Viaje oficial
Sánchez cierra su viaje a China pensando ya en una nueva visita el próximo año
La hercúlea tarea de Sánchez de venderle tecnología a China

Fotografía cedida por la Moncloa que muestra al jefe del Gobierno español, Pedro Sánchez (d), durante una reunión con el presidente chino, Xi Jinping (i), este martes en Pekín (China). / Borja Puig de la Bellacasa / EFE

Pedro Sánchez recurrió a Mateo Rizzi para explicar sus frecuentes visitas a China durante su conferencia en la Universidad de Tsinghua. El intrépido viajero y clarividente jesuita italiano ya corrigió cinco siglos atrás los mapas estructurados en torno al Mediterráneo tras regresar de Oriente. Las evidencias de que hay otro mundo al que atender son hoy más poderosas. Hace ya años, por ejemplo, que la economía de los BRICS superó a la del G7. Pero ahora, como entonces, cualquier enmienda al eurocentrismo (o el trasatlantismo, en su versión contemporánea) provocan irritaciones variadas.
A la certeza ha contribuido la agreste política de Donald Trump. En la víspera de su anterior viaje, había repartido aranceles para todos en aquel Día de la Liberación y Sánchez fue festejado como la avanzadilla europea en busca de alternativas a su tradicional aliado. En la víspera del último, había declarado la guerra a Irán con olímpico desprecio a la legislación internacional y la propia. El caprichoso calendario ha agrandado un peso español en China, tradicionalmente más liviano que países del entorno europeo. En esta visita recibió por primera vez una invitación oficial la consorte del presidente.
No escasean los dirigentes europeos en Pekín pero la frecuencia de Sánchez, cuatro aterrizajes en poco más de tres años, es inédita. Más allá de consideraciones morales cabe preguntarse si sirve de algo. Los escépticos apuntan al terco desequilibrio comercial por más acuerdos bilaterales que se firmen. Estos han permitido que las exportaciones subieran un 7% en el último año, según Moncloa, pero el desbordado caudal de las chinas ha incrementado el déficit comercial. La cifra asusta: China es la responsable de más del 70% de todo el desequilibrio del comercio internacional español. Necesitamos que China se abra para que Europa no se cierre” pidió Sánchez, recogiendo el viejo lamento sobre las barreras a la competición foránea. Los aranceles de Bruselas a los coches eléctricos inauguraron una refriega comercial que siguió con investigaciones chinas sobre productos que afectan especialmente a Francia y España.
Las inversiones chinas en España, con un aumento superior al 331% en el último ejercicio, ofrecen un panorama mucho más optimista. De las posibilidades de cooperación hablan la joint venture del fabricante chino Chery y la española Ebro en Barcelona, con una inversión de 400 millones de euros, o la fábrica en Zaragoza de CATL, líder global en baterías, que empezará a funcionar a finales de año. Las multinacionales occidentales deciden dónde invierten con una hoja de Excel; las chinas completan sus cálculos con la estrategia nacional.
El acuerdo de regionalización en el porcino, insisten fuentes diplomáticas, se explica desde la cooperación intensa y la visita del Rey Felipe VI en noviembre, la primera de un monarca español en casi dos décadas. Su firma el pasado año permitió que, cuando aparecieron jabalíes infectados en Barcelona, el resto de España siguiera exportando a China. Otros países europeos no tuvieron tanta suerte y todo el sector nacional quedó tocado. “Fue un trabajo de muchos años, y cada visita suma”, explican.
Llegó Sánchez con el patio geopolítico revuelto. Ha rechazado España el incremento en Defensa pactado en la OTAN, criticado con brío las campañas bélicas de Israel y Estados Unidos en Oriente Medio y negado el uso de sus bases para la guerra de Irán. En la gestión de sus roces con Washington navega España entre corrientes europeas contrarias. Bruselas considera a China un rival estratégico y un socio comercial. Se ha esforzado Sánchez en combatir las voces europeas que le acusan de romper la disciplina con continuas loas al rol de Bruselas en el mundo actual. A los países de peso medio como España sólo les sirve el multilateralismo para hacerse respetar, dijo. Esa idea ya la defendió meses atrás Mark Carney, primer ministro canadiense, quien emprendió un giro a Oriente tras los embates políticos y arancelarios de Trump.
La cooperación bilateral, ha aclarado Madrid, descansa en valores compartidos como el multilateralismo, la ley internacional y la lucha contra el cambio climático. El lado correcto de la Historia, en la jerga actual. No parece un mal plan cuando Estados Unidos se esfuerza en representar lo contrario.
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