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Barómetro del CEO

Vox apuesta por la no confrontación con Aliança mientras no adopte un perfil excesivamente independentista

Los de Abascal detectaron ya en 2017 el impacto en Cataluña de su discurso contra la inmigración

El presidente de VOX, Santiago Abascal.

El presidente de VOX, Santiago Abascal. / Manuel Ángel Laya - Europa Press

Mariano Alonso Freire

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Madrid
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El auge de Aliança Catalana que este lunes confirmaba el último barómetro del Centre d`Estudis d'Opinió (CEO), que sitúa ya a los de Sílvia Orriols disputándole a Junts per Catalunya la tercera plaza del Parlament, a muy poca distancia de ERC, no ha sorprendido en la derecha española. En las salas de máquinas de Génova y de Bambú -la calle del norte de la capital donde se ubica la sede de Vox- se lleva tiempo estudiando el fenómeno de la alcaldesa de Ripoll, que con un discurso de extrema derecha y unas coordenadas independentistas se ha convertido en el gran fenómeno político del momento.

En tanto que formación que a ojos vista resta fuerza a Junts no se percibe como un problema, e incluso en el Partido Popular (PP) llevan tiempo pensando que es un factor que ha forzado a los de Carles Puigdemont a escenificar su ruptura reciente con Pedro Sánchez, dado que si bien en los planes de Aliança no está concurrir a unas elecciones generales, en caso de cambiar de opinión y hacerlo provocarían una crisis aún mayor en el espacio posconvergente. Pero incluso así, los de Santiago Abascal tienen claro que no es el momento de abrir una confrontación o un cuerpo a cuerpo con ellos, a pesar de las notorias y antagónicas diferencias. O al menos no mientras los de Orriols prioricen su discurso contra la inmigración frente a sus postulados claramente en favor de la independencia de Cataluña.

Para entender esta actitud del líder de Vox hay que remontarse casi a los orígenes del partido. En el verano de 2017, cuando Abascal y sus compañeros de andanzas (sobre todo dos con los que ahora está irreconciliablemente enfrentado: Javier Ortega Smith, aún diputado y portavoz en el Ayuntamiento de Madrid, y el exportavoz parlamentario Iván Espinosa de los Monteros, ya fuera de la primera línea) vivían la travesía del desierto del extraparlamentarismo que terminaría un año después en las elecciones andaluzas, la entonces mucho más precaria estructura de la extrema derecha detectó que su discurso empezaba a prender en Cataluña.

Y contra todo pronóstico no era, a apenas semanas de que se produjera el referéndum del 1 de octubre, por su abierta oposición al procés, que incluso llevó a los tribunales, como luego se vería en la acusación particular en el juicio de 2019 en el Tribunal Supremo (TS). Antes al contrario, se trataba de varias diatribas, lanzadas entonces fundamentalmente a través de las redes sociales, contra el islamismo, coincidiendo con los atentados yihadistas de Barcelona y Ripoll de aquel agosto. Es decir: la misma palanca que activó a Orriols, no en vano alcaldesa de la localidad de marras.

Una década de cambios

Ha pasado casi una década y mucho ha cambiado desde entonces. Y en primer lugar que Orriols y Abascal no son precisamente actores secundarios de la vida política española y catalana. Fuentes de Vox explican que su estrategia pasa por no confrontar ni buscar el cuerpo a cuerpo con Aliança Catalana, aun cuando no creen que ahora mismo suponga una amenaza para una formación a la que el mismo sondeo del CEO le da buenas noticias, pues la formación que lidera Ignacio Garriga -secretario general a nivel nacional y como tal número dos de Abascal- mantiene e incluso mejora ligeramente su resultado de las autonómicas de 2024, e incluso estaría en disposición de superar al PP catalán que todavía lidera Alejandro Fernández.

La razón principal de esta estrategia es que no cabe confrontación con un partido que, en lo sustancial y fundamental de su discurso, basado en propuestas contra la inmigración, es muy parecido sino idéntico. Salvo, claro está, que se toque la cuestión identitaria o nacional, donde las posiciones independentistas y las de Vox son obviamente dispares. Y a ello se suma que la figura de Fernández, por contra, aparece demasiado ligada a la época del procés, un asunto, quién iba a decirlo, ya no tan principal para Vox.

Por lo demás, y al margen del fenómeno Orriols, Vox aplica una lógica elemental a la hora de priorizar su discurso en Cataluña, y es que se trata de una de las comunidades españolas con mayor presencia migratoria. La misma lógica que llevó a Alberto Núñez Feijóo a presentar recientemente su plan migratorio, ese que endurece notablemente la postura al respecto del PP, en Barcelona.

Pero incluso saliendo de Cataluña, Vox observa que las posturas duras en inmigración son, cada vez más, un denominador cuya base se empieza a extender. Este mismo lunes el portavoz nacional de la formación, José Antonio Fúster, presumía de haber recibido querellas por haber aportado datos sobre los porcentajes de extranjeros que habían cometido delitos, cuando ahora ya es algo que han empezado a hacer tanto los Mossos d'Esquadra como la Ertzaintza el País Vasco, donde gobiernan en coalición el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y el PSE.

En Vox, un partido no en vano liderado por un vasco, se observa con perplejidad, pero también como un síntoma de que están en el buen camino, que incluso en el mundo de la izquierda abertzale estén brotando, aun tímidamente, posturas críticas con la migración de origen islámico.

Si hace ocho años alguien hubiese vaticinado que Abascal no iba a priorizar su discurso en defensa de la unidad de España u hostilmente contrario al nacionalismo catalán por encima de cualquier otro aspecto ideológico, puede que hubiera sido tomado por loco. Pero el líder de la extrema derecha tiene cada vez más clara su hoja de ruta, la que según las encuestas le permite consolidar su lugar como tercera fuerza española y como tal imprescindible para cualquier cambio en el Gobierno.

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