Mia Hansen-Love (París, 1981) es más bien menuda, pero su discurso sobre cine rezuma contundencia y firmeza. No se anda con rodeos al criticar los criterios de financiación de las películas en Francia- que premian el cine social por encima del resto- y huye de la supuesta “utilidad” del Séptimo Arte. En nuestro encuentro en Madrid en la mítica Ocho y Medio Libros de Cine (una joya de librería-café especializada en publicaciones cinematográficas) habla de su nuevo film, MAYA, que se estrena mañana en nuestro país, de sus inquietudes como cineasta, de sus inicios como actriz y del futuro. De su futuro en esta industria.

MAYA, presentada en los Festivales de Toronto y de Sevilla, está protagonizada por el atractivo Roman Kalinka (hijo de la malograda actriz Marie Trintignant, quien murió en 2003 por la paliza que le propinó su entonces novio, el músico Bertrand Cantat) y la debutante nacida en la India Aarshi Banerjee- cuyo personaje, Maya, palabra que en el hinduismo hace referencia al concepto de ilusión, de imagen ilusoria, da título al film.

Kalinka es en la película un corresponsal de guerra parisino que no cree en el psicoanálisis para superar la experiencia traumática de haber pasado cuatro meses secuestrado por el  ISIS en Siria. Por eso decide viajar a la India. Ella es una chica hindú de 17 años que estudia en el extranjero y que está a punto de descubrir el amor. Ambos se conocen en Goa y allí experimentarán una transformación vital.

 

Hace unos años, cuando la entrevisté en la Berlinale con ocasión de El porvenir, usted me dijo una frase que el personaje de Roman Kolinka pronuncia en MAYA. “No soy creyente, pero me gustaría serlo”. ¿Por qué? ¿La vida es más fácil si uno cree?

Sí. O al menos eso es lo que yo pienso. La vida es más fácil si eres creyente. El personaje de Isabelle Huppert en El porvenir es ateo, y el personaje de Roman Kolinka en MAYA también lo es, y ambos buscan algo. Creo que yo también busco algo. Y cuando ruedo películas, emprendo  esa búsqueda. Si uno es ateo, no hay respuestas. Uno mismo tiene que buscarlas en la vida y encontrar sus propias respuestas. Pero si uno es creyente, la fe le aporta esas respuestas. A mí me interesa la cuestión espiritual, la fe en sí, así que, en cierto modo, a través de mis películas llevo a cabo esa búsqueda.

 

Sus padres  eran profesores de filosofía, algo que se trataba en El porvenir. Y también la crisis de identidad, un elemento presente en todos los protagonistas de sus trabajos, incluido el reportero de guerra en MAYA. ¿Qué le atrae de este tipo de personajes?

Es difícil de explicar, porque yo no funciono por temáticas. Muchos cineastas dicen: “Como este tema es interesante, voy a hacer una película sobre esto”. Pero yo no. A mí la temática se me impone ella sola, me llega a través de la inspiración… En fin, llámalo como quieras. No es algo concreto que yo defina. Lo que sí es cierto es que son personajes en proceso de búsqueda. Todas mis películas tienen algo existencial, con personajes que experimentan una transformación interior. Y no es algo que se vea a primera vista. Las escenas, muy a menudo, no están diseñadas para indicar esa transformación. Hay una cosa y debajo hay otra. Es una transformación que no es ni obvia ni inmediata, sino que ocurre a medida que avanza la película.

 

MAYA arranca con un tema inicial: el reporterismo de guerra. Y luego evoluciona hacia otras cosas.

Sí. En MAYA parto conscientemente de la idea del reportero de guerra, algo muy crudo, muy real y muy actual, para luego poder escaparme mejor hacia otra cosa, hacia lo desconocido. Y lo hago a través de la India, de  Goa concretamente, que aporta la vida. Mis películas son como la vida.

Nacho López González

 

Usted empezó en el cine como actriz dirigida por Olivier Assayas (quien posteriormente sería su compañero sentimental) y luego se pasó a la dirección. ¿Volvería a la actuación?

