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Perfil

Alejandro Fernández sigue bailando breakdance en el alambre del PP

El reelegido presidente de los populares en Catalunya está a poco más de un año de convertirse en el líder más longevo de la formación, una marca que todavía ostenta Alicia Sánchez-Camacho

El PP catalán celebra un congreso plácido, sin discrepancias internas y alineado con la estrategia de Feijóo

Alejandro Fernández, líder del PP catalán.

Alejandro Fernández, líder del PP catalán. / Jordi Otix / EPC

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Gisela Boada

Gisela Boada

Barcelona
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Han pasado 32 años desde que Alejandro Fernández (Tarragona, 1976), un joven recién llegado a la mayoría de edad, cruzó la puerta de la sede del PP tarraconense en la Rambla Nova para afiliarse a Nuevas Generaciones. No llevaba padrinos, ni avaladores, ni un apellido de esos que abren despachos sin llamar. Llevaba algo bastante más raro: el sueño y la vocación de ser político. Desde niño. Mientras sus amigos querían ser futbolistas, astronautas o cualquier cosa razonable, él ya apuntaba maneras de friki vocacional. Quería la política. Y la quería en serio.

Tres décadas después, Fernández acaba de ser reelegido presidente del PPC y se dispone a estirar una etapa que ya lo sitúa entre los dirigentes más longevos del PP catalán. Solo le queda por delante Alicia Sánchez-Camacho, a poco más de un año de distancia. No ha sido un paseo. Más bien una sucesión de equilibrios imposibles, zancadillas internas, derrotas, remontadas y mañanas de esas en las que uno abre el periódico y descubre que "fuentes de Génova" han vuelto a desayunar cuchillos. Él mismo lo resume así en su primer libro, 'A calzón quitao' (La Esfera de los Libros, 2025), con una imagen difícil de mejorar: "Llevo bailando breakdance en el alambre desde que fui elegido presidente del PP de Catalunya en primarias". La frase tiene bastante de chiste, algo de tragedia y mucho de autorretrato.

Yo mismo llevo bailando breakdance en el alambre desde que fui elegido presidente del PP de Cataluña en primarias. Desde el primer día, incluso antes de los malos resultados; y ahí sigo, en precario equilibrio, en el momento en que escribo estas líneas, aunque los resultados ahora sean mucho mejores

Alejandro Fernández

— Página 19 del su libro, 'A calzón quitao'

Fernández llegó a la presidencia del PPC en 2018, aupado por Pablo Casado, entonces líder nacional del PP y amigo suyo desde los años donde coincidieron en el Congreso. Pero incluso ese padrinazgo tuvo truco, pues Fernández nunca se ha sentido cómodo siendo "el hombre de" nadie. Ni de Casado, ni de Feijóo, ni de Génova, ni de los opinadores que explican Catalunya desde una sobremesa en el Palace. Ha preferido construirse una figura propia, a veces incómoda, casi siempre indócil, sostenida por dos escuderos fieles -Daniel Serrano y Eduardo Bolaños- y por un puñado de convicciones que no suele mover ni aunque sople tramontana genovesa.

Una familia a dos bandas

Su historia empieza bastante antes. En 1994 entró nervioso en esa sede del PP de Tarragona. No venía de una familia del PP, ni siquiera de una familia de derechas al uso. Sus padres, Ángel e Isolina, habían llegado a Tarragona desde las montañas asturianas en 1974. En casa se hablaba de política como en otras casas se habla del tiempo: con pasión, con sobremesas largas y con posiciones incompatibles. Su padre era "muy de derechas". Su madre, "muy izquierdista", hasta el punto de que él bromea con que rozaba la extrema izquierda. De aquel combate doméstico salió un liberal conservador con acento tarraconense, raíces asturianas y una alergia bastante acreditada a morderse la lengua.

