EL FUTURO DEL CATALANISMO

Catalanismo
y educación

1. La herencia de las políticas educativas en Catalunya

Por Eduard Vallory y Coral Regí

EL FUTURO DEL CATALANISMO

Catalanismo
y educación

1. La herencia de las políticas educativas en Catalunya

Por Eduard Vallory y Coral Regí

EL PERIÓDICO, de la mano de diversos expertos, hace balance de los principales ejes sobre los que se ha construido el catalanismo y plantea propuestas para rehacer los consensos cara al nuevo ciclo político. Tras analizar los retos en movilidad, energía y agua, el análisis se centra ahora en la educación, con una serie de tres artículos a cargo de Eduard Vallory y Coral Regí. El primero de ellos aborda la herencia de las políticas educativas.

El cambio de modelo productivo que hace dos siglos supuso la revolución industrial también generó muchas externalidades negativas, como el gran desempleo. La estrategia de universalizar la educación en el siglo XIX fue clave para amortiguarlas. Aquel modelo de escuela pública permitió cubrir el salto tecnológico que se había producido, posibilitando décadas de prosperidad económica. Hoy, en medio de un nuevo gran cambio de modelo productivo y con retos globales sin precedentes, es necesario también poner al día los sistemas educativos para responder al desarrollo económico, la inclusión social, la sostenibilidad medioambiental, y la convivencia en paz.

Para pensar cómo dar este salto, debemos ver de dónde viene nuestro sistema educativo, dónde estamos y qué decisiones hay que tomar. Y esto lo queremos hacer con tres artículos sobre las políticas educativas en Catalunya, empezando por analizar la herencia recibida.

Colegio solo para niños de la colonia de Viladomiu, a mediados del siglo XX.

Colegio solo para niños de la colonia de Viladomiu, a mediados del siglo XX.

Debatir sobre el modelo de escuela de un país comporta entrar en controversias mucho más profundas: la idea de cultura y de nación, la lengua, la religión y las ideologías que se visualizan al tratar sobre libertades o equidad. Estas controversias, que afectan al debate sobre qué aprender, explican que el diseño de la escuela del siglo XIX permitiera controlar y uniformizar qué se enseña en las aulas. La instrucción pública creada en la España del siglo xix, siguiendo los modelos burocráticos y centralizados prusiano y francés, fue concebida como una extensión del Estado donde se gestionaba la transmisión de conocimientos a través de la memorización y repetición mecánica, desde una lógica selectiva: se daba por supuesto que los alumnos consideraban que "no valen" para estudiar -mayoritariamente, los de entornos desfavorecidos- dejarán la escuela. Hay que tener presente que la escolarización obligatoria a finales del XIX se estableció por ley hasta los 9 años y en 1923 hasta los 14, pero que tardó décadas en cumplirse, con unos niveles de analfabetismo entre el 60% y el 70% a inicios del siglo XX, mucho peor en las zonas rurales. De hecho, el retraso del modelo productivo hizo que la inversión pública en educación fuera insuficiente tanto el xix como la mayoría del xx, y que esta infradotación fuese en parte cubierta por las muchas órdenes religiosas que se enfocaron en crear escuelas.

Alumnos de una escuela de Vic, a principios del siglo pasado.

Alumnos de una escuela de Vic, a principios del siglo pasado.

Niños y maestros cantan el 'cara al sol' en una escuela franquista.

Niños y maestros cantan el 'cara al sol' en una escuela franquista.

En el modelo uniformizado de la instrucción pública, las escuelas se diseñaron en base a un currículo estandarizado prescriptivo, concretado en el libro de texto controlado por el Estado y donde, por tanto, el docente desempeña el papel de transmisor, independientemente del contexto de los alumnos. Y todo el sistema era consistente con ese diseño: escuelas sin autonomía, que actúan como delegación burocrática; supervisores externos –inspectores del Estado–; docentes funcionarios, que acceden a través de un examen memorístico (oposición), y que se convierten en propietarios de su "plaza"; y pertenencia de los docentes al sistema, no a una escuela -por eso la escuela no tiene ninguna función en su selección-.

Colegio solo para chicas de las hermanas de Centelles, en 1949.

Colegio solo para chicas de las hermanas de Centelles, en 1949.

Este patrón de la instrucción nacional del XIX, hoy considerado obsoleto por los diversos informes del sistema de Naciones Unidas, ya fue puesto en duda en muchos países a inicios del siglo XX, en línea con los planteamientos que entendían que la escuela no debía ser un seleccionador social, sino un instrumento para desarrollar el máximo potencial de todos los ciudadanos, sin excepción, y también un creador de comunidad democrática, formando a personas autónomas capaces de pensar por sí mismas y participar críticamente en la sociedad.

