50 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FRANCO
Memorias del franquismo, un tiempo de "silencio, atraso y represión"
Cinco españoles nacidos entre las décadas de 1930 y 1970 rememoran los años de la dictadura y cómo vivieron el día de la muerte de Franco
La hambruna española: así usó Franco la falta de comida en la posguerra como herramienta de represión
Hijas, esposas y madres: mujeres sumisas bajo el franquismo
¿Cómo se enseñaba el franquismo en las escuelas del franquismo?

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Con motivo del 50 aniversario de la muerte de Franco, cinco españoles nacidos entre los años 30 y 70, uno por década, rememoran aquel día… y los que vivieron antes. / VÍDEO: J.FERNÁNDEZ / J. OTIX / M. MITRU / J.L. ROCA / M. TUDELA

La memoria del franquismo se compone de tantas como españoles lo vivieron. En un país que sigue sin dotarse de un relato oficial y consensuado de aquellos años medio siglo después de la muerte de Franco, la mirada sobre la dictadura ha de ser, necesariamente, poliédrica y está condicionada por la edad de quien la proyecte y por el momento histórico en el que repare.
Cinco españoles nacidos entre las décadas de 1930 y de 1970, con perfiles muy diferentes pero trajectorias vitales y profesionales afectadas por el franquismo, repasan aquellos años y las expectativas con que vivieron el fallecimiento del dictador en noviembre de 1975.

Pere Trés / Jordi Otix
Solo tenía cinco años de edad, pero Pere Terés recuerda vívidamente ver desfilar a las tropas franquistas en enero de 1939 desde el balcón de los juzgados de Mataró (Barcelona), donde su padre trabajaba de oficial. También recuerda el ruido que hacían los aviones italianos que surcaban el cielo cargados de bombas para soltarlas sobre Barcelona, y el miedo que había a la violencia que se vivió en la retaguardia, y la hambruna que vino después, y las cartillas de racionamiento, y la disciplina férrea, y, sobre todo, el silencio. "Era solo un niño, pero entendí rápido que había temas de los que no se podía hablar. Y la gente… pues se acostumbró a aquello", relata.
De carácter dócil y poco dado a la bronca, él también se adaptó a vivir sin hacer demasiadas preguntas. "Hice caso a mi padre, que me dijo: no te metas en política", recuerda. No le dio por escuchar emisoras del exterior ni por implicarse en la lucha antifranquista. "Los que no teníamos un familiar o un conocido que nos hablara de lo que verdaderamente pasaba y de cómo se podía combatir, no teníamos forma de sumarnos a la lucha. Y el ambiente no lo propiciaba, porque no se podía hablar de nada. La dictadura extendió en el país una falsa sensación de tranquilidad. En realidad, le comió el coco a la gente", cuenta.
La "verdadera realidad" la descubrió más tarde, tras acabar la carrera de Derecho, cuando conoció a personas que le hablaron de la tortura y la represión que él no había conocido. En esos años también logró entrar en contacto con el exilio. A través de amigos y familiares comunes, llegó a entrevistarse varias veces con Josep Tarradellas en Francia y en Suiza. "Poco a poco fui tomando conciencia de lo que pasaba aquí, y de las privaciones que teníamos que padeceer y que no sufrían en el resto de Europa", recuerda.
En 1974, siendo decano del Colegio de Abogados de Mataró, tuvo "el atrevimiento" de enviarle una instancia al mismísimo Franco, en nombre de la institución que presidía, para pedirle que le conmutara la pena de muerte a Salvador Puig Antich. "Las dos cosas que demandé en esa carta no se me concedieron: ni el perdón para Puig Antich, ni el ‘Dios guarde a usted muchos años’ con el que me despedí educadamente. Al final, la pena de muerte se ejecutó y Dios se llevó a Franco de este mundo un año más tarde", recuerda a sus 91 años. Su testimonio es uno de los 146 que forman parte del ensayo sobre la contienda civil española 'Els desastres de la guerra'.
En la madrugada del 20 de noviembre de 1975, un amigo le sacó de la cama para darle la noticia. "Ya, ya ha pasado, ya se ha muerto Franco", rememora. Sabe que en muchas casas se descorcharon botellas de cava para celebrar la noticia, pero no fue su caso. "Sentía que había acabado un tiempo oscuro, pero había tardado demasiado en ocurrir. Personalmente, no tenía ganas de brindar, sino de ver que las cosas cambiaban al fin en el país", confiesa.

Gonzalo Pontón / MANU MITRU
A pesar de ser un implicado activista antifranquista, el día de la muerte de Franco no está grabado en la memoria de Gonzalo Pontón como una jornada de alegría. No hubo descorches de botellas de cava en su entorno ni celebraciones a la altura de un acontecimiento que llevaba años deseando y semanas dando por amortizado. "En realidad, Franco llevaba muerto muchos días. Para nosotros, el interés era saber qué iba a pasar después, porque estábamos convencidos de que su muerte no significaba la muerte del franquismo", recuerda.
Ese "nosotros" lo formaban el resto de camaradas del PSUC, partido en el que militaba en la clandestinidad, y los compañeros de la Assemblea de Catalunya en la que solía participar mientras trabajaba como editor en el sello Ariel y echaba una mano en las luchas sindicales del momento. "El 20-N no nos fuimos de fiesta, nos marchamos a apoyar unas huelgas que había en varias empresas del Baix Llobregat para evitar que decenas de trabajadores se