Desmadre militar
Historia de las Cortes (III): El golpe de Estado del 23-F o cómo correrse una juerga de 200.000 pesetas
Cada sábado de agosto rebuscamos en los archivos de las Cortes Generales para recuperar curiosidades y detalles
Historias de las Cortes (I): El plan del Congreso para "volar" un territorio español antes de que Marruecos pusiera su bandera
Historias de las Cortes (II): Calaveras, túneles secretos y una cámara acorazada, los subsuelos del Congreso

Los militares juzgados por el intento de golpe del 23 F, en una foto de familia. Falta el general Armada, que había concitado el rechazo de todos ellos. / El Periódico

Las botellas grandes de cerveza Águila empezaron a servirse en el Congreso hace más de un siglo, a 0,70 pesetas. Los primeros en abrirlas para los diputados fueron unos camareros "correctamente vestidos de frac y calzón", en un bar improvisado que, por falta de espacio, se instaló en 1911 en el vestíbulo del palacio, justo tras el gran portón que da a la plaza de las Cortes. Para la cocina, se reformó el sótano y se instaló una escalera de caracol que daba a una de las salas más nobles de la Cámara Baja. El bar seguía allí, con su barra, sus mesas redondas y sus sofás tapizados en cuero marrón, cuando, el 23 de febrero de 1981 irrumpieron en el Congreso 288 guardias civiles y 113 militares.
Pasadas las seis de la tarde, en plena investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, el teniente coronel Antonio Tejero entró en el hemiciclo, pronunció su consabida frase, y disparó varias veces al aire.Lo que sucedió después es bien conocido y, coincidiendo este año con el 45.º aniversario, se ha contado por activa y por pasiva: cómo vivieron los diputados el golpe de Estado, el mensaje televisado del rey Juan Carlos I o las conversaciones de la esposa de Tejero —"Qué desgraciado", decía de su marid—.
Pero, ¿qué hicieron los más de 400 uniformados durante las cerca de 18 horas que duró el encierro? Algunos, quizá muchos, se dieron una juerga de 200.000 pesetas. Otros, probablemente bastantes menos, cobraron aquel dinero y se lo llevaron sin hacer ruido. ¿Dónde? En aquel bar situado en el vestíbulo del Congreso, dominado por el cuadro 'Los comuneros de Castilla', cuyas decapitaciones habían provocado más de una indigestión entre los parlamentarios.

Fondín del Congreso de los Diputados instalado en el vestíbulo del Palacio, en 1911. / Congreso
La cuenta
Miguel Ángel Aguilar, periodista que estuvo encerrado en el Congreso durante aquella noche de 1981, cuenta que, al abandonar la Cámara Baja, vio cómo guardias civiles, militares y parte de la fauna parlamentaria hacían cola frente al bar para hacerse con algo de bebida y comida. Todo se pagaba religiosamente. El roto para el Congreso fue de más de 200.000 pesetas: 106.000 en bebidas y otras 93.000 en comida. El equivalente a cerca de 16.000 euros actuales.
Así consta en un informe elaborado por el Servicio de Intendencia de la Cámara Baja que está en los archivos del Congreso, tomando como referencia los precios de La Boucade, la contrata que gestionaba el bar, inventarió todo lo que había desaparecido aquella noche: cuatro botellas de Moët Chandon, seis botellas de Codorniu, 19 botellas de whisky, 24 botellas de vino tinto, 16 cajas de cerveza y otras tantas cosas más. Para comer, se sacaron de la despensa, situada en esos sótanos, botes, latas, tres centros de jamón ibérico… En total, desaparecieron 97 kilos de alimentos en total.
Poco o nada de esto fue a parar al estómago de los diputados, que no probaron bocado en las casi 18 horas que permanecieron retenidos. Solo cuando el final ya estaba cerca y se empezó a anunciar la inminente liberación, los guardias civiles ofrecieron una bolsa con algo de desayuno a los parlamentarios. Solo Blas Piñar, líder de Fuerza Nueva, lo aceptó.

Una imagen de la bancada de los diputados durante el golpe de Estado. / Archivo
Un 'crowdfunding'
El Congreso no vio ni una sola peseta de todo aquello. Sin embargo, el informe, elaborado a los pocos días del 23-F, iba acompañado de otro, en este caso del conservador de la Cámara Baja, en el que se detallaban los desperfectos que había sufrido la cúpula del hemiciclo tras los disparos de Tejero y las ráfagas de metralletas de algunos de los guardias civiles que le acompañaban. En aquel momento se identificaron 35 impactos de bala en el techo, la tribuna de invitados y la cristalera que cubría la cúpula central.
El valor de los daños ascendía a 1.057.280 pesetas y aquello era harina de otro costal. El informe del conservador del Congreso se presentó durante el juicio a los golpistas y, finalmente, entre las penas que se les impusieron, figuró la obligación de abonar esa cantidad. Pero, aunque pueda parecer algo actual, en aquella época ya existía lo que hoy llamaríamos un crowdfunding. El periódico El Alcázar, de ideología ultraderechista, promovió una colecta para que los condenados no tuvieran que poner ni una sola peseta de su bolsillo. Y lo consiguió con creces. Recaudó 18 millones millones de pesetas que intentaron hacer llegar a Tejero, por aquel entonces en prisión.
Sin embargo, el Congreso no recibió nada de aquel dinero y las marcas en el techo del hemiciclo siguen recordando el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: la noche en la que más de 400 uniformados se dieron una juerga de 200.000 pesetas que terminó pagando el erario público.
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