Tenía 17 años y huí a París. Me había criado en Dinamarca, pero siempre me había fascinado Francia desde que la visité a los 14 años. Me encantaron sus cafés, su gente, la música. Supe que, si volvía, me quedaría allí para siempre.

Llegué sin conocer a nadie y, como por casualidad, empecé en el mundo del modelaje. Estaba en el café Les Deux Magots del barrio de Saint-Germain-des-Prés y se me acercó una mujer que me preguntó, en inglés —porque yo no me defendía mucho en francés—, si quería que me hicieran algunas fotos. No sabía a ciencia cierta qué tendría que hacer, pero al final fui a la sesión. Las fotografías aparecieron en la revista Jour de France ¡y lo primero que hice con el dinero fue visitar la Torre Eiffel!

Más tarde conocí a Hélène Gordon-Lazareff, fundadora de la revista Elle, e hice una sesión de fotos para la publicación. Ese día había una mujer extraña que llevaba un abrigo enorme. Me miró y me dijo, en inglés: “Me han dicho que quieres ser actriz. Para eso, tienes que aprender francés. ¿Cómo te llamas, chiquilla?". Y yo le dije: "Me llamo Hanne Karin Bayer". "No, hazte llamar Anna Karina", dijo ella. Era Coco Chanel. Y yo seguí su consejo.

Aparecí en la portada de Elle y, a partir de ahí, me salieron muchos más trabajos —me llegué a convertir en la imagen de Coca-Cola en Inglaterra durante un tiempo. Durante este tiempo iba al cine a aprender francés. Me podía tirar todo el día dentro del cine con una sola entrada desde las 10 de la mañana hasta medianoche. Había días que veía seis veces la misma película.

Cuando conocí a Jean-Luc Godard, él ya me había visto en un anuncio de sopas. Me ofreció un papel pequeño en A bout de souffle, la película que catapultó su carrera como director, pero el papel requería que posara desnuda. A mí me dio la sensación de que era un tipo bastante raro con esas gafas oscuras y me dio un poco de miedo, de modo que me fui.  

Tres o cuatro meses después, recibí otra llamada para que volviera a reunirme con él. La verdad es que yo ya no recordaba quién era, pero mis amigos —que sabían más de cine— me convencieron para que fuera. Nada más llegar, me miró y me dijo: "Vale, sí, el papel es tuyo". Le pregunté si tenía que desnudarme. "No, no, es una película con contenido político. Vuelve mañana para firmar el contrato". Yo todavía no tenía los 18 años y tuve que pedirle a mi madre permiso. Y así fue, mi madre vino a París y firmó por mí.

En solo tres meses Jean-Luc y yo ya nos habíamos enamorado el uno del otro. Le Petit Soldat fue la producción más larga que hice con él. Yo estaba fascinada y no podía dejar de mirarle. Una noche, mientras estábamos rodando en Lausana, cerca de Ginebra, los del equipo fuimos a cenar y él me pasó bajo la mesa un papelito que decía: "Te quiero. Te espero en el Café de la Paix de Ginebra a medianoche". Cuando llegué le descubrí leyendo un periódico y me quedé delante de él durante lo que me parecieron horas y tan solo fueron segundos, hasta que bajó el periódico y dijo: "Ah, has llegado, vámonos". Cuando me desperté a la mañana siguiente, ya se había ido, pero volvió más tarde con un vestido maravilloso. Es el que llevo en la película. 

Le Petit Soldat fue censurada por el ministro de Cultura, André Malraux, porque hablaba de la guerra de Argelia. El caso es que otro director vio la película en un pase privado y me llamaron para hacer un cásting para una comedia. Jean-Luc me dijo que no debía aceptar el papel, pero yo sí quería, y cuando me vio en la película me pidió que actuara en Une femme est une femme, con Jean-Paul Belmondo y Jean-Claude Brialy. Ambos eran verdaderos actores, pero me lo pusieron fácil y así es como obtuve el Oso de Plata y el premio del jurado en Cannes por mi interpretación.

Jean-Luc me enseñó muchas cosas. Yo era una niña cuando nos conocimos y le escuchaba atentamente hablar de cine. Iba siempre con él a la filmoteca. Nos lo pasamos genial. El problema era que él nunca estaba allí, siempre tenía que esperarle. Me decía que iba a por tabaco, que volvía en dos minutos, y luego no volvía a aparecer hasta las tres semanas. Más tarde me enteraba de que había ido a ver a Bergman a Suecia, o a Rossellini a Italia. Después de un tiempo, te cansas de esperar. Nos divorciamos en 1965, después de cuatro años de casados y siete películas. 

La gente dice que mi mejor actuación fue, de hecho, en una película que no había firmado Jean-Luc, La religieuse, de Jacques Rivette. Fue un escándalo y, por supuesto, también la censuró Malraux. Trabajé con Fassbinder y Delvaux, escribí novelas, dirigí mis propias películas y colaboré con Serge Gainsbourg. Estoy muy agradecida de haber tenido la oportunidad de haber hecho tantas cosas distintas. Nunca pedí nada de esto, así que ha sido un regalo increíble. Por supuesto, tuve que trabajar muy duro (especialmente en mi francés para perder mi acento) pero fue un placer. He tenido una vida maravillosa.