Nunca me he considerado una actriz. Hice un par de papelitos con Olivier Assayas a los 17 y a los 19 años, pero solo pensar en que me tengo que colocar delante de una cámara de nuevo, me aterraría. Además, sería sumamente exigente. Tendría que rodar con directores como Woody Allen o los hermanos Coen… (sonríe). Mi pasado de actriz es algo que no me tomo muy en serio.

 

Después de los últimos movimientos feministas, ¿es ahora más fácil para una mujer hacer cine?

En realidad, y hablo por mí, yo nunca he sentido que lo tuviera más difícil en el cine por ser mujer. Lo que sí noto es que cada vez es más difícil hacer el tipo de cine que yo hago: un cine personal. Si no respondes a los dictados comerciales del mercado, encontrar la financiación de una película es cada vez más complicado, y el espacio, cada vez más reducido. Me siento aprisionada entre dos paredes que se van reduciendo cada vez más. Pero no por ser mujer. También les pasa a los hombres. El problema es que te dicen: “Muy bien, aquí tiene el dinero, pero solo para hacer la película que yo quiero, no la que quiere usted”.  Lo importante es luchar para hacer la película que uno quiere hacer. En eso consiste la libertad.

 

¿Y cómo ve su futuro?

Tengo la sensación de que el cine se va pareciendo a la catequesis, que adoctrina a la gente y te dicen lo que tienes que hacer. Yo, y cineastas que hacen el tipo de cine que hago yo, cada vez nos sentimos más abandonados. O haces comedias comerciales, que a mí no me interesan ni lo más mínimo, o haces cine de autor, pero de temática social, política… Lo que yo llamo cine virtuoso, cine moral. Para eso sí hay dinero. Para las películas en las que hablas de la pobreza, de lo mal que lo pasa la gente, del paro…  Para el cine útil que sirve a algo. Sin embargo, si vas a una feria de arte como ARCO, por ejemplo, las obras no tienen que ser útiles. Así que no entiendo por qué el cine tiene que tener una utilidad. Lo terrible es cuando intentas hacer una película personal que no sea ni política ni virtuosa, ni moral, ni nada. Ahí sí que lo que te dan es cero. Y la inutilidad aparente del cine es esencial. Yo creo que el arte debe ser irreverente. El día que el cine se limite a ser un complemento del telediario, entonces, ¿para qué haremos cine?

 

 Entiendo su postura.

Es que este tema me saca de quicio porque, desde hace tres o cuatro años, presento guiones en las comisiones en Francia, y siempre obtengo la misma respuesta: “Su guion está muy bien, pero no es útil. ¿De qué sirve su historia? Hábleme de la prostitución, de la inmigración, del paro… pero hábleme de algo concreto, útil. De un tema social”. Y no lo soporto.

 

¿Es porque el público es ahora más tonto que antes?

No. Todo lo contrario. El espectador no es tonto; es inteligente, y en mis películas hay mucho espacio para el espectador. Para que él decida, escoja, vea. Y lo hace. Tienen éxito. Es porque el mercado sí juzga al espectador desde abajo, no desde arriba. Y el mercado quiere nivelar hacia abajo. No quiero sonar negativa. Yo adoro el cine de autor francés y no estoy en absoluto contra del cine de autor. Estoy en contra de los criterios con los que se financia el cine en Francia, no en contra de los autores.

 

Usted rueda silencios y tiempos muertos, algo no muy frecuente en el cine actual.

Es cierto. Quizá eso se deba a que yo nunca estudié en una escuela de cine, y al no tener una base teórica, he ido encontrando mi estilo por mí misma. Lo que ruedo se parece a mí, a mi forma de vida. Y en la vida sí hay tiempos muertos. Pero me interesa el ritmo, e incluso diría que para mí es una obsesión. Sin embargo, tiene que ser un ritmo natural, el de la vida. No un ritmo creado con los trucos habituales del cine: la música, etc. Hay películas que intentan dar sensación de cine y otras que intentan dar sensación de vida. Esto último es lo que yo busco.