El presidente del PP catalán, Alejandro Fernández, durante una sesión de control, en el Parlament de Catalunya, a 28 de enero de 2026, en Barcelona, Catalunya (España). Dalmau, en funciones de presidente, comparece hoy en el pleno del Parlament a petición propia para dar explicaciones sobre el caos en la red ferroviaria de Rodalies. 28 ENERO 2026 David Zorrakino / Europa Press 28/01/2026. Alejandro Fernández;;David Zorrakino

El presidente del PP catalán, Alejandro Fernández. / David Zorrakino / Europa Press

También ahí se forjó su carácter. De su madre, dice, heredó una determinación de hierro; de su padre, el contacto con una vida de trabajo duro, madrugones y obras de carretera. Pero sus referentes juveniles miraban más lejos. Ronald Reagan le enseñó la importancia de hablar claro sin incendiarlo todo. Margaret Thatcher le enseñó la firmeza. En el libro recuerda que la Dama de Hierro, hija de orígenes humildes y obligada a abrirse paso en un partido de hombres aristocráticos, fue para él una especie de manual de supervivencia. Cuando se ha sentido aislado, derrotado o apartado incluso dentro de su propio partido, Fernández confiesa que se ha preguntado qué habría hecho Thatcher: "Mandarlos a todos a cascarla". Y así ha actuado.

La trayectoria

Su carrera avanzó por caminos poco ordenados. Presidió Nuevas Generaciones en Catalunya entre 2003 y 2005. Fue concejal en Tarragona desde 2003 hasta 2016, llegó a ser teniente de alcalde y se convirtió en una figura reconocible por una oratoria que incluso sus adversarios le conceden: irónica, rápida, punzante, con gusto por el golpe dialéctico. En 2011 Génova lo llamó para ir al Congreso, donde coincidió con la primera legislatura de Mariano Rajoy. Después aterrizó en el Parlament, justo en los años de mayor combustión del procés. Allí acabó de pulir su estilo como portavoz, entre 2016 y 2018, hasta que asumió la presidencia.

El salto al liderazgo del PPC llegó con el partido en pleno naufragio. En 2017, con Xavier García Albiol al frente, el PP catalán se desplomó y pasó de 11 a 4 diputados mientras Ciutadans ganaba las elecciones y se llevaba buena parte del voto constitucionalista. Fernández heredó ese solar y, ya como candidato, aún cayó hasta los 3 escaños en 2021. Después vinieron la salida de Casado, la llegada de Feijóo y un desencuentro nunca resuelto del todo entre Génova y el líder del PPC, que ahora parece haberse reconducido, por lo menos públicamente.

De izq. a dcha, los dirigentes del PP Rafael Luna, Alejandro Fernández, Xavier Garcia Albiol y Sebastia Domène0ch, durante una rueda de prensa el pasado viernes, en Tarragona.

Dirigentes del PP en 2015: Rafael Luna, Alejandro Fernández, Xavier Garcia Albiol y Sebastia Domènech. / Jaume Sellart

Fernández siempre lo ha explicado por una vieja enfermedad del PP nacional: la "tutela permanente" sobre el PP catalán y el vasco. En 'A calzón quitao', un libro que levantó muchas ampollas dentro del partido hace poco más de un año, defiende su tesis sobre la historia del PP en Catalunya: si la sociedad catalana percibe al líder del PPC como un delegado de aeropuerto de Génova, difícilmente se le verá como una alternativa propia. De ahí nace buena parte de su rebeldía. Fernández no discute que el PP tenga una dirección nacional. Discute que Catalunya se trate como una sucursal eternamente intervenida. Tampoco compra la idea, cree que tan frecuente en Madrid, de que el nacionalismo catalán se arregla con una cena discreta, dos elogios a la senyera y la aparición milagrosa de un "unicornio moderado" de Junts.

El funambulista del PPC

El resultado de su periplo en el PP es un personaje político peculiar. Tiene algo de profesor de Ciencias Políticas, algo de tertuliano con metralla, algo de rockero que entró un día en una sede del PP con pintas sospechosas -lo cuenta así en su libro- y algo de superviviente de una organización que en Catalunya, dice, ha "triturado liderazgos" con entusiasmo casi industrial. Él mismo se incluye en esa tradición de presidentes catalanes del PP que han vivido siempre bajo sospecha: si son duros, por duros; si son blandos, por blandos; si suben, porque molestan; si bajan, porque ya estaban sentenciados.

Y, sin embargo, ahí sigue. Reelegido, más veterano y más consciente de que en el PP catalán casi nadie camina sobre suelo firme. Lo suyo no ha sido una presidencia cómoda, sino un ejercicio constante de equilibrio entre Génova y Catalunya, entre la disciplina de partido y la voluntad de tener voz propia, entre la resistencia y el desgaste. Alejandro Fernández no solo baila breakdance en el alambre del PP. Se ha convertido en su funambulista, un dirigente que avanza sobre una cuerda tensada entre la lealtad y la indocilidad, entre la derrota y la supervivencia, entre la ironía y el vértigo. Y que, de momento, no se ha caído.

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