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Antonio Villarreal: "Los políticos vieron que podían 'hackear' las tertulias poniendo a gente que no va a dar problemas"

"El Gobierno de Sánchez tiene las herramientas para saber qué se está diciendo de ellos en tiempo real", dice el autor de 'Tertulianos'

Antonio Villarreal, periodista y escritor.

Antonio Villarreal, periodista y escritor. / José Luis Roca

Daniel G. Sastre

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Barcelona
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Antonio Villarreal (Córdoba, 1981) siempre había tenido en mente un libro como 'Tertulianos' (Península), un "viaje a la industria de la opinión en España" escrito desde el punto de vista del periodista.

¿Qué tenían que ver las primeras tertulias, en los 80, con las de ahora?

Lo que ha ido cambiando principalmente han sido los protagonistas, los tertulianos. Y por eso quería centrar el libro en ellos. Los catedráticos, abogados, dramaturgos de antes rápidamente fueron sustituidos por periodistas. Luego llegaron los analistas y otro tipo de perfiles. Y ahora estamos ya en la generación de los consultores y los hombres hechos a sí mismos, los creadores de contenido y de gente que sale de las redes sociales sin saber muy bien qué han hecho en la vida.

¿Tenemos ahora más tolerancia con los insultos en las tertulias?

Sí, y eso que en aquella época había mucho más conflicto en la calle. Había unas huelgas brutales, era un país más violento, había, por supuesto, terrorismo. Sin embargo, hoy que está mucho más pacificado y donde las guerras solo se dan en redes sociales, en las tertulias hay mucha más conflictividad. Antes llamar imbécil a otro te paraba un programa durante varios días; hoy si no hay un ‘imbécil’ en cualquier tertulia, lo echas en falta.

Antonio Villarreal, periodista y escritor.

Antonio Villarreal, periodista y escritor. / José Luis Roca

Dice en el libro que la unidad mínima de información ya no es la noticia, sino una opinión cualquiera. ¿Cómo ha afectado eso al ejercicio del periodismo?

No es que la tertulia haya causado la crisis del periodismo, sino que es una de las principales beneficiadas. Ahora vivimos en una época de comunicación continua, y la información lleva su tiempo y no puede llegar tan rápido como a veces requeriría la actualidad. Eso obliga a tirar de la opinión, porque llamar a un tertuliano y que opine durante cinco minutos es inmediato. Y por eso creo que se están cubriendo todos esos huecos con opinión.

¿Contribuyen este tipo de programas al desprestigio público de la profesión?

Creo que sí, porque es la puerta por la que ahora mismo llega la profesión a la mayor parte de la gente. Si preguntas por los periodistas favoritos de la gente, suelen ser moderadores o tertulianos. Prácticamente nadie conoce a los que escribimos en los periódicos, nadie conoce a quienes hacen los informativos en la radio. Muchos asimilan como periodistas a tertulianos que ni siquiera hacen periodismo, sino que son analistas.

Explica cómo al principio de llegar al programa Carlos Alsina intentaron sin éxito desde el PSOE colarle a un joven tertuliano, un tal Pedro Sánchez. ¿El peso de los partidos es creciente en las tertulias?

Creo que sí. Al principio había una confrontación de la política con las tertulias. Pero luego los partidos vieron que podían ‘hackearlas’, poner gente que, en nombre de la pluralidad, va a decir cosas que les interesen, en fin, que no va a dar ningún problema. Y ahora los políticos ya ven que la opinión es más dúctil que la información: tú no puedes cambiar el hecho de que haya habido un descarrilamiento o un apagón, pero puedes influir en lo primero que le va a llegar al votante o al oyente. Y eso ya condiciona luego las percepciones y los comportamientos.

Atribuye al Gobierno de Pedro Sánchez una hipervigilancia de las tertulias. ¿Saben manejar las tertulias con más habilidad que sus antecesores?

Sí porque, además, todos los gobiernos aprenden del anterior. Ya Aznar aprende de Felipe González que si elimina una tertulia le va a aparecer en otro sitio, que es como una seta. Después Zapatero también aprende que no puedes amenazar a un tertuliano porque en algún momento va a salir lo que has hecho. Ahora se manejan con mucha mano izquierda, con mucho ‘big data’. Tienen las herramientas para saber qué se está diciendo de ellos en tiempo real.

De hecho en algún momento escribe que los tertulianos saben que ellos pueden decir lo que quieran, pero también que si dicen algo inapropiado no volverán a la tertulia.

