Con la muy amplia muestra de su obra que va a exhibirse en el Museo del Prado del 2 de abril al 7 de julio, se cierra el ciclo de una intensa y fértil relación, la de Alberto Giacometti con nuestro país y con sus museos.

En el verano de 1939, el artista suizo (Borgonovo, 1910 – 1966, Coira, Suiza) tuvo la ocasión de ver las Colecciones Reales del Museo del Prado cuando estas fueron trasladadas a Ginebra para su salvaguarda y refugio durante la Guerra Civil española. Eso dio pie a una fascinación por los grandes maestros de la escuela pictórica española (en especial, El Greco) que le acompañaría el resto de su vida.

Nacido en una familia de artistas, en la que su padre fue un conocido pintor impresionista y su padrino el pintor, ilustrador y artista gráfico pionero del arte moderno en Suiza, Cuno Amiet, Giacometti estudió en la Escuela de Bellas Artes en Ginebra y en la Académie de la Grand Chaumière en Paris, tutelado por el escultor Antoine Bourdelle, asociado de Rodin.

 

Surrealista temprano

Tras una primera etapa de experimentación con el cubismo, Giacometti mostró una clara atracción por el movimiento surrealista, del que se convirtió en uno de los escultores más importantes de la época después de que, hacia 1927,  expusiera en el Salón de las Tullerías sus primeras obras. En París alternó con artistas españoles como Picasso o Miró y con el alemán Max Ernst, figura fundamental del surrealismo y del movimiento dadá. También se codeó con escritores como Sartre, Éluard, Samuel Becket o André Bretón, para el que escribió y dibujo en su publicación Le Surrélisme au Service de la Révolution.

Coincidiendo con la Guerra Civil española, Alberto Giacometti, cuya obra escultórica se centró en la cabeza humana y más concretamente en la mirada, visitó España. Poco después marchó a Ginebra durante la Segunda Guerra Mundial y allí conoció a la que sería su mujer, Annette Arm. En esta época inició una etapa en la que sus estatuas se alargaban exageradamente, especialmente sus extremidades. Precisamente fue a partir de 1946 y con su regresó a París, en donde contrajo matrimonio, cuando tuvo el periodo más productivo de su carrera.

 

Los caminantes de Giacometti

Su obra se caracteriza por esas inquietantes figuras humanas alargadas, de aspecto fibroso, de tacto áspero, muy delgadas, casi nerviosas y frecuentemente de tamaño natural. Esculturas de seres solos o en grupo que han convertido a Giacometti en uno de los escultores más originales y reconocibles del siglo XX. Incluso también en la pintura, disciplina en la que también produjo una obra muy personal de figuras aisladas en el espacio, severamente rígidas y mirando de frente, casi de forma desafiante, al observador.

Esta muestra, comisariada por Carmen Giménez, trae al Museo del Prado a uno de los grandes maestros del siglo pasado y que nunca lo visitaron y mostrar la obra de Alberto Giacometti en diálogo con las obras emblemáticas de la colección. Un paseo por las salas acompañados por las estatuas del artista suizo que pasean y observan impávidas, finas y alargadas, las obras del Museo.

El lugar elegido para esta exposición será en las propias salas del Museo, con eje principal en la Galería Central del edificio Villanueva. Un proyecto que cuenta con la colaboración especial de la Fundación Beyeler de Basilea y la Comunidad de Madrid, y con el apoyo de la Embajada de Suiza y el grupo Mirabaud.