EL FUTURO DEL CATALANISMO

Catalanismo y
autogobierno

El nuevo equilibrio catalán: la apuesta federal tras el 'procés'

Por César Colino

EL FUTURO DEL CATALANISMO

Catalanismo y
autogobierno

El nuevo equilibrio catalán: la apuesta federal tras el 'procés'

Por César Colino

EL PERIÓDICO, de la mano de diversos expertos, hace balance de los principales ejes sobre los que se ha construido el catalanismo y plantea propuestas para rehacer los consensos cara al nuevo ciclo político. Tras hablar de industria, infraestructuras y educación, prosigue la reflexión con tres artículos dedicados al autogobierno: el primero lo firmó Jaume Claret; el segundo, Enriqueta Expósito, y este último es obra de César Colino.

Las entidades subestatales con poderes legislativos y ejecutivos amplios e identidades nacionales diversas se suelen enfrentar en sus sistemas federales a una alternativa estratégica constante: maximizar su autogobierno (profundizar competencias y recursos propios) o su influencia en las instituciones centrales (cogobierno). Aunque ambos fines no son incompatibles, los recursos políticos limitados obligan a priorizar en cada momento. Un desequilibrio excesivo a favor del autogobierno sin cogobierno puede llevar al aislamiento y a la tentación victimista y secesionista (Quebec en 1970-80), un exceso de cogobierno sin autogobierno suficiente puede generar frustración identitaria, políticas inadecuadas y vulnerabilidad ante cambios políticos en el gobierno central (Escocia antes de la Devolution).

Los casos más exitosos -Quebec en varios otros momentos, Baviera en Alemania, Escocia- demuestran que el punto óptimo se deriva de la combinación de una autonomía robusta con una influencia real en el centro, permitiendo tanto proteger la especificidad como codeterminar las políticas generales que les afectan, promoviendo la estabilidad política y la eficiencia y garantizando la legitimidad de los gobiernos frente a los ciudadanos.

Tras periodos de crisis políticas y cambios sociales, muchas entidades buscan reequilibrios en esos dos objetivos. René Lévesque en Quebec corrió el "beau risque" federal tras perder el primer referéndum de independencia. En Flandes, el soberanista flamenco Bart de Wever ha reformulado el independentismo como confederalismo pragmático y hoy es primer ministro federal y se dispone a nuevas reformas descentralizadoras. El SNP escocés perdió su referéndum y osciló del independentismo explícito al "devolution max" compatible con su influencia en Westminster y la independencia como programa de futuro.

El éxito de estas reorientaciones no está garantizado, aunque sabemos que, en la mayoría de los casos, reformular objetivos maximalistas en términos de equilibrio puede dar poder real, si bien los nuevos equilibrios no siempre son fáciles y son vulnerables a cambios externos, requiriendo a veces años de construcción paciente.

📷 En la primera foto, partidarios de la independencia de Quebec gritan a favor del 'sí', el 30 de noviembre de 1998. Foto: AP / Fred Chartrand. En la segunda imagen, una defensora del ‘sí’ a la independencia y otro a favor del ‘no’, el 18 de septiembre de 2014, día del referéndum sobre la secesión de Escocia del Reino Unido. Foto: EFE / Robert Perry

En Catalunya, el catalanismo tradicional, de Cambó a Pujol, había mantenido ese equilibrio entre autogobierno y cogobierno haciendo política simultáneamente en Barcelona y Madrid. El procesismo rompió drásticamente este equilibrio por unos años, renunciando a toda influencia estatal con resultados devastadores: el abandono del cogobierno y de la gestión ordinaria de políticas públicas no fortaleció el autogobierno, lo debilitó.

Tras el empacho de épica independentista, gobiernos y ciudadanos en Catalunya parecen dispuestos a recuperar el equilibrio y han vuelo a la idea de que el autogobierno efectivo requiere también capacidad de influencia en las decisiones estatales. Tras años de conflicto y luego de normalización, Catalunya está intentado ese reequilibrio desde lo que parece un nuevo modelo de federalismo cooperativo con cierta asimetría con apoyo del soberanismo pragmático.