Estos planteamientos impactaron en Catalunya y en España donde, aparte de muchas iniciativas privadas, como la Escola Moderna de Ferrer y Guàrdia, hubo políticas públicas para actualizar el modelo: las escuelas públicas con método Montessori creadas por la Mancomunitat en 1914; el Instituto-escuela que el Ministerio junto con la ILE creó en 1918 como centro experimental para adoptar metodologías avanzadas que pudieran generalizarse; y escuelas como la del mar o la del Bosque, referentes de aprendizaje activo creadas esos mismos años por el Ayuntamiento de Barcelona. En todos los casos, las escuelas tenían proyecto educativo propio y seleccionaban a los docentes. Después, con la República, estos modelos sirvieron de base para lo que debía ser el conjunto del sistema: una educación de calidad para todos –gratuita, laica, coeducativa. Pero el triunfo de los sublevados fascistas en 1939 volvió a instaurar el modelo de la instrucción nacional del XIX, que llegó bien arraigado al cambio de régimen en 1978.

Los planteamientos de la renovación pedagógica de los años 30 fueron recogidos en el primer Informe Mundial sobre Educación de la UNESCO, de 1972. Su coordinador, Edgar Faure, indicaba en el prólogo: "Ante tareas inéditas y de funciones nuevas, las fórmulas tradicionales, las reformas parciales, no son suficientes". Pero ni el Gobierno español democrático a partir de 1979, ni la Generalitat restaurada que recibió competencias de Educación en 1980, realizaron ningún cambio de profundidad con la estructura del sistema educativo del franquismo. Heredaban un sistema tensionado, infradotado, todavía imbuido de nacionalcatolicismo, que expulsaba la pobreza, con ratios altos, salarios bajos y malas condiciones laborales, que estaba presionado desde fuera por iniciativas sociales educativas avanzadas, inclusivas, en forma de cooperativas de maestros o de familias y de fundaciones que habían creado escuelas de educación activa y promovido movimientos de renovación pedagógica. De hecho, la concepción de la UNESCO de que la escuela debía ir más allá de la instrucción se ha recogido en todas las leyes democráticas desde 1980, estableciendo como finalidad de la escuela "el pleno desarrollo de la personalidad del alumno". Pero esta amplia finalidad nunca se ha garantizado debido al peso cultural de la instrucción y las "materias".

Horario de una jornada típica (aproximado, 1950-1970):

Antes, en 1970, se había establecido una Educación General Básica (EGB) gratuita y obligatoria de 6 a 14 años, con maestros funcionarios con formación no universitaria, que contrastaban –en formación y en condiciones– con el profesorado de bachillerato, que debían ser titulados universitarios. El modelo de la EGB mantenía la función selectiva de la escuela, escondida bajo un relato que proclamaba que los que sacaban las mejores notas y podían ir al bachillerato y en la universidad eran los más "listos" o los que más "se esforzaban", mientras que los que suspendían y repetían era normal que acabaran fuera del sistema a los 14 años, fuera al mercado laboral, fuera a una FP de poco valor. Sin embargo, el relato meritocrático no explica que en los últimos 40 años el nivel de estudios de los padres, en especial de la madre, ha sido el predictor más importante del éxito académico de un alumno, o que haber podido ir a educación infantil o al jardín de infancia marca una diferencia en la capacidad académica, o que a mismo nivel de competencias, los niños de entorno desfavorecido tienen hasta cinco veces mayor posibilidad de repetir curso. Es decir, que la escuela como institución, a pesar de sus profesionales, se ha mantenido estructuralmente selectiva y, por tanto, injusta.

Primer número de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, el 26 de octubre de 1978.

Primer número de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, el 26 de octubre de 1978.

De las dos grandes reformas a los 80, la sanitaria culminó en 1986 con éxito, mientras que el intento de reforma educativa llevó al cese del ministro Maravall en 1988, después de decenas de huelgas. En 1985 había podido aprobar la LODE –donde se establecía que, a diferencia de modelos como el finlandés, los municipios no tienen competencias educativas– y en 1990 se aprobó la LOGSE que él había promovido, ampliando la educación obligatoria de los 14 a los 16 años, poniendo énfasis en la en la atención a la diversidad y la inclusión, y avanzando hacia una concepción competencial del currículo que personalizara el aprendizaje, que requería concretarse en la realidad de cada escuela. Y en efecto, desde entonces la escolarización obligatoria ha logrado un mayor éxito educativo y la aproximación pedagógica no ha dejado de avanzar.

Aquellos cambios, sin embargo, se hicieron sin modificar la estructura del sistema ni hacer formación que capacitara a los docentes con el nuevo enfoque, especialmente grave en cuanto al profesorado de secundaria, que hasta entonces eran responsables de alumnos seleccionados para el bachillerato conducente a la universidad, y que ahora debía hacerse cargo de la nueva etapa obligatoria: la ESO.

Hoy encontramos una nueva fuerte desigualdad que tiene impacto en las aulas dentro de una secundaria que ya no puede desterrar a los 14 años a los chicos y chicas con dificultades, lo que alimenta el relato de la bajada de nivel. Treinta y cinco años después, pues, podemos decir que las políticas educativas desde la restauración de la democracia han logrado dar un enorme salto en el nivel educativo de la sociedad. Pero la mala transición entre primaria y secundaria, la desigualdad y la segregación escolar, la creencia extendida de que las PAU son el objetivo final de facto ya desde la ESO, la crisis de identidad del profesorado de secundaria y el desconcierto sobre qué enfoque pedagógico requieren los currículos vigentes, siguen estando a la orden del día.

