Julian Schnabel relata en su filme los últimos años de la vida del genial pintor holandés, los más prolíficos desde el punto de vista artístico y también los más controvertidos. No en vano, más de la mitad de su obra total la realizó en sus últimos 30 meses de vida. Pero al director neoyorquino no le interesan demasiado las anécdotas morbosas de la triste vida de Van Gogh, como la (auto)mutilación de su oreja izquierda o sus enfermedades mentales, sino la personalidad de un artista que quería transmitir al mundo lo que veía, que era “muy diferente a lo que los demás ven”.

La historia del cine está plagada de biopics, más o menos afortunados, de pintores famosos, pero no son muchas las películas que reflexionan sobre la creación artística y sus consecuencias, sobre cómo alguien pretende reproducir la realidad (o modificarla) para que las futuras generaciones sientan, a través de la obra, el latido vital de quien la concibió.

Caravaggio (Derek Jarman, 1986): Jarman, un hombre del Renacimiento (además de cineasta, fue pintor, escenógrafo, actor y escritor) que vivió en la segunda mitad del siglo XX, se aproximó a la figura de Michelangelo Merisi 'Caravaggio' de una forma tan arriesgada como original. En lugar de recrear su apasionante vida, trató de reproducir en la pantalla la estética de los cuadros del pintor milanés, ayudado por la exquisita utilización de las luces y las sombras de este. Una tarea complicada, la de dotar de movimiento a obras pensadas para ser estáticas, pero que a Jarman le sirve para dar una vuelta de tuerca sobre el arte y el erotismo, sus temas favoritos, y también los de Caravaggio. Ambos comparten la pasión por la perfección artística y la representación simbólica de una sexualidad prohibida. Ambos eran homosexuales en unos tiempos en los que amar a otro hombre podía acarrear una condena penal. Derek Jarman se salta sin pudor pasajes de la vida del artista, comete anacronismos y presta poca atención a los aspectos marginales de la historia del pintor de Milán, porque su película es una apuesta por la estética y una bandera alzada al viento que reivindica el amor y el arte por encima de todo.

Shirley, visiones de un a realidad (Gustav Deustch, 2013): He aquí un experimento a medio camino entre el cine comercial y las películas que se exhiben en los museos, una frontera difícil de establecer cuando se trata de arte. Deutsch, cineasta y arquitecto austriaco especializado en found footage, dirige su primer filme con actores para trasladar el universo de Edward Hopper a la pantalla.

'Shirley, visiones de una realidad' | Fotograma

Trabaja con algo tan excepcional como 13 obras del pintor neoyorquino para contar la historia de una mujer de mediados del siglo XX que se rebela contra la realidad en la que vive. La curiosa apuesta de Deustch es de una belleza desbordante, un fascinante ejercicio estético que sirve al espectador para entender también el universo de los personajes que habitan en las obras de Hopper, solitarios y enigmáticos. Quizás sea, de esta lista, la película menos cinematográfica de todas, pues se trata, como ocurría con las películas dadaístas de Man Ray, de un intento de que la pintura estática cobre vida y construya una realidad que, como la de la Shirley que protagoniza la cinta, no deja de ser una ilusión.

El sol del membrillo (Víctor Erice, 1992): La obra cumbre de la ficción documental es esta aproximación al arte creativo del maestro del realismo español, Antonio López, realizado por Víctor Erice en 1992 y que sería, a la postre, el último largometraje del director de culto vasco. Erice, que había trabajado en un proyecto frustrado sobre Las Meninas de Velázquez, planteó una idea singular a su amigo Antonio López: rodar el proceso de creación de una pintura, la que representa el membrillero en flor que hay en el jardín del estudio del pintor manchego. El resultado es un filme sorprendente, lleno de vitalidad y que exuda fertilidad por todos sus poros, una película lenta y cabal como la propia inspiración artística, que culmina con el maravilloso relato de un sueño relacionado con los membrilleros y que cuenta el mismo López para cerrar no solo el filme sino también su cuadro. Rodada sin guion ni preparación previos (el rodaje se planificó en solo una semana), El sol del membrillo no solo es la mejor película del cine español que transpone a la pantalla las fases de la creación artística, sino que es considerada como uno de los clásicos inmortales del cine nacional.

Antonio López | Fotograma

 

Basquiat (Julian Schnabel, 1997): Van Gogh, a las puertas de la eternidad no es la primera película de Julian Schnabel sobre la creación artística, ni siquiera la más personal. Hace más de 20 años, Schnabel quiso homenajear a su amigo Jean-Michel Basquiat, artista maldito rescatado por Warhol desde los graffiti, en una película en la que intentó reflejar la existencia de un hombre que se refugió en las drogas para poder digerir la inesperada fama que logró cuando sus obras comenzaron a hacerse tan populares como su propia persona. Schnabel se volcó tanto en el proyecto que incluso cedió su estudio profesional de Nueva York para la filmación y logró convencer a un impresionante elenco para que formara parte de su obra, entre ellos a gente tan diversa como David Bowie, Dennis Hopper, Christopher Walken, Gary Oldman o Nick Cave, encargado de la música original. Pero lo mejor de esta obra sentimental y desgarrada es la interpretación que Schnabel hace de la creación artística de Basquiat, la que equipara la inspiración con un chute de heroína en el que la heroína no circula por las venas, sino que se produce de forma natural y que, en cierta manera, explica la prematura muerte del artista.

 

La bella mentirosa (Jacques Rivette, 1991): Uno de los abanderados de la nouvelle vagueadoptar las posturas más extrañas para satisfacer las pretensiones de quien ha de plasmar su cuerpo en un lienzo. Rivette reflexiona, a través del artista (un Michel Piccoli inconmensurable), sobre la dificultad de reflejar el cuerpo en su totalidad en una obra artística, pero también sobre la fascinación por la juventud y la belleza como motores para hacer funcionar el engranaje dada a la mitad (dos horas y diez minutos) titulada Divertimento y en la que Rivette juega a hacer prevalecer el punto de vista contrario, el de la modelo.