EL FUTURO DEL CATALANISMO
Catalanismo y
autogobierno
1. La idea de autogobierno
Por Jaume Claret
EL FUTURO DEL CATALANISMO
Catalanismo y
autogobierno
1. La idea de autogobierno
Por Jaume Claret
EL PERIÓDICO, de la mano de diversos expertos, hace balance de los principales ejes sobre los que se ha construido el catalanismo y plantea propuestas para rehacer los consensos cara al nuevo ciclo político. Tras hablar de industria, infraestructuras y educación, prosigue la reflexión con tres artículos dedicados al autogobierno, el primero de los cuales lo firma Jaume Claret.
De la mano del romanticismo, durante el siglo XIX se vivió en Europa un despertar de la cultura autóctona, a medio camino entre la recuperación y la reinvención. Este redescubrimiento toma el nombre de Renaixença en Catalunya y fue tiñéndose de reivindicación política hasta cuajar en el catalanismo histórico. A pesar de la diversidad de esta corriente, algunos objetivos eran compartidos y, entre ellos, la voluntad de autogobierno.
La aspiración tenía una legitimación histórica que apelaba a una anacrónica genealogía respecto a las instituciones medievales. No es casual que Enric Prat de la Riba hiciera referencia a la Nova Planta impuesta por los Borbones al asumir la presidencia de la Mancomunitat de Catalunya en 1914. No deja de ser curioso que, hace ahora 11 años, con motivo del Tricentenario de la Guerra de Sucesión, las autoridades catalanas lo apostaran todo al 1714 y prácticamente nada al centenario de una institución mucho más contemporánea y comparable.
Enric Prat de la Riba.
Enric Prat de la Riba.
El autogobierno se imaginaba como una palanca para asumir competencias concretas para mejorar la vida de su ciudadanía, para gestionarlas con unos parámetros de eficiencia superiores a los practicados desde Madrid y para construir una relación diferente con el poder central y con los demás pueblos españoles. Si lo miramos cronológicamente y hacemos un repaso rápido de los tres períodos con un mínimo autogobierno efectivo -no accidentalmente producidos tras sucesivas oleadas migratorias-, deberíamos empezar por la ya citada Mancomunitat (1914-1925).
Más elogiada que conocida, siempre se ha destacado su despliegue de infraestructuras básicas, su capacidad para atraer perfiles profesionales alejados de la Lliga -de Pompeu Fabra a Rafael Campalans- y por combinar su voluntad de construcción nacional hacia dentro de Catalunya con su voluntad de influencia 'imperial' en una España grande. Con todo, la hegemonía liguista nunca fue unánime (el obrerismo y el lerrouxismo eran fuertes), la influencia en la política española nunca alcanzó sus objetivos y su abanico competencial era reducido. Nicolau d’Olwer ponía el dedo en la llaga: "Era un gobierno y no lo era. Lo era, por así decirlo, para las cuestiones de gracia, no lo era para las de justicia, y siempre podía encarnar la protesta popular frente al otro gobierno, el que administraba las cosas odiosas".
El relevo lo tomaría la 'tuneada' Generalitat republicana (1931-1939) bajo dominio, nuevamente no hegemónico, de ERC. La complicidad con las izquierdas españolas facilitó una compartición de competencias más fluida (con tensiones en enseñanza, lengua y orden público) y el vínculo entre las reivindicaciones nacionales y las sociales. Ahora bien, al producirse la alternancia en Madrid, el entendimiento desapareció hasta el conflicto abierto de octubre de 1934, sin que la victoria del Frente Popular en febrero de 1936 pudiera recuperar la comprensión mutua, ya completamente rota por las urgencias de la guerra civil.
Josep Tarradellas y Jordi Pujol, tras la investidura del primero, el 8 de mayo de 1980.
Josep Tarradellas y Jordi Pujol, tras la investidura del primero, el 8 de mayo de 1980.
Reivindicación unitaria del antifranquismo y prueba del algodón de la calidad democrática de la Transición, la recuperación del autogobierno -gracias al eslabón Tarradellas- se integró en el mosaico autonómico con una excesiva identificación entre Generalitat y Jordi Pujol. Así, se dejó de lado el proyecto de una administración reducida y altamente profesionalizada, en favor de un músculo burocrático masivo. Y, esto explica en parte la hipertrofia, se priorizó la transferencia de competencias con una de cal -asumiendo las prisiones- y una de arena -sin prestar atención a la complejidad o a la infrafinanciación-.
Estos defectos estructurales quedaron camuflados por el chute energético de la incorporación de nuevos profesionales democráticos y por un umbral dictatorial de partida bastante deficiente. Durante estos primeros años, el catalanismo político -tanto el representado por CiU en la Generalitat como el PSC y el PSUC en los municipios- era percibido como un ejemplo de gestión eficiente dentro y fuera de Catalunya. También hubo una intervención activa en los asuntos generales españoles: desde la redacción de la Carta Magna hasta la participación del socialismo catalán en los gobiernos de Felipe González y el apoyo externo a Ejecutivos de todos los colores por parte de los hombres de Pujol.
El segundo Gobierno de Felipe González, con Narcís Serra (segundo por la izquierda en la fila inferior) y Ernest Lluch (cuarto por la izquierda en la fila superior), el 5 de julio de 1985.
El segundo Gobierno de Felipe González, con Narcís Serra (segundo por la izquierda en la fila inferior) y Ernest Lluch (cuarto por la izquierda en la fila superior), el 5 de julio de 1985.
Jordi Pujol, José María Aznar y Josep Antoni Duran Lleida, tras la firma del pacto del Majestic, el 28 de abril de 1996. Foto: Julio Carbó
Jordi Pujol, José María Aznar y Josep Antoni Duran Lleida, tras la firma del pacto del Majestic, el 28 de abril de 1996. Foto: Julio Carbó
En distintas etapas, el autogobierno defendido por el diverso abanico del catalanismo político había podido hacer bandera de la capacidad para asumir las competencias directamente vinculadas a su ciudadanía, para gestionarlas de forma eficaz e incluso ejemplar, y para establecer una fluidez institucional con el poder central, ya fuera en formato de participación directa, complicidad entre proyectos o influencia a partir de esferas segregadas. Cuando, a pesar del correcto diagnóstico de Pasqual Maragall, estos tres elementos colapsan (por falta de financiación, por ineficiencia burocrática, por choque institucional, por insuficiencia competencial y/o por el impacto de crisis superiores), no es solo el autogobierno lo que se pone en duda, sino la propia vigencia, para el futuro inmediato, del catalanismo político.
Un reportaje de EL PERIÓDICO
Texto:
Jaume Claret
Diseño:
David Jiménez
Coordinación:
Rafa Julve y Jose Rico
Catalanismo y autogobierno
Artículos de Jaume Claret, Enriqueta Expósito y César Colino

El futuro del catalanismo
Presentación de la serie
Artículo de Astrid Barrio

Catalanismo e infraestructuras
Por Ricard Font y Xavier Flores

Catalanismo y educación
Por Eduard Vallory y Coral Regí

Catalanismo e industria
Por Carme Poveda y Vicenç Pedret


