Hubo una época en la que los artistas esquivos todavía  eran un misterio a investigar. Sin redes virtuales que ayudaran a que supiéramos mucho acerca de cualquier cosa, seguirle la pista a alguien como Scott Walker era una tarea reservada a estudiosos y apasionados. El resto ni se inmutaba porque, por lo general, la gente estaba a otras cosas. Cuando me dijeron que existía la posibilidad de hablar por teléfono con Scott Walker, a principios de junio de 1995, tuve que procesar bien la información. Apenas sacaba discos –el promedio entre uno y otro se había situado en 12 años- y cuando lo hacía, el resultado no tenía mucho que ver con aquel artista que en los años 60 se hizo famoso cantando The Sun Ain’t Gonna Shine (Anymore) en el trío The Walker Brothers.

¿Estás listo para contestar algunas preguntas?

¿Estás listo tú para hacerlas?

Ese fue prácticamente el comienzo de aquella entrevista telefónica, Scott Walker bromeando con un joven admirador aún asombrado de poder hablar con él. ¿Cómo no iba a estar listo para hacerle unas preguntas?

Que un periodista tuviera la oportunidad de hablar con Walker no era lo habitual. Menos aún siendo español, de la España previa al FIB y al Sònar, quiero decir, esa, la que apenas se preocupaba por estos temas. Pero por encima de todo, Walker era una clase de dios de los que ha habido pocos. Una voz majestuosa envuelta en una leyenda de renegado que huyó del éxito, para hacer exclusivamente los discos que quería. Y poco a poco aquellos discos fueron siendo más oscuros, más impenetrables, más privados.

 

Oscuridad majestuosa

En 1995 sacó Tilt, una inesperada obra de autor, un álbum bello y hermético que ya mostraba la intención de su autor de alejarse de los cánones del pop. “Tilt es un disco de rock, sus raíces son esas, lo que ocurre es que busco imágenes interiores para plasmarlas. También utilizo sonidos primarios,eludiendo los sintetizadores lo máximo posible. Si tuviera que definirlo diría que es un disco interior”. Su último álbum  había salido en 1983 bajo el título de Climate of Hunter. Cinco años antes registraba un nuevo y último disco con Walker Brothers, Nite Flights,  en el cual se detectaba el germen de una fascinante analogía, digna de aparecer en una obra de Lynch. En Heroes, Bowie había empezado a cantar como Walker; en Nite Flights, Walker empezó a hacer una música que por momentos seguía una línea similar a la de los discos berlineses de Bowie. Desde entonces, el influjo que uno ha ejercido en el otro ha ido enredándose más y más.

“Yo no quería hacer más discos”, admitió Walker durante aquella charla “El interés para que volviera a grabar vino de otra persona, que fue quien también me consiguió contrato con una discográfica”. La expectación por Tilt fue tremenda en Inglaterra, pero apenas hubo promoción. A lo largo de la entrevista, Walker manifestó su interés por llevar el disco a los escenarios (“me gustaría, pero hay que calcularlo bien todo, ya que no es fácil llevar el disco a escena”) pero al final pudo más su rechazo a la exposición pública.

El artista dejó de hacer giras en los años sesenta, pero en 1995, su filosofía y su voz ya habían creado escuela. Julian Cope y Marc Almond lo imitaban y adoraban. Luego llegaron Pulp, Divine Comedy, Tindersticks. Otros músicos contemporáneos intentaron llevar su admiración por él un poco más allá. “David Sylvian me escribió hace unos ocho años proponiéndome que grabara una de sus canciones. El tema era fantástico, pero por aquel entonces yo no tenía intenciones de meterme en un estudio. Llegué a conocerle personalmente y es un tipo que me cae muy bien. Seguimos en contacto”.

En aquella entrevista reconoció que los intentos por impedir que siguiera musicalmente inactivo habían sido varios. “William y Jim Reid querían producirme un disco. Lo supe por su mánager, Geoff Travis [director del sello Rough Trade]. Esto coincidió con una época en la que tampoco andaba demasiado interesado en la música. Estaba concentrado en mis estudios de arte. Quizá  en el futuro hagamos algo, parece una posibilidad interesante”. Por supuesto, nunca hicieron nada juntos. Eno también lo intentó sin éxito. “Después de Climate Of Hunter, mi discográfica presionó para que grabara un disco más comercial y me propusieron una producción de Eno. Una idea que, según ellos, era como un sueño porque pensaban que ambos podíamos crear una obra muy interesante. A priori la combinación parecía fantástica. Recibí una carta de Brian hablándome del tema; nos reunimos dos años después y decidimos intentarlo. Le pedí seis meses para escribir algunas canciones. Me puse a trabajar y volvimos a reunirnos para empezar a grabar, solo que esta vez Brian apareció con Daniel Lanois, un factor con el que yo no contaba. Daniel está  bien para trabajar en depende qué cosas, pero definitivamente no es la persona con la que yo me metería en un estudio”.

 

Un proceso de radicalización musical progresiva

Tilt no fue el último disco de Walker, pero sí fue el último que lo mostró interesado en las canciones. A partir de 2006 pasó a formar parte del sello 4AD, para el cual grabó sus siguientes discos. Publicados en intervalos de tiempo tan dilatados como de costumbre, The Drift (2006) y Bisch Bosch (2012), fueron discos cada vez más cercanos a la música contemporánea que al contexto del pop. Nunca vivió de los méritos de su currículo.

Ya entonces se quejaba de que se exageraran tanto las referencias a su enorme voz. “Los críticos de mente perezosa suelen referirse a mí como un crooner. Pero nunca he sido un crooner. Y en las nuevas canciones intenté que la voz no fuera excesivamente personal, quería tomar cierta distancia. Así el resultado final es un hombre cantando, algo tan objetivo como eso, abierto y exento de trucos técnicos. Ahora ya no podrán decir que soy un crooner, aunque en realidad podría serlo si quisiera, pero no se trata de eso”. Especialista en dinamitar su propia leyenda, Walker tenía muy claro lo que la mayoría de la gente veía en él. “Que la mayoría de la gente se interesa más por el personaje que por sus cualidades artísticas”.

Aquella entrevista tuvo lugar en un momento de relativa euforia en el universo del connoisseur musical. Tilt era un acontecimiento incluso si su contenido no se lo ponía fácil a nadie. Walker era esperado por la prensa especializada como un mesías. Y él se afanaba en tomar distancia de cualquier cosa que no fuera la música. Era un tipo amable. No había ni rastro de drama o impostura en su discurso. Era una artista que quería hacer lo que necesitaba hacer, a su ritmo, con sus procedimientos. Sin presiones. “Quieren que grabe otro álbum –dijo antes de despedirse-, lo cual me encanta, aunque no sé muy bien qué haré. Supongo que tardaré otra década. Ya sabes, la próxima vez que quieras entrevistarme igual ya me he muerto de viejo”.