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El vínculo entre las primeras espadas

Feijóo y Abascal intensifican su pugna, pero no se libran de su mutua dependencia

La tensa relación entre los dos dirigentes, con orígenes y trayectorias políticas dispares, se ha deteriorado en los últimos meses, marcados por desencuentros y acusaciones cruzadas

Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal.

Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal. / Agencias

Mariano Alonso Freire

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Madrid
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Las vidas de Alberto Núñez Feijóo, un gallego nacido en 1961 en una pequeña aldea de Orense, y de Santiago Abascal, un vasco de Amurrio (Álava) al que 'le nacieron', como suele contar, en Bilbao en 1976, podrían no haberse cruzado nunca. Incluso pese a que durante muchos años compartieron militancia y cargos -de gran relevancia el primero y de mediana el segundo- en el Partido Popular (PP), la formación en la que se forjó el líder de Vox antes de abandonarla para fundar la suya propia. Hasta la forma de llegar a esa militancia fue radicalmente distinta.

Feijóo terminó en ella tras ir encadenando cargos en la administración, y después de una juventud poco politizada y menos afecta a la derecha, en la que como ha relatado en multitud de ocasiones fue uno de los más de diez millones de españoles que le dieron al PSOE de Felipe González su histórico triunfo de 1982. Abascal, en cambio, llevaba esas siglas casi en los genes, y su militancia fue más bien un "alistamiento", como confesó en una entrevista en 2024 en ABC, cuando su padre, Santiago Abascal Escuza, un histórico del PP alavés fallecido en 2017, buscaba desesperadamente gente para rellenar las listas electorales, en una época en la que figurar en las candidaturas de la derecha española convertía a quien diera ese paso en objetivo de la banda terrorista ETA.

A la vista salta que sus personalidades y biografías tienen pocos puntos en común. Feijóo estrenó la paternidad de su único hijo bien entrada en la cincuentena, Abascal tiene cinco hijos con dos mujeres distintas; el líder del PP gusta, en la estela de su paisano y correligionario Mariano Rajoy, de tirar de retranca gallega y cierta ambigüedad para expresarse, y no rehúye los momentos de distensión con rivales políticos, mientras que el presidente de Vox es más bien adusto, sin ambages en sus declaraciones públicas, y presume de tomar café en el Congreso solo con diputados de su grupo o, como mucho, con algunos del PP.

Feijóo se curtió en la administración, gallega y central, con puestos como director del extinto Insalud o de Correos, antes de eclosionar como el presidente de la Xunta de Galicia más longevo después de Manuel Fraga; Abascal apenas ha ocupado cargos institucionales y, por el contrario, se ha batido el cobre en las acciones de agitación callejera, en los medios y en las redes sociales, los asideros a los que se agarró en la dura travesía de Vox como formación extraparlamentaria, algo que duró un lustro entero.

Dos caminos cruzados

Sea como fuere, sus caminos se encontraron hace cerca de cuatro años, cuando Feijóo sucedió la primavera de 2022 a Pablo Casado al frente del partido tradicional de la derecha, y de momento no parece que puedan separarse. El 2025 que termina ha sido, de los tres años completos vividos por Feijóo en Génova, en el que sus relaciones políticas, pero también personales, se han agrietado más.

Ambos han intensificado su pugna, pero sin poder librarse de su mutua dependencia. De encuentros risueños en los pasillos del Congreso y una interlocución fluida se ha pasado a una incomunicación, la del último semestre del año, interrumpida únicamente por causas de fuerza mayor, como fue el acuerdo para investir a Juan Francisco Pérez Llorca nuevo presidente de la Comunidad Valenciana en sustitución del dimitido Carlos Mazón. En su última rueda de prensa de 2025, a Abascal le preguntaron por si habían hablado recientemente y contestó aludiendo irónico a "los asuntos del corazón".

Ahora, tienen por delante el acuerdo al que de una u otra manera se tiene que llegar en Extremadura para que María Guardiola revalide su cargo como presidenta de la Junta, o la comunidad se verá abocada a una repetición electoral. Y en el horizonte inmediato aparecen las elecciones en Aragón, donde el enconamiento de Abascal y Azcón no es menor, las de Castilla y León, la primera región donde ambos formaron un Gobierno de coalición, antes incluso de la llegada de Feijóo, y Andalucía, donde en 2018 Vox salió de la marginalidad como partido y permitió el primer Gobierno de coalición del popular Juan Manuel Moreno, en aquella ocasión en coalición con Ciudadanos, que puso fin a cuarenta años de hegemonía socialista en la Junta de Andalucía.

