Exposición sobre el San Juan Nepomuceno
Ingenieros, historiadores y la Armada rememoran al navío español que peleó por la independencia de EEUU
Impulsa la muestra una asociación nacida para reconstruir en el futuro aquel buque de guerra que se perdió en Trafalgar y en el que fallecieron Cosme Damián Churruca y 100 de sus marinos

Rodrigo Pérez, profesor de la Escuela de Ingenieros Navales y comisario de la exposición, con una recreación del San Juan Nepomuceno a su espalda. / José Luis Roca

Con 100 muertos y 150 heridos a bordo, y cañoneado por hasta seis adversarios, acabó capitulando el navío español San Juan Nepomuceno en la batalla de Trafalgar. Desarbolado y apresado por la Royal Navy, el que había sido uno de los barcos de guerra más poderosos del mundo fue remolcado a Gibraltar, donde sirvió de prisión flotante e inmueble para la recepción de autoridades, hasta su desguace. En el camarote que fue del comandante, Cosme Damián Churruca, colocaron los ingleses una placa de homenaje a su enemigo, y estaba ordenado quitarse el sombrero al entrar en ella.
La batalla de Trafalgar fue el comienzo del fin de un buque emblemático de la historia de España, pero nunca llegó a morir del todo. Su memoria emergió en el primero de los Episodios Nacionales de Galdós -en las páginas que relatan la trágica muerte de Churruca, herido por una bala de cañón- y reverdece ahora por otra de sus peripecias: el San Juan Nepomuceno fue clave en la asistencia a las 13 colonias que libraron con Inglaterra la guerra por la independencia de lo que serían los Estados Unidos de Norteamérica.
La Escuela Técnica Superior de Ingenieros Navales (ETSIN) de Madrid ha inaugurado una exposición sobre ese capítulo histórico y el buque que lo protagoniza. El título de la muestra es ‘El San Juan Nepomuceno. Un navío de Guarnizo en la Independencia de los Estados Unidos’.
250 años
Este recordatorio de la contribución española a la independencia de EEUU en su 250 aniversario se enciende, paradójicamente, cuando Donald Trump y Pedro Sánchez están en abierta hostilidad. Pero no ha sido buscado. La embajada de Estados Unidos ha sido informada de la muestra, y están invitados sus diplomáticos.

La bandera de las 13 colonias rebeldes norteamericanas, en la exposición sobre el navío San Juan Nepomuceno. / José Luis Roca
De hecho, ya hace más de seis meses que la exposición andaba en el magín de su comisario, Rodrigo Pérez, ingeniero naval y profesor de la ETSIN, para quien “no es únicamente una muestra dedicada a un buque histórico; es, sobre todo, una ventana abierta a una época extraordinaria en la que la ingeniería naval, la ciencia, la estrategia marítima y el esfuerzo humano convergieron para influir de manera decisiva en el curso de la historia”.
Son palabras de su discurso de inauguración, leído este jueves ante un público de ingenieros navales, alumnos de la escuela, ejecutivos de empresa y oficiales de la Armada.
Huele a resina
En la sala de exposiciones Virgen del Carmen de la ETSIN, en uno de los edificios más hermosos y menos conocidos de la Ciudad Universitaria de Madrid, han colocado una carga de madera de pino resinero y un balde de pez, que extienden en la estancia un aroma dulce y peculiar. Solo falta el del salitre para rememorar a qué olía a bordo de aquel navío de 74 cañones, tres palos y dos puentes, que comenzó navegando con la vieja bandera blanca de la monarquía española y acabó guerreando con los actuales rojo y gualda.

El león, en el mascarón de proa de la maqueta del San Juan Nepomuceno que se muestra en la Escuela de Ingenieros Navales de Madrid. / José Luis Roca
Una maqueta extraordinariamente precisa destaca en la muestra. Se ve en su proa el león que era mascarón de los buques de guerra españoles, el entramado de cabos y velas, el armamento… La maqueta es tan fiel, que no le han encontrado los ingenieros merma en su escala con las proporciones que le dio al buque su creador, François Gautier, quien trató de armonizar la resistencia en el combate que caracterizaba a la flota española con la velocidad que aportaba el diseño francés.
Junto a la maqueta hay un esqueleto blanco, una forma del navío hecha en resina, que Pérez ha recreado con ayuda de una impresora 3D según los cálculos que hizo aquel ingeniero naval en 1765.

Esta edición original de un tratado de Jorge Juan se expone en la Escuela de Ingeneros Navales de la Universidad Politécnica de Madrid. / José Luis Roca
Un poco más allá, en una pantalla, revive el San Juan Nepomuceno navegando plácidamente, con todas sus velas desplegadas, traído del pasado con la ayuda de la IA.
Está cerca de un rincón donde, junto a un retrato de Churruca, reposa una bandera de barras y 13 estrellas, la de la primigenia nación norteamericana; y no lejos del positivo en madera de la estatua del militar Bernardo de Gálvez con que en Washington se recuerda al gobernador de la Luisiana que, tomando Pensacola y Mobile, precipitó la independencia de EEUU.
Resurrección
Detrás de la exposición no hay solo impulso de la ETSIN y de la Armada. Hay también historiadores que se juntan en una quijotesca asociación que planea reconstruir el San Juan Nepomuceno en Guarnizo, donde nació.
Proyecta la entidad devolver a la vida al buque con una recreación fiel, y dejarlo amarrado en el muelle -que hoy queda junto a Astillero, en la bahía de Santander- para que sirva de museo difusor de cultura de defensa.
En realidad, la resurrección del navío ya ha comenzado en el disco duro del ordenador de Rodrigo Pérez, que tiene cuidadosamente recopilados los planos y medidas de Gautier.

Positivo en madera de la estatua de Bernardo de Gálvez que lo recuerda en Washington. De fondo, retrato de Carlos III. Ambos estan en la exposición de la Escuela de INgenieros / José Luis Roca
Esta resurrección ha de ser en Guarnizo, lugar de construcción de galeones desde 1570, y, claro, con las vigas y cuadernas de la madera que, desde la comarca burgalesa de Pinares y su centro, Quintanar de la Sierra, bajaba al Cantábrico la Real Cabaña de Carreteros.
El proyecto trata de “revivir oficios perdidos y su memoria rural: los carpinteros de ribera, los pezgueros y calafates, los herreros que hacían los clavos del barco…”, explica Rodrigo Pérez. Al ingeniero le gusta visitar aquellos montes de pino albar, donde ha podido conocer, aún, a descendientes de aquella estirpe de leñadores.
Hoy Quintanar de la Sierra no tiene más de 1.470 vecinos, y una densidad de población 40 veces inferior a las de Madrid o Barcelona. Recuerdan la antigua actividad los restos de los hornos de mataca con que, cociendo tocones de pino, se sacaba la pez para embrear los barcos. Tan del pasado parecen ahora, que, más que históricos, se dirían vestigios arqueológicos. Y, sin embargo, de los cañonazos con que el San Juan Nepomuceno impedía el acceso a la costa norteamericana de la flota británica han pasado solo 250 años.
Tiene recordado el profesor que, en la época en que el San Juan Nepomuceno proyectaba el poder naval de la monarquía hispánica, “la construcción y mantenimiento de grandes flotas requirió la creación de complejas infraestructuras industriales: arsenales, diques, astilleros, fábricas de jarcia, fundiciones, talleres de artillería… Estos espacios constituyeron algunos de los centros tecnológicos más avanzados de su tiempo y generaron importantes dinámicas de innovación que trascendieron el ámbito estrictamente militar”.
A cualquier observador de los movimientos industriales y políticos en esta época del rearme español le sonarán esos conceptos. De eso, de ciencia, industria, historia y defensa, va esta exposición.
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