De la política, ¿se sale? (XXVIV)
Josep Bou: "Pablo Casado me hizo promesas si me afiliaba al PP y le dije que conmigo se equivocaba"
EL PERIÓDICO entrevista a políticos que han dejado la primera línea para descubrir a qué se dedican y cómo se han reinventado
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Exlíder del PPC en el Ayuntamiento de Barcelona, Josep Bou. / Zowy Voeten / EPC

El adiós de Alberto Fernández Díaz del Ayuntamiento de Barcelona en 2019 dejó al PP al borde del abismo municipal. Las encuestas auguraban su desaparición del consistorio y no había candidato. Con Catalunya aún inmersa en el clima del 'procés', Pablo Casado, entonces líder del PP nacional, se sacó un as de la manga y apostó por Josep Bou, presidente de Empresaris de Catalunya, fabricante de pan y rostro habitual del constitucionalismo frente al independentismo.
"Entré en el Ayuntamiento porque Casado me lo pidió. Al principio no me convenció; me convencí solo. Me preocupaba lo que pudiera pasar en Catalunya. Si el PP desaparecía de Barcelona, lo siguiente era [desaparecer] del Parlament", recuerda Josep Bou (Vic, 1955) en conversación con EL PERIÓDICO desde el despacho de su empresa de bollería, Pansbou, en Montcada i Reixac. Bou habla de política como alguien que aún se siente más empresario que expolítico: un hombre de negocios más acostumbrado a la fábrica que al argumentario del partido. Quizá por eso encajó tan poco -y tan bien a la vez- en el PP.

Josep Bou en su fábrica. / Zowy Voeten / EPC
Justo debajo de la oficina, las máquinas escupen barras de pan a velocidad industrial. Se producen 94 por minuto; unas 39.000 cada siete horas. Una cifra muy parecida al número de votos que obtuvo en sus primeras -y únicas- elecciones municipales a las que concurrió. Rozó el abismo: obtuvo 37.000 papeletas, un 5,01%, cuando el mínimo para entrar en el consistorio es el 5%. "La política municipal es muy fatigante, no te la terminas, pero, probablemente, es la más bonita de todas porque hablas con la gente directamente y ves sus problemas", comenta, convencido de que tomó la decisión correcta. También considera que acertó cuando, cuatro años después, rechazó volver a presentarse.
La primera decisión, explica, no la tomó solo. La segunda, sí. Antes de aceptar la propuesta de Casado fue a "pedir permiso" a sus trabajadores y después a su mujer. "Si me dais autorización, lo haré. Si no, me quedo con vosotros", le dijo Bou a sus empleados. El empresario abandonó el despacho unos minutos y, al volver, se encontró con una bandera de España izada. "Aquello era un sí", puntualiza. Su mujer también se sumó a la causa. En casa y en la fábrica, Bou tenía mayoría absoluta.
La política municipal es muy fatigante, no te la acabas, pero probablemente es la más bonita de todas porque hablas con la gente directamente y ves sus problemas
Recuerda su paso por la política como una de las experiencias más intensas de su vida. "Fueron cuatro años, pero es como si hubiera vivido veinte. El trabajo era muy intenso y aquellos años también", cuenta. Entre 2019 y 2023, Ada Colau completó su último mandato, Jaume Collboni le arrebató la vara de mando en 2023, estalló una pandemia y todavía colearon los últimos flecos del 'procés', con las manifestaciones en respuesta a la sentencia del 1-O en otoño de 2019.
Bou defiende que hizo una oposición "constructiva", pese a contar solo con dos concejales y a tener enfrente un gobierno de un color "radicalmente opuesto" al suyo. "Colau me trataba como si fuera una especie de animal fascista", comenta el exedil, que reivindica haber mantenido una buena relación con representantes de todos los colores políticos porque, asegura, siempre puso por delante el trato humano a las siglas. En ese mapa de afectos inesperados sitúa al socialista Albert Batlle, de quien habla maravillas: "El concejal más profesional de todos; mucha gestión y poca política".