Manifestación a favor de la independencia de Catalunya, el 11 de septiembre de 2018. Foto: EFE / Alejandro García

Manifestación a favor de la independencia de Catalunya, el 11 de septiembre de 2018. Foto: EFE / Alejandro García

La inédita situación actual hace que, por primera vez, un partido no nacionalista (PSC) lidere el intento de restaurar el equilibrio entre autogobierno y cogobierno con apoyo, entre otros, de independentistas pragmáticos de ERC y compañeros de partido en el gobierno central, invirtiendo la dinámica tradicional de procesos previos en otros países. Esta situación ofrece ventajas evidentes, pero también algunos riesgos. Salvador Illa no afronta el dilema de René Lévesque u otros líderes nacionalistas (acusados de "traición" por su pragmatismo) y tiene suficiente credibilidad para maximizar la participación de Catalunya en España sin ser acusado de renunciar al autogobierno.

Su experiencia ministerial en Madrid, que le da una perspectiva única y una cierta visión de Estado, su lealtad al proyecto constitucional español y sus credenciales autonomistas y federalistas también le permiten negociar más autogobierno sin sospechas, mientras ERC absorbe parte el coste político, lo que explicaría el empeño de Illa en cumplir los pactos de investidura con ERC. Aunque en una negociación Illa no podría amenazar con una ruptura o una vuelta al unilateralismo, la dependencia de Sánchez de ERC/Junts en Madrid crea una capacidad de presión indirecta. Esta compleja geometría -donde los socios de Illa en Barcelona sostienen a Sánchez en Madrid- es una situación temporal y extremadamente quebradiza.

Pedro Sánchez recibe a Gabriel Rufián, el 13 de marzo, en la Moncloa. Foto: José Luis Roca

Pedro Sánchez recibe a Gabriel Rufián, el 13 de marzo, en la Moncloa. Foto: José Luis Roca

El Gobierno de Illa, en su primer año, parece estar tratando de reconstruir un equilibrio pragmático en sus políticas institucionales, que aspiran al máximo autogobierno compatible con la participación constructiva en la gobernanza compartida de España. Aunque los principios de su nuevo modelo institucional para Catalunya en España no están explícitamente contenidos aún en el plan de gobierno, los documentos administrativos, o los programas electorales, pueden observarse claramente en los comportamientos cotidianos de su gobierno y sus declaraciones esporádicas y dispersas, que revelan claras pautas: se han reactivado las comisiones bilaterales, se participa intensamente en conferencias sectoriales y órganos multilaterales en España y Bruselas, Illa viaja constantemente a otras CCAA. Sus programas económicos de prosperidad compartida y las campañas que los anuncian proclaman la idea de que "Catalunya lidera" -y no que "resiste" o es una víctima-. La presencia de la bandera española junto a la catalana simboliza también esta nueva orientación. La fórmula implícita -"lo que es bueno para Catalunya debe serlo para España"-revela el nuevo equilibrio buscado.

Es verdad que, para muchos, haría falta articular estos elementos como proyecto y dotarlos de un relato coherente. Como advertía un editorial reciente de EL PERIÓDICO: "Gobernar es más que pacificar y gestionar... hace falta un relato para el siglo XXI". Aunque probablemente haya otras prioridades políticas más acuciantes que la sistematización y teorización del modelo, y sin duda debe de haber documentos en el partido de Illa y la Administración catalana sobre el modelo institucional que se busca, es cierto que existe un riesgo de que sin una clara visión de futuro, si no se explica cómo se quiere combinar y maximizar autogobierno y cogobierno y centrarse en las políticas públicas más que en la política identitaria, hay un riesgo de que el cambio del modelo institucional se perciba como mera gestión y no acabe de conseguir el apoyo ciudadano necesario.

Por lo que respecta a las condiciones de viabilidad y consolidación del nuevo modelo de equilibrio, dentro de Catalunya, la prueba de fuego será su capacidad de mejorar los servicios públicos (sanidad, educación, transportes) para relegitimar el autogobierno, y demostrar influencia real en políticas estatales para legitimar el cogobierno. La gestión compartida AENA-Generalitat del aeropuerto, el traspaso de Rodalies en coordinación con Renfe, la construcción de 50.000 viviendas -competencia propia con financiación compartida- serán, junto a los traspasos pendientes y la reforma de la administración prometida una prueba de su credibilidad. La mejora de los recursos, mediante la llamada "financiación singular" puede ser también un catalizador o un riesgo mortal del modelo: debe lograr mayor autonomía de ingresos garantizando la solidaridad, y convenciendo a las demás CCAA de su viabilidad como "federalismo fiscal responsable" disponible para todas ellas. El realismo del Govern al aplazar hasta 2028 la recaudación del IRPF ("no vendemos humo") muestra claramente el pragmatismo típico del nuevo modelo, cuya concreción está aún por verse.

