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La volatilidad y las emociones negativas: así cambian las estrategias políticas en España

Todos los partidos explotan el miedo, el rechazo o la rabia, que movilizan más que nunca a los electores

Los expertos lo achacan a movimientos derivados del relevo generacional o de los cambios en las estructuras de comunicación

Pedro Sánchez se hace un selfie con un simpatizante en la apertura de la campaña extremeña, en Plasencia.

Pedro Sánchez se hace un selfie con un simpatizante en la apertura de la campaña extremeña, en Plasencia. / Toni Gudiel

Daniel G. Sastre

Daniel G. Sastre

Barcelona
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¿Qué hay detrás de la humillante derrota del PSOE en las elecciones extremeñas? ¿Qué parte de culpa tiene el candidato, el ya dimitido Miguel Ángel Gallardo? ¿Algún otro aspirante podría haber resucitado las opciones socialistas? ¿Cómo ha logrado Vox un resultado tan espectacular con un cabeza de cartel prácticamente desconocido incluso dentro de su comunidad? ¿Cuántos de los votos que se han llevado el PP y, sobre todo, Vox vienen directamente del antisanchismo, de la ira contra el presidente del Gobierno? Son algunas de las preguntas que circulan estos días dentro de los partidos y en los medios de comunicación. Todas dejan un amplio espacio a las conjeturas; la última de ellas, además, abre la puerta a certificar de nuevo uno de los consensos más sólidos de la ciencia política: el papel fundamental que tienen en los últimos tiempos las emociones negativas como motor del electorado.

Si, como insisten sobre todo en el PP, el rechazo a Pedro Sánchez es una de las principales razones del batacazo socialista en Extremadura –tanto por la vía de movilizar a sus adversarios como por la de hacer que se queden en casa los votantes tradicionales del PSOE–, al presidente le espera un via crucis cuyas siguientes paradas son las autonómicas de Aragón, Castilla y León y Andalucía. "Con el antisanchismo se ve muy bien que hay una cosa que está cambiando: cada vez nos define más lo que no somos, o lo que no nos gusta, que lo que somos. No solo nuestras identidades son menos estables, sino que son mucho más en negativo", dice Ignacio Jurado, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford.

"Cada vez nos define más lo que no somos"

Ignacio Jurado

— Investigador del CSIC y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford

Tanto él como otro experto, el director del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales (ICPS) y profesor de la UAB Oriol Bartomeus, subrayan que el componente emocional no es ni mucho menos nuevo como motor de las decisiones políticas: no es que antes primase el programa electoral y sentimientos como el miedo o la ira, que tanto explotan ahora determinados partidos, no tuvieran ningún papel. "La política es emoción, desde siempre. En 1982 –con la histórica victoria de Felipe González– hubo emoción; en 2004 –con la de José Luis Rodríguez Zapatero tras los atentados del 11M–hubo emoción. Lo que hay, yo creo, es un cambio en las emociones, pero no solo en la política, porque en el fondo la política es un reflejo de la sociedad. Lo que hay ahora es una especie de emotividad a flor de piel: hay un cierto fanatismo, todo es blanco o negro, todo es fundamental y trascendental. También en la vida normal de la gente, o en la música, por ejemplo", explica Bartomeus.

Tampoco es, evidentemente, un fenómeno localizado, sino que en todo el mundo triunfan formaciones y líderes que apelan a las reacciones viscerales del electorado. Todas las opciones políticas intentan aprovechar ese viraje de la sociedad hacia el "consumo de electroshock", como lo define el director del ICPS. Así como el PPexplota el rechazo a Sánchez, o Vox el miedo al inmigrante, el PSOE ha echado mano ya en varias ocasiones del temor a que la extrema derecha llegue al Gobierno. En las generales de 2023 le salió bien, y retuvo el poder contra pronóstico; en Extremadura, donde el partido se presentó bajo el lema 'Hazlo o lo harán' (que animaba a votar para evitar un nuevo pacto entre PP y Vox), ha sido un desastre. "Estamos en un momento en que la emoción dominante es el miedo. El miedo a la extrema derecha, la rabia al sanchismo... Todo muy llevado al extremo", insiste Bartomeus.