En su enconamiento ha habido razones políticas de calado y otras más coyunturales, pero que han cortocircuitado en buena medida su entendimiento. Lo primero por el brusco giro imprimido por Feijóo a la política migratoria del PP, en línea con lo que ocurre con los partidos de su espectro en buena parte de la Unión Europea (UE), que entra en competencia directa con lo que hasta la fecha era casi una marca distintiva y exclusiva de Vox en la oferta electoral, pues solo la extrema derecha se atrevía a defender deportaciones de inmigrantes que delincan o reincidan, la reducción de ayudas sociales a quienes vienen de fuera o la restricción severa de figuras de acogida como el asilo, algo que hace ahora Feijóo, quien incluso en su rueda de prensa de balance del año se alineó inequívocamente con la actuación del alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, en el desmantelamiento del antiguo instituto B9 de la ciudad.

Bruselas, Ceuta y 'la pinza'

En el terreno menos de fondo, pero quizás el que pueda levantar más susceptibilidades, están las acusaciones cruzadas de complicidad o incluso 'pinza' con el PSOE. Abascal repite una y otra vez que el PP "pacta" con los socialistas en Bruselas y en Ceuta, aludiendo a la tradicional entente de populares y socialdemócratas comunitarios en las instituciones europeas, y a la abstención con la que los de Sánchez permitieron en 2023 al popular Juan Jesús Vivas, siempre muy enfrentado a Vox, presidir la ciudad autónoma. Nada dice, curiosamente, sobre el Ayuntamiento de Barcelona, en el que el PP de Daniel Sirera ejerció hace dos años el voto decisivo para entregar la alcaldía al socialista Jaume Collboni y arrebatársela al exalcalde convergente Xavier Trias, quien como candidato de Junts per Catalunya fue el más votado en la Ciudad Condal.

Más subrepticiamente, los populares llevan meses deslizando la especie de una supuesta entente entre el principal asesor áulico de Abascal, Kiko Méndez-Monasterio, y el ministro de Justicia y Presidencia, el socialista Félix Bolaños. Un rumor al que de manera algo críptica llegó a dar carta de naturaleza la ínclita diputada Cayetana Álvarez de Toledo en una de sus habituales preguntas al ministro en la sesión de control parlamentaria. En junio, durante el último encuentro cara a cara entre Feijóo y Abascal, en el despacho que el líder de la oposición tiene como tal en la primera planta del Palacio de las Cortes, Abascal se lo echó en cara, y le retó: "Enséñame las pruebas, y ceso a Kiko mañana mismo".

Mucho ha enturbiado también las relaciones entre ambos el indisimulado apoyo del PP a Atenea, el think tank con el que se descolgó este otoño el exportavoz parlamentario de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, abiertamente enfrentado a Abascal y aliado ahora con Javier Ortega Smith, otro viejo colaborador y antiguo amigo íntimo con el que el líder de Vox ha roto totalmente, como evidencia su destitución los últimos meses tanto de la Ejecutiva del partido como de la dirección del grupo parlamentario. E incluso Vox ha abierto una amplia vía de confrontación con la hasta ahora considerada presidenta autonómica más próxima a sus planteamientos, Isabel Díaz Ayuso, cuya política de exenciones fiscales para la adquisición de vivienda a extranjeros en la Comunidad de Madrid ha sido duramente criticada por una de las estrellas emergentes de Vox, el diputado y académico Carlos Hernández Quero, uno de los jóvenes valores con el que Abascal pretende marcar el paso de la 'lepenización' de su formación, enfocada cada vez más al votante de los barrios obreros y menos significado o escorado ideológicamente hacia la derecha.

Aunque en muchos ambientes y círculos de opinión, singularmente de la izquierda, se dé por hecho, hoy por hoy es una incógnita si Feijóo, en caso de derrotar cuando toque a Pedro Sánchez, gobernará o no en coalición con Abascal, quien en 2024 dio una gran campanada al abandonar ipso facto (y no sin importantes resistencias internas) todos y cada uno de los ejecutivos de coalición con el PP en varias comunidades autónomas. El líder del PP cerró el pasado verano el congreso de su partido apostando a las claras por un gobierno en solitario, algo que volvió a hacer el pasado 29 de diciembre en su rueda de balance del año. Aunque en las autonomías ya nadie cierra las puertas a sentar de nuevo a la extrema derecha en los gobiernos, tampoco la extremeña Guardiola, considerada la mayor antagonista de Vox dentro de las filas populares.

En el particular cuento de la lechera de Feijóo parece imperar una máxima: si como ha ocurrido en Extremadura la victoria del PP es muy holgada, sumando en este caso más escaños que toda la izquierda junta, incluso más que el PSOE y Vox, los de Abascal estarán obligados a facilitar un gabinete popular monocolor, algo que en el caso extremeño sería posible con una simple abstención. Y a eso aspira a poder reproducir, cuando llegue el momento, en el Congreso de los Diputados.

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