Cuando yo era adolescente, en Portland, hace ahora casi 20 años, mi familia no tenía coche, así que no me quedaba más opción que ir a todas partes en transporte público. El discman era por entonces la última revolución tecnológica y yo llevaba el mío siempre encima, mientras caminaba hasta la parada del autobús y durante el resto del trayecto. 

Cuando tenía unos 15 años, dejé de tocar el violín clásico y empecé con el bajo. Fue una época de grandes cambios para mí. También en aquel año 2001 escuché por primera vez Stereo Type A, del grupo japonés Cibo Matto. Ese disco cambió mi vida por completo. Ahora mismo está sonando en mi cabeza. Me lleva de vuelta a las excursiones escolares, en las que yo trataba de evitar a otras personas para poder aislarme en mi propio espacio. O a la sensación de estar sola en mi habitación. O a todo ese tiempo que pasé en el autobús refugiándome en mi rincón, intoxicándome con mi música. 

Incluso más todavía. Me traslada a cómo me sentía viviendo en el mundo en ese momento. Pensaba que yo era realmente genial. Mientras caminaba por la calle, Stereo Type A era mi banda sonora de la ciudad de Portland. Mientras sonaba, todo tenía un aspecto cinematográfico y muy hermoso. La forma en que la luz cruzaba el cielo nublado y se reflejaba en las húmedas aceras me hacía pensar que el mundo me pertenecía y que estaba a punto de comérmelo.

 

Una vida por delante

A esa edad, yo me sentía exultante, segura de las infinitas posibilidades que me ofrecía la vida. Pensaba que era tan inteligente y tan guay que solo era cuestión de tiempo que el resto del mundo se diera cuenta de mis innumerables virtudes. Pero cuando llegué al instituto ya no me sentía tan bien. De la noche a la mañana, me transformé en una adolescente insegura. 

Incluso entonces, que Stereo Type A fuera tan bonito, tan sofisticado y tan genial, y el hecho de que yo lo tuviera y me gustara, signicaba para mí que yo también tenía que ser sofisticada, guay y genial. 

Ese álbum me influyó en dos sentidos. Primero, tenía un sonido muy distinto al del álbum más influyente de Cibo Matto Viva! La Woman. Era la primera vez que me daba cuenta de que los grupos y los artistas podían sonar de un modo totalmente diferente de un álbum a otro. Ese contraste me fascinaba: ¿cómo puede el mismo grupo de personas hacer cosas que suenen tan distintas entre sí? Yo misma intento adoptar ese enfoque ecléctico y sin miedo en lo que hago. Haré cientos de cosas distintas y todas sonarán de una forma diferente. Cibo Matto me aportó eso. 

También me enseñó a hacer las cosas a mi manera. Sin prejuicios. Esa fe en que lo que te gusta vale mucho la pena, en que es eso lo que quieres hacer y en que vas a hacerlo, da igual lo que piensen los demás. Esa es la energía fundamental que recibí de Cibo Matto. Esa fe en tu propio trabajo, esas ganas de pulirlo, retocarlo, editarlo y no parar hasta que creas que está realmente bien según tus propios criterios. Hay momentos en los que todos decimos: "A la mierda. Escucho esto y voy a seguir trabajando en ello, en sus letras, en su producción, en sus melodías, hasta que suene como me gusta y sea absolutamente hermoso". 

Esperanza Spalding es una bajista y cantante que vive entre Nueva York y Austin (Estados Unidos).