Por lo que respecta a la Generalitat, la transferencia de competencias en educación en 1980 fue el equivalente a transferir los trenes sin transferir las vías: toda la estructura de la educación obligatoria se ha mantenido inamovible en manos del Estado –diferencia de formación y de titulación entre docentes de infantil, primaria y secundaria que comportan las oposiciones y funcionariado con oposiciones e institutos–. Y lo que es peor: en 1987 absorbió la gran mayoría de escuelas cooperativas con modelos activos que formaban el CEPEPC –todas con profesorado seleccionado– transformándolas en escuelas funcionariales, lo que con los años diluyó su modelo porque el nuevo profesorado se adscribía por concursos de traslado, sin que fuera necesario.

Ciertamente, la Generalitat tenía opciones para poner al día el sistema: podría haber creado un cuerpo de funcionarios propios, podría haber hecho una red ad-hoc con las escuelas del CEPEPC y las demás nacidas de la resistencia antifranquista –como en el País Vasco con las ikastolas– para que fueran referentes para el conjunto del sistema, o podría haber forzado cambios normativos como se hizo a nivel universitario en 2001, en el que se estableció que hasta la mitad de profesorado permanente puede ser laboral regulado por la Generalitat. Y todavía puede. Pero nada de esto se ha hecho.

Una clase de mediados los años 80.

Una clase de mediados los años 80.

José María Maraval, ministro de Educación en la década de los 80.

José María Maraval, ministro de Educación en la década de los 80.

La elaboración de la Ley de Educación de Catalunya (LEC) de 2009 intentó abordar varios de estos temas –profundizando en un currículo competencial, reforzando el liderazgo pedagógico interno y el proyecto educativo de los centros públicos que alimentara la autonomía para hacer frente a los cambios, incrementando su capacidad de seleccionar profesorado, incluso explorando que se pudieran crear escuelas públicas con cooperativas de maestros. Pero el Gobierno español, del mismo color político, no aceptó modificaciones en el modelo único de escuela/instituto público del Estado. Además, en los años siguientes no hubo ninguna apuesta formativa relevante para capacitar a docentes ni equipos directivos, mientras que los sindicatos corporativos han atacado todo intento de extender la capacidad de los centros de seleccionar a una pequeña parte del profesorado –el decreto de plantillas–, condición de posibilidad de proyectos educativos estables, que sí tienen los centros concertados.

Estos últimos provienen de la fuerza de las escuelas de iniciativa social, mayoritariamente cooperativas, fundaciones o de órdenes católicas, que llevó a que la LODE (1985) estableciera los conciertos educativos con la administración pública, posibilitando que estos centros prestaran el servicio público de educación, de manera similar a lo que ocurre en el sector sanitario, pero a un coste más bajo. El perfil ideológico de algunos de ellos –tanto el religioso como la separación por géneros– y el modelo de menor financiación, que llevó a establecer cuotas adicionales dejando fuera a perfiles desfavorecidos, han sido elementos de controversia.

Hora del recreo en un colegio religioso, en 1992.

Hora del recreo en un colegio religioso, en 1992.

Sin embargo, muchas familias buscan elementos que en los centros públicos cuestan más de encontrar: proyectos educativos de centro y claustro de docentes estables en el tiempo y continuidad del modelo desde infantil hasta la secundaria –aunque también los hay que buscan alumnado seleccionado, lo que el sistema no debería permitir. Si bien la LEC (2009) planteó un pacto de corresponsabilidad entre la escuela pública y la concertada a través del Servicio de Educación de Catalunya, el decreto de conciertos sigue pendiente, lo que dificulta la lucha contra la segregación escolar.

En resumen, si el franquismo volvió al modelo de escuela impersonal de la instrucción nacional, que justificaba la desdicha educativa de los niños de entornos desfavorecidos, las políticas educativas desde el restablecimiento de la democracia han tenido avances muy importantes, en la extensión de la educación obligatoria, en el esfuerzo por la equidad y el aprendizaje de todos, en la reducción del abandono y de la repetición, en una mirada más inclusiva de la educación, o en la formación del profesorado. Y todo ello, ha sido posible gracias a la implicación y el compromiso de miles de docentes. Pero aún queda mucho camino por recorrer.

Un reportaje de EL PERIÓDICO


Texto:
Eduard Vallory y Coral Regí
Diseño:
David Jiménez
Infografías:
Ricard Gràcia
Coordinación:
Rafa Julve y Jose Rico

Catalanismo y educación

Por Eduard Vallory y Coral Regí

El futuro del catalanismo

Presentación de la serie

Artículo de Astrid Barrio

Catalanismo e infraestructuras

Por Ricard Font y Xavier Flores

Catalanismo e industria

Por Carme Poveda y Vicenç Pedret

Catalanismo y autogobierno

Artículos de Jaume Claret, Enriqueta Expósito y César Colino