Ruptura entre jóvenes y mayores

También la abstención está condicionada por estas emociones, y por otra de las características claves de los electorados modernos: la volatilidad. Los votantes jóvenes, según se desprende de todas las encuestas, son mucho menos fieles a un partido que los mayores. "Son vasos comunicantes", piensa Ignacio Jurado. "Como no se puede confiar en lealtades arraigadas y estables, los partidos buscan movilizar con estímulos de mucho más corto plazo. Esa volatilidad les empuja hacia estrategias que privilegian impulsos más primarios, y más cortoplacistas", asegura.

En la misma línea, Bartomeus añade otra clave: "El voto no solo es más volátil sino que no dura. Yo puedo haber votado el domingo a Vox y el lunes no sentirme ya vinculado a lo que he hecho. Este es el cambio más grande, hay una ruptura en el tiempo muy fuerte. O a lo mejor hay quien el domingo votó al PP para evitar que dependiera de Vox, pero eso no quiere decir que apoye a María Guardiola, la votó por una cosa y ya se desentiende. Es el tipo de decisiones que tomamos constantemente en la vida. Es lo que yo llamo los fanáticos efímeros".

En este nuevo paradigma, los encargados de las campañas electorales en cada partido están abocados a convertirse en unos virtuosos del estudio de las emociones, porque, como dice el director del ICPS, si lo que tienen que perseguir es el "impacto momentáneo" que provoque el voto a su formación, "no solo tienen que tocar la tecla de la emoción correcta, sino que tienen que tocarla en el momento correcto: si lo hacen muy pronto, la emoción ya habrá bajado, hay que afinar mucho". "Mira lo que pasó el 23J de 2023: una semana antes de las elecciones, [Alberto Núñez] Feijóo era presidente. Y esa última semana pasó algo, que nadie sabe muy bien qué fue, que le dio la vuelta a la situación", insiste Bartomeus.

"Feijóo era presidente una semana antes del 23J. Nadie sabe qué pasó"

Oriol Bartomeus, director del ICPS y profesor de la UAB

Jurado apunta a otra circunstancia de por qué ha cambiado la situación. "El entorno comunicativo actual, marcado por mensajes cortos y redes sociales, favorece este tipo de mensajes emocionales negativos, que resultan más eficaces y mejor adaptados a estas plataformas", dice. La misma estructura vertiginosa de la comunicación actual favorece la efectividad de las emociones negativas como elemento político.

La calidad de la democracia, en juego

La tendencia a abrazar las emociones negativas como motor electoral parece inamovible, pero ¿propicia una caída de la calidad de las democracias? Jurado cree que sí, aunque "ir a una democracia de libro de texto tampoco sería ideal". Las emociones, como elemento clásico del cóctel electoral, ""tienen también un componente igualitarista: todos podemos sentir emociones". "No podemos tener una política basada en emociones, pero tiene que haber una parte de emoción para que la política funcione bien. Además, sin emociones probablemente mucha gente no votaría", se explica.

La pregunta del millón es qué podrían hacer las opciones tradicionales para intentar evitar la fuga de votos hacia las formaciones populistas que lleva aparejado este auge de las emociones negativas. "Soy relativamente pesimista, porque es difícil de manejar y porque muchos partidos mainstream están haciendo lo mismo que ellos", sostiene el investigador del CSIC. "El problema seguramente es que las causas que explican la situación no son coyunturales, sino que son estructurales. Y veo difícil que ningún partido pueda escapar de esta espiral. Los electorados se configuran mucho más en negativo. El terreno de juego está cambiando, y los partidos tienen que adaptarse".

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