Josep Bou en su despacho. / Zowy Voeten / EPC
Un independiente en el consistorio
En aquellas elecciones de 2019, Bou funcionó mejor de lo que esperaba él mismo, el partido al que representaba y sus adversarios. No se afilió al PP entonces, ni después. Se presentó como un independiente que luchaba contra los "separatistas" -no le gusta llamarlos "independentistas", dice que es una palabra demasiado "bonita"-. Al grito de "¡Viva España y viva el Rey!", reivindicó sus "22 apellidos catalanes", defendió una alternativa de derechas no soberanista y sonrojó a más de uno en primera fila en su presentación de la candidatura. Incluido Casado. Pero funcionó: logró salvar al PP de la desaparición con dos concejales. Óscar Ramírez y él formaron una dupla que nunca se caracterizó, precisamente, por su unidad. En varias ocasiones, explica Bou, votaban distinto y nunca llegaron a tener algo parecido a una amistad.
Ser un independiente que no se casó con las siglas no fue fácil. "Desde el día siguiente de las elecciones sabía que no me querían ahí", dice, en referencia al PP catalán, al que no tuvo reparos en criticar abiertamente durante su etapa en el Ayuntamiento. Siempre contó, sin embargo, con el respaldo de Génova, lo que le permitió completar el mandato pese a las dificultades. "En Madrid siempre me apoyaron. Casado se portó muy bien conmigo. En cambio, en Catalunya había gente que se pensaba que les quería quitar el sitio", asegura sin reparos.

Josep Bou. / Zowy Voeten / EPC
Quizá por esa incomodidad interna recibió varios consejos para entrar formalmente en el partido. "Me aconsejaron que me afiliara y [Casado] me prometió muchas cosas que no diré, pero le dije que conmigo se equivocaba", relata. No quería entrar en la dinámica orgánica de los partidos, porque entendía que solo podía imponer su criterio si se mantenía al margen. "A mí no me podían decir nada porque no te pueden echar de un sitio en el que no estás; tenía debilidad en mi partido, pero fuerza para hacer lo que mi criterio me decía", presume.
¿Por qué siguió pese a las presiones? Por la gente. "Después de las elecciones me paró un hombre por la calle, me cogió la mano, me dio un beso y me dijo: ‘No nos deje, confiamos en usted, le hemos votado’", relata Bou, emocionado, con los ojos llorosos. El episodio le conmovió y le dio fuerzas para mantener su escaño. "Tuve 37.000 votos. Había más gente que me había votado que gente que no me quería dentro del partido", dice a modo de reflexión.
Le costó irse porque la política municipal lo "enamoró", pero lo hizo, cuando Casado ya había saltado del partido tras una crisis interna. También tomó la decisión, dice, como mecanismo de regeneración democrática. Varias fotos adornan su despacho, la mayoría de su paso por la política. Una de ellas muestra la toma de posesión de Colau junto a los líderes de los partidos. "La mayoría ya no están, y eso es bueno, es sano. Agarrarse a una silla es malo", señala. En la fotografía aparecen la exalcaldesa (Barcelona en Comú), Collboni (PSC), Ernest Maragall (ERC), Quim Forn (Junts), Manuel Valls y el propio Bou, entre otros. Guarda buen recuerdo de todos ellos. Paradójicamente, acabó forjando más amistades fuera de la formación que representaba que dentro de ella.
Doble paracaidista
"Ser paracaidista es muy complicado", comenta. Lo dice con doble sentido. En política lo fue: aterrizó en el consistorio barcelonés sin militar en el PP, sin experiencia institucional y con buena parte del partido mirándole de reojo. Pero también lo fue en sentido literal. Bou formó parte de la Brigada Paracaidista, aunque nunca llegó a ir a la misión del Sáhara, para la que se preparó. Fue una etapa que, asegura, le endureció y le dio una disciplina que después le sirvió en la vida empresarial y municipal, pese a que siempre había querido ser cura o bombero. Su vídeo subido a un andamio para apagar un fuego cerca de la sede del PPC, pocos días antes de las elecciones, confirma que tenía madera para ello.

Josep Bou en su fábrica. / Zowy Voeten / EPC
Acabó siendo empresario y político. Ahora mira la política desde fuera. No se ve regresando al ayuntamiento porque no se imagina dejando su empresa, a la que dedica los siete días de la semana y, según dice, toda su vida. Explica que no se ha ido de vacaciones desde que salió del consistorio, que ha acometido varias ampliaciones en la fábrica y que es feliz con su trabajo. La política le dio cuatro años que valieron por veinte; la bollería, en cambio, le sigue dando madrugones, despacho y una rutina que no está dispuesto a abandonar.
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