Políticamente, la consolidación del nuevo equilibrio depende también de un complicado triángulo: el PSC gobernando con convicción de autogobierno y vocación de cogobierno, ERC manteniendo su pragmatismo como garante del autogobierno y Junts ejerciendo presión maximalista sin romper la estabilidad. Si ERC se radicaliza por presión de sus bases o la competencia con Junts, el equilibrio colapsaría. Por su parte, el riesgo de éxito de Aliança Catalana como "partido del voto protesta" en el espacio abandonado por el independentismo pragmático podría romper el equilibrio por la derecha identitaria.

Pero el nuevo modelo también está sujeto, casi en mayor medida, a condicionantes externos a Catalunya. En Madrid, Sánchez tiene incentivos fuertes para el éxito de Illa: si fracasa Illa, se radicalizan ERC/Junts y cae su Gobierno. Tampoco en el Gobierno central parece haber una hoja de ruta clara sobre el modelo autonómico deseado y dónde encaja la nueva Catalunya y su nuevo estilo institucional. El equilibrio político actual favorable puede caducar en 2027, o antes si hay elecciones anticipadas. Un gobierno PP-Vox tendría pocos incentivos colaborativos y probablemente revertiría los avances. Sin embargo, incluso el PP podría tener incentivos para sostener el nuevo modelo de Catalunya. Una Catalunya radicalizada sería un problema de gobernabilidad; además, varias CCAA gobernadas por el PP comparten intereses con Catalunya y podrían incluso usar el precedente de cierta asimetría catalana para sus demandas (Andalucía ya lo hace); ciertos barones pragmáticos como Moreno Bonilla se reúnen con Illa evitando maximalismos y el empresariado presiona por la estabilidad. No podemos, sin embargo, desconocer los fuertes incentivos de base electoral que juegan en contra de ello: la competencia con Vox, la narrativa de "privilegios" y la propia ideología de los líderes.

📷 En la primera foto, un tren de Rodalies a su paso por la línea R1 del Maresme. Foto: Sandra Roman. En la segunda imagen, el president Salvador Illa y el presidente andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla, se saludan en la misa rociera en la Sagrada Família, el 18 de marzo de 2023. Foto: Kike Rincón.

En suma, tras el fracaso del maximalismo unilateral y el agotamiento independentista, Catalunya puede restaurar el equilibrio perdido. Un partido federalista liderando con apoyo independentista pragmático, con la simpatía ideológica del Gobierno central y la alineación de intereses existenciales entre Gobierno central y catalán, acompañados por la presión efectiva a través de la aritmética parlamentaria en Madrid, deberían permitir las necesarias mejoras del autogobierno y el aumento del cogobierno consustanciales al modelo autonómico sin confrontación ni chantajes. Pero aprovechar la ventana de oportunidad y consolidar el nuevo modelo de Catalunya en España requiere una visión de largo plazo de los dos grandes partidos estatales y la complicidad del resto de España, que reconozca esta apuesta del nuevo gobierno de Catalunya y los independentistas pragmáticos -su "beau risque" federal-. A la vez, el Govern necesita con cierta urgencia mostrar resultados visibles del autogobierno en acción, en servicios públicos, traspasos y financiación y articular un relato federal convincente más allá de la "prosperidad compartida" -que incluya la dimensión de cogobierno- y evite a la vez las tentaciones del victimismo y el conformismo. Y todo ello antes de que la ventana de oportunidad política se cierre.

Estamos probablemente ante la mejor oportunidad en años para generar un equilibrio constructivo de integración de Catalunya, pero también la más frágil, por depender de geometrías políticas transitorias y de factores externos a la propia Catalunya. Si fracasa el nuevo modelo, el péndulo oscilará hacia los extremos -nuevo procesismo o recentralización radical y nacionalismo español herido- poniendo en riesgo no solo el nuevo modelo catalán, sino la propia viabilidad de un Estado autonómico robusto como único sistema capaz de gestionar la diversidad territorial y mantener el proyecto constitucional español.

Catalanismo y autogobierno

Artículos de Jaume Claret, Enriqueta Expósito y César Colino

El futuro del catalanismo

Presentación de la serie

Artículo de Astrid Barrio

Catalanismo e infraestructuras

Por Ricard Font y Xavier Flores

Catalanismo y educación

Por Eduard Vallory y Coral Regí

Catalanismo e industria

Por Carme Poveda y Vicenç Pedret