Claro, ellos saben perfectamente los límites, o sea, saben lo que se espera de ellos, la cuota que ocupan y hasta dónde pueden llegar para seguir ocupándola.

¿El premio ya es más visual y social que económico? Las tarifas han caído bastante, explica.

Depende de la persistencia con la que vaya uno. Antes se necesitaba un medio de comunicación y la tertulia era un complemento. Hoy en día ya hay muchísimos tertulianos que no tienen un medio detrás, ni falta que les hace.

Otra figura curiosa que sale en el libro es la del "disidente controlado".

La tertulia tiene una serie de normas no escritas, y una de ellas es que persigue la pluralidad, que siempre consiste en tener a alguien del sesgo contrario al general, que está siempre en minoría y que, desde el punto de vista del espectáculo, es una figura interesante, porque genera polarización. Pero, por supuesto, no puede ser cualquier disidente. El disidente controlado es una persona que sabes que va a opinar en contra, pero dentro de unos márgenes que son tolerables para la emisora en la que está.

¿Hay una guerra civil silenciosa entre periodistas y consultores por estar en las tertulias?

Cada vez es menos silenciosa. Muchos consultores además trabajan para los partidos, y claramente quieren ser colocados ahí y pueden hacer un trabajo mucho más eficaz para los partidos desde las tertulias que desde una posición más estándar de consultores. Los periodistas ahora mismo tenemos las de perder porque somos los que más dependemos del dinerito, que es cada vez menos, que sueltan las tertulias. Y hay muchos consultores que, además, hablan mejor que nosotros, están más documentados, van más limpios, tienen un pelo mucho más brillante y unos dientes mucho más blancos que los nuestros. Y el peligro es que no sabes quién hay detrás, si hay gobiernos extranjeros, si hay empresas, no sabes quién le está pagando a esa persona.

¿El tono del libro es de animadversión?

No, no. Yo siempre he querido acercarme desde la curiosidad, desde una especie de fascinación antropológica por el fenómeno. Yo nunca he querido ser tertuliano. Se me da mal. Soy antagónico al medio televisivo, hablo atropelladamente, digo muchas palabrotas… Bueno, eso sería una ventaja. Pero, en fin, que no soy un perfecto tertuliano ni lo quiero ser. Simplemente me llama mucho la atención y pienso que es algo que está ahí y que la gente percibe, pero que los periodistas nunca hemos contado, probablemente porque tenemos demasiada cercanía al fenómeno, porque tenemos muchas implicaciones de ataduras personales o económicas.

¿Qué recorrido cree que les queda a las tertulias en España? ¿Cómo serán en el futuro?

Tal y como está la cosa, el formato, por supuesto, va a seguir, porque es exitoso. Pero es verdad que cada vez pueden estar más contaminadas. Y empezarán a aparecer tertulias probablemente alternativas, ya está ocurriendo en internet, fuera de los medios ‘mainstream’. Y cada vez habrá más pugna por dominar el relato, porque si la gente empieza a percibir que las tertulias ‘mainstream’ están muy sesgadas para un sitio o para otro, o que los políticos son capaces de meter ahí a sus avatares, pues probablemente surgirán otros, no necesariamente mejores, pero sí más adaptables.

Habla de cómo los tertulianos jóvenes buscan ya el corte de 30 segundos para las redes sociales. ¿Cree que las redes están también cambiando las tertulias?

Sí. Ya cuando Pablo Iglesias entró a las tertulias no miraba al tertuliano que tenía enfrente, de derechas habitualmente, sino que miraba un poco a cámara, a su público, miraba a sus potenciales votantes que estaban ahí fuera y que estaban viendo a ver qué es lo que decía. Y, claro, eso se ha potenciado mucho porque ya, además, ya no solo lo puedes seguir en redes, sino que te grabas vídeos, las subes a tus canales, YouTube, el otro tertuliano te puede responder, o sea que ya has sacado una cosa que estaba contenida en una cajita, que era la tertulia, y has roto la cuarta pared y ya has prolongado la discusión o la bronca indefinidamente. Cuando vas a una tertulia sin moderadores, infinita, donde ya los tertulianos se pueden pelear unos con otros indefinidamente, ahí estás generando también un clima de confrontación que es mucho peor y que se traslada luego a la próxima tertulia. Ya es un ovillo del que es muy difícil salir.

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