El tipo más cool que ha dado la escena musical neoyorquina en los últimos tiempos se llama James Murphy. Un honor que hace de él el último espécimen de una raza de artistas arraigada al siglo XX que no goza de continuidad en el XXI porque las reglas del juego son otras.

Murphy mola por muchos motivos. Tiene aspecto de universitario desastroso, pero no se fíen, porque le bastaron tres álbumes para dibujar una de las líneas definitorias de la música de la pasada década. James Murphy es LCD Soundsystem, la banda que se despidió en 2011 para siempre y  a lo grande para no agotar a los fans y a sí misma. Por eso, cuando volvió cinco años después, hubo más regocijo que reproches. Y es que el pop ya no es lo que era y no andamos sobrados de héroes. Necesitamos carne y talento susceptible de ser leyenda. James Murphy tiene el currículo idóneo para ello.

 

New York State of Mind

Vayamos al principio. No es fácil ser alguien en una escena musical como la neoyorquina. La cuna del rock intelectual gracias a Velvet Underground y Talking Heads. La ciudad en la que Suicide que inventó la electrónica de callejón y basurero, que consiguió que la música experimental se bailara en discotecas e inventó el punk antes de que Inglaterra fuese consciente de ello. Nueva York es Ramones, Richard Hell, Blondie, Afrika Baambaata, Sonic Youth, Jon Spencer y Beastie Boys.

Cuando Murphy era ingeniero de sonido, Adam Horovitz le regaló un radiocasete con un ritmo grabado. De eso se valió Murphy para crear su primera canción. Y cuando alguien se presenta con una canción como Losing My Edge, entonces estamos hablando de algo más que de otro prometedor debut. Los grandes artistas de la Gran Manzana escribieron así la historia, dejando boquiabierto al personal desde el primer el golpe.

LCD Soundsystem se dieron a conocer en 2001, cuando The Strokes pusieron la ciudad de Nueva York de nuevo en el mapa musical. Ningún grupo de la ciudad ha conseguido desde entonces sobrepasarles en lo referente a prestigio –los Strokes tampoco-, y ya va para 20 años. ¿Cómo se logra algo así? Cogiendo los elementos adecuados y usándolos como nadie más lo ha hecho.

Música de baile y música minimalista, las exploraciones sonoras de Arthur Russell, el eclecticismo propio de sellos independientes como ZE Records. Un combinado que solamente sería música para connoisseurs si no sirviera para armar canciones que la gente disfrute y recuerde. Y si el segundo disco de LCD Soundsystem, Sound Of Silver, vendió más de 200.000 copias en 2007, fue por algo. Por los mismo motivos por los cuales su álbum de regreso, American Dream llegó al primer puesto de las listas de venta americanas. A veces la calidad triunfa sin necesidad de concesiones.

 

Un dandy posmoderno

La imagen también es un elemento importante cuando hablamos de Murphy. Su estilo consiste en hacer ver que el estilo le importa un bledo. Pero su indumentaria más reconocible es un guiño clarísimo a los artistas británicos del periodo pospunk, aquellos que, encabezados por Joy Division, llevaban americana y corbata fina, optaban por el atuendo monocromático y señalaban en dirección a la Europa de Kraftwerk.

Con su pelo de punta y su barba de tres días, ese aspecto de hirsuto jugador de baloncesto y unas cuantas chapitas de grupos arty en la solapa para sacar pecho, Murphy lo clava como personaje de artista neoyorquino perfecto. El dj que llena de música extraña sus sesiones para clubes. El creador al que Nike recurre para que componga un tema que acompañe a los runners y participa en un proyecto cinematográfico para Canon, diseña altavoces, escribe música específica para las estaciones de metro de su ciudad y lanzó su propia marca de café.

Y por supuesto, está el factor Bowie. Cuando la leyenda reapareció por sorpresa en 2013, percibió de inmediato quiénes podían ser sus nuevos aliados, en caso de que se hiciera necesario alguno. Mantuvo su relación con Arcade Fire, que venía de años atrás, y cantó una canción en su álbum Reflektor, producido por Murphy. La relación entre ambos nació así. Murphy remezcló uno de los temas de The Next Day e incluso fue invitado a producir la  que sería la obra final del astro, Blackstar. Cuando alguien como Bowie cuenta contigo, tu aura sagrada se fortalece. Murphy, que contó con esa rara bendición, escribió “Black Screen” en memoria del icono que acabó siendo su amigo. Porque este tipo es un poco David Byrne, un poco Philip Glass, pero también tiene bastante del Bowie que en 1977 se marchó a Berlin para definir el camino del rock y conducirlo intuitivamente hacia la electrónica.

El modelo de estrella pop para este primer cuarto de siglo ha de ser, sin duda, progresista o de izquierdas. Es decir, ha de combatir abiertamente al fascismo. En Estados Unidos lo tienen fácil con Trump, que da mucho juego. Canciones como North American Scum ya hablaban de ello antes incluso cuando Obama gobernaba y el álbum American Dream estaba plagado de reflexiones sobre esa nación que había que hacer grande de nuevo por las bravas.

En su nuevo disco, el directo grabado en estudio Electric Lady Sessions, LCD Soundsystem despachan una versión que Heaven 17 le dedicó a la Thatcher y que está más en boga que nunca: We Don’T Need This Fascist Groove Thing. No necesitamos este rollo fascista, pero como lo tenemos sobrevolando nuestras cabezas, se agradece que alguien como James Murphy venga a gritarlo también.