico y humanista pesaban más que los criterios estéticos. Tal vez po ello, el rechazo visceral que despertó en su día el brutalismo parece hoy pasado de moda: hemos padecido décadas de arquitectura convencionalmente bonita, pero barata, sin personalidad, incómoda y ineficiente como para seguir despreciando a unos profesionales que trataron de hacer bien su trabajo, guiados por una reflexión sensata y altruista sobre cuál debe ser la función social de la arquitectura.

 

Brutalismo en la periferia

Lo más fascinante de esta obra enciclopédica son sin duda los edificios de corte brutalista construidos en lugares exóticos, alejados de los grandes centros de poder de Europa y América del Norte. Resulta iluminador comprobar que hubo un brutalismo soviético que supuso un claro paso adelante con respecto a la solemnidad pretenciosa y ridícula de gran parte de la arquitectura estalinista. O que hubo un fértil brutalismo árabe en edificios como los construidos en Marruecos por Jean-François Zevaco, síntesis casi perfecta del estilo modernista europeo y de las tradiciones locales del Magreb. Qué decir también del brutalismo con raíces aztecas que se aprecia en el Museo Nacional de Antropología de México, o de la obra de Le Corbusier en la India, que es todo un monumento a la resistencia contra el colonialismo británico.

 

Para hacerle verdadera justicia al brutalismo hay que tener muy en cuenta la sinceridad de su compromiso sicial (quiso ser una arquitectura de calidad al alcance de todos), su apuesta por la eficacia y la solidez de los materiales, su extraordinaria originalidad y radicalidad formal. En su momento, tuvo que enfrentarse al rechazo demagógico que suele despertar casi todo lo que de verdad resulta nuevo. Ahora que ese obstáculo ha desaparecido y que los edificios brutalistas ya no parecen escandalizar a nadie, cabe preguntarse si la popularidad de este estilo va a ser o no una moda pasajera, si dentro de diez años Instagram seguirá estando lleno de fotografías de construcciones de este tipo.

De momento, tenemos un libro que se propone como el perfecto antídoto contra la frivolidad de las modas pasajeras, porque nos permite entender y apreciar de verdad esa manera de construir, propia de un grupo de arquitectos de sensibilidad moderna que intentaron contribuir con su trabajo a la creación de un mundo mejor y al alcance no solo de unos pocos, sino de todo el mundo.