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Obituario

Antonio Tejero, el golpista que se quedó en la retina de todos los españoles

El autor del golpe de Estado de 1981, Antonio Tejero, ha fallecido a los 93 años de edad en Valencia

Muere Antonio Tejero, el guardia civil que protagonizó el intento de golpe de Estado del 23F

Lucía Feijoo Viera

Mariano Alonso Freire

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Madrid
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Cuarenta y cinco años y dos días después del día que le hizo tristemente célebre, el teniente coronel Antonio Tejero Molina ha muerto a los 93 años de edad. Su fallecimiento se produce justo la misma jornada en que el Gobierno de Pedro Sánchez desclasificaba numerosos documentos confidenciales sobre el 23-F, el intento de golpe de Estado del que era ya el único gran protagonista vivo, tras la muerte del general Alfonso Armada en 2013 y mucho antes, en 1997, del teniente general Jaime Milans del Bosch. A este último, el hombre que sacó los tanques a la calle en Valencia aquella noche, siempre le guardó lealtad, aprecio y amistad. No así al primero, con el que tanto él como Milans terminaron agriamente enfrentados, particularmente por el desarrollo del proceso militar a los golpistas celebrado en 1982, el célebre juicio de Campamento. Así se refleja de manera muy nítida en la serie Anatomía de un Instante, basada en el libro homónimo de Javier Cercas, que Televisión Española emitía esta semana, coincidiendo con la efeméride del golpe y la mentada desclasificación de los documentos reservados.

En cualquier otro momento o circunstancia, la muerte de Tejero, que de manera errónea llegó a publicarse el pasado mes de octubre, cuando su estado de salud ya estaba muy deteriorado, hubiera copado portadas y comentarios, pero mucho más en una semana como la presente.

De los tres grandes protagonistas del golpe, la imagen de Tejero, tocado con el tradicional tricornio de la Guardia Civil, es la que españoles de distintas generaciones, incluidas las más jóvenes, tienen en la retina. Su atrabiliario “se sienten, coño”, pronunciado pistola en mano junto a la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados, muy cerca del entonces presidente de la Cámara Baja, Landelino Lavilla, y de un entonces joven secretario de la Mesa del Congreso, el socialista José Bono, que andado el tiempo sería un notable dirigente del PSOE y presidente del Congreso, forma parte desde hace décadas del imaginario colectivo, fruto de chanzas y, más recientemente, memes. Pero también, y sobre todo, recuerdo escalofriante de lo peor del pasado español. Ese lleno de asonadas e injerencias militares contra los procesos o regímenes democráticos, tanto en el siglo XIX como en el XX, como ocurrió el 18 de julio de 1936, con la sublevación militar contra la II República a la que siguió la Guerra Civil.

Tanto está en la retina ese instante, por seguir con la terminología acuñada por Cercas, que muchos españoles han afirmado durante este casi medio siglo transcurrido que vieron a Tejero en directo entrar en el hemiciclo, al frente de un grupo de guardias civiles. Algo totalmente imposible, dado que la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, el hombre que sustituía al dimitido Adolfo Suárez, no se emitió en directo por televisión, aunque sí en algunas emisoras de radio, en la que no en vano llegó a pasar a la historia como ‘la noche de los transistores’. La grabación completa que las cámaras de Radio Televisión Española pudieron captar del momento -hasta que con lenguaje igualmente atrabiliario otro de los guardias civiles conminó a un cámara: “Desenchufa eso, o te mato”- es el documento más vívido que cualquiera puede hoy consultar sobre lo ocurrido.

Y sin duda, capta los instantes más decisivos y agitados de la vida de Tejero, y de la entonces joven democracia española. La grabación pudo dejar huella imborrable de su irrupción pistola en mano, de sus gritos, de sus disparos al aire y también de su enfrentamiento físico con el general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente de Suárez que, vestido esta vez de civil, con traje y corbata, no dudó en abandonar su escaño azul, pese a los infructuosos intentos del jefe del Ejecutivo por retenerle, para encararse con los golpistas. Tejero, pistola en mano, no pudo tumbar a un desarmado Gutiérrez Mellado, quien se agarró con fuerza a la barrera del hemiciclo antes de volver a su escaño junto a Suárez. Un año después, en una de las sesiones de Campamento, y en un comentario a otro de los guardias civiles encausados, afirmó sobre el incidente: “Esto es lo que pasa por no hacer lo que tenía que hacer. Si en vez de la zancadilla le doy con la pistola en la cara, las cosas habrían sido de otro modo”.

Enemigo de sus enemigos

Así era Tejero, bravucón, tosco, y enemigo de sus enemigos, como sin duda era Gutiérrez Mellado, quien ya para entonces había sufrido en público y en privado las feroces invectivas de los militares más ultras, incluido el ritual “Gutiérrez Mellado, tú los has matado” con el que le recibieron en varios sepelios de militares asesinados por ETA, donde también se escuchaba “Ejército al poder”. El ‘ruido de sables’ era por momentos ensordecedor y eclosionó la aciaga tarde del 23-F que hizo célebre a Tejero. Aunque no fue alguien ayuno de competencia militar, con una ejecutoria de décadas antes de convertirse en el golpista más famoso de la segunda mitad del siglo XX español.

