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Elecciones en Hungría

Abascal arriesga parte de su capital político en las elecciones donde Orbán se juega su futuro

El presidente de Vox, Santiago Abascal, se enfrenta a un posible revés si Orbán pierde en Hungría, ya que su estrategia política se ha basado en la alianza con el primer ministro húngaro

Abascal y Orbán, en una imagen reciente.

Abascal y Orbán, en una imagen reciente. / VOX / Europa Press

Mariano Alonso Freire

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Madrid
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A Santiago Abascal se le suele reprochar su escaso apego a la vida parlamentaria. El escaño del líder de Vox, ubicado en la parte más a la izquierda de la primera bancada a la derecha de la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados, justo encima de la bancada azul del Gobierno en la que se sienta muy cerca de él el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, es ocupado en muchas ocasiones por otros diputados de su grupo. Esa frecuente ausencia en los plenos parlamentarios es atribuida por muchos, destacadamente sus adversarios, a la holgazanería, pero otros en su entorno la disculpan por su frenética actividad internacional como presidente de Patriotas, el grupo de la extrema derecha europea que lideran el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán y la francesa Marine Le Pen, distinto del que integra en Bruselas la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni.

Este cambio de correligionarios a nivel de la Unión Europea (UE) es, precisamente, el que no han dejado de reprocharle en el presente curso político el grupo de críticos de Vox, en el que destacan las figuras del ex portavoz parlamentario, Iván Espinosa de los Monteros, y del ex secretario general de la formación, Javier Ortega Smith.

Por eso ahora, ante las elecciones del domingo en Hungría, que centran la atención de toda la UE y del resto del mundo, como evidencia la visita esta semana del vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, para respaldar in situ a Orbán, Abascal se juega parte de su capital político. O, si se quiere, de su auctoritas dentro de Vox. Su apuesta por Orbán, un dirigente que igual que él mismo procede del partido tradicional de la derecha en su país, parece haberse impuesto a la de Meloni, con un perfil más de outsider, si bien el líder de Vox sigue cultivando la relación con la primera ministra italiana. También con su vicepresidente, el ínclito Matteo Salvini, aunque con este último los desencuentros y la pérdida de confianza se han agrandado con el tiempo, en especial por los coqueteos del líder de La Liga con el independentismo catalán.

Y si el primer ministro húngaro pierde el poder a manos de su rival Péter Magyar -curiosamente un antiguo miembro de Fidesz, el partido de Orbán que en su día formó parte del Partido Popular Europeo (PPE)- Abascal habrá sufrido un revés importante, y no solo por ser correligionario del eventualmente derrotado, sino por haberse hermanado tanto con él políticamente. Huelga decir que el escenario contrario, un nuevo triunfo de Orbán, reforzaría extraordinariamente la estrategia del presidente de Vox.

Un largo camino hasta presidir Patriotas

Abascal fue elegido para la presidencia de Patriotas a finales de 2024, pero ya antes, mucho antes, se volcó en su actividad fuera de España. Desde los tiempos de la que él mismo llama "travesía del desierto", el largo lustro transcurrido entre el año 2013 en que abandonó el Partido Popular (PP), la formación de su vida, por discrepancias insalvables con la gestión de Mariano Rajoy, y 2018, cuando Vox entró por primera vez en un parlamento, el de Andalucía, y dejó por tanto de ser una formación extraparlamentaria.

Del primer líder de Vox, Alejo Vidal Quadras, hoy fuera de la formación y de nuevo próximo al PP, del que llegó a ser líder en Catalunya, heredó una relación, más de actualidad que nunca, con la disidencia iraní en el exilio, que según varias informaciones habría financiado con cerca de un millón de euros casi la totalidad de la primera campaña de Vox, la de las elecciones europeas de 2014, en las que el propio Vidal Quadras se quedó a pocos votos de obtener un eurodiputado, en los comicios que supusieron la eclosión de Podemos y de Ciudadanos como partido más allá de Catalunya. Por la misma época, Abascal empezó a cultivar importantes relaciones con las comunidades cristianas en Irak y Siria, con viajes constantes a la zona, y andado el tiempo realizó otras apuestas de mayor calado en occidente.

No tardó en hacer buenas migas con el partido de la citada Le Pen, uno de cuyos responsables llegó a asegurarle en privado que siempre rechazaron tener relaciones con la extrema derecha española surgida tras el franquismo, incluso en tiempos de Jean Marie Le Pen, el padre de la actual líder de la extrema derecha francesa y fundador del Frente Nacional, pero que precisamente la emergencia de un partido como Vox les permitía enmendar ese camino. Y con el tiempo, y ya dentro de las instituciones, llegaron las apuestas por Meloni, cuando era una total desconocida en España y por Javier Milei, cuando únicamente se trataba de un extravagante senador libertario argentino por el que pocos apostaban como inquilino de la Casa Rosada de Buenos Aires. Sin olvidar la relación que ha conseguido con el mismísimo Donald Trump, cuya errática pronunciación del apellido del político de Amurrio ("Santiago Obescal") provocó multitud de chanzas en España, sin poder ocultar la relevancia que el hoy inquilino de la Casa Blanca le citase expresamente en una declaración pública.

Hasta ahora todas, o casi todas, han sido apuestas de éxito en términos electorales. Una tendencia que podría invertirse el domingo.

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