Las cámaras ya no pudieron captar el resto de las diecisiete horas que permaneció junto a sus hombres en la Cámara Baja, salvo algunos instantes en el patio de la misma, sobre todo al final de la asonada, cuando fumaba junto a otros militares, sabedor de que el golpe había fracasado, y cuando ya rendido despidió uno por uno a sus hombres, junto a la puerta que justo al girar a la izquierda da acceso a la entrada principal del Palacio de las Cortes, la de los leones. De lo demás hay testimonios diversos y han corrido y correrán ríos de tinta y de celuloide. Desde su encuentro cara a cara con Suárez en una sala contigua al hemiciclo, en el que el primer presidente de la democracia (el único junto a Gutiérrez Mellado y el líder comunista Santiago Carrillo que no se tumbó pese a los disparos, permaneciendo los tres impasibles en sus escaños) le conminó a cuadrarse. Hasta su cara a cara con Armada, enviado para intentar su rendición a altas horas de la madrugada.

O sus conversaciones con Juan García Carrés, un falangista y antiguo dirigente del sindicato vertical de la dictadura que trataba de insuflarle ánimos con aquel “moral alta” que está en la imaginería del golpe, y que apareció también justo este miércoles en uno de los documentos desclasificados. Sin olvidar el momento en el que, en el teléfono del coche del presidente del Gobierno, una conversación con Milans le hace entender definitivamente que la intentona ha fracasado, y que le espera un negro futuro.

"¡Es Tejero!"

A punto de cumplir entonces 49 años, buena parte de su futura vida adulta la pasó entre rejas, hasta que obtuvo la libertad condicional a mediados de los noventa, tras ser condenado por el tribunal militar a una pena de treinta años de reclusión por un delito de rebelión militar consumado, con agravante de reincidencia. Y es que Tejero era un hombre relativamente desconocido para el gran público cuando irrumpió en el Congreso para secuestrar al Gobierno Suárez en pleno y a toda la cámara, pero no para la élite de la época. “¡Es Tejero!”, afirmó enseguida uno de los periodistas de la Cadena SER que retransmitía el pleno parlamentario, y su mirada se cruzó con uno de los fotógrafos de la Agencia EFE que captó una de las instantáneas más conocidas del golpe, por la sencilla razón de que pocas semanas antes le había hecho un reportaje en su casa del barrio de Argüelles.

La misma zona donde se gestó, antes de ser abortada, la ‘Operación Galaxia’, que tomó su nombre de una conocida cafetería de la zona, próxima a la Ciudad Universitaria de Madrid, en la que Tejero y Ricardo Sáenz de Ynestrillas, asesinado luego por ETA en 1986, planearon un golpe más crudo aún, secuestrando a Suárez y a su Gabinete en la Moncloa, en un día en el que al Rey Juan Carlos I le hubiera sorprendido fuera del país, de visita oficial en Méjico. Los golpistas barajaban tres fechas posibles, el 17 de noviembre, el 24 de noviembre y el 1 de diciembre de 1978, tres viernes consecutivos, el día de la semana en que por entonces se celebraba la reunión del Consejo de Ministros. El soplo de uno de los conspiradores terminó desbaratando la operación, y en mayo de 1980, menos de un año antes del 23F, un Consejo de Guerra condenó a Tejero y a Ynestrillas a siete y seis meses de cárcel, las penas mínimas, sin perder además su rango militar. El Fiscal del caso había pedido hasta seis y cinco años de prisión para los dos principales cabecillas de la trama, pena que de haber llegado a implementarse hubiera impedido a Tejero estar en libertad durante los preparativos del 23-F.

Antonio Tejero Molina nació en Alhaurín el Grande (Málaga) en 1932, en 1955 contrajo matrimonio con Carmen Díez Pereira, de la que enviudó en 2022 y con la que tuvo seis hijos, varios de ellos militares como él y uno sacerdote, y 16 nietos. En las elecciones de octubre de 1982, las que ganó por primera vez Felipe González, y estando ya encarcelado, organizó una candidatura, ‘Solidaridad española’ que apenas obtuvo 28.000 votos, en 2006 escribió una carta al director al diario 'Melilla Hoy' criticando el Estatut de Catalunya y en octubre de 2019 apareció en el cementerio de Mingorrubio, junto a otros nostálgicos del franquismo, mostrando su rechazo a la exhumación de los restos del dictador del Valle de Cuelgamuros. Un último acto de apoyo a la España en la que siempre creyó, lo que le llevó a intentar interrumpir abruptamente el proceso democrático que ahora cumple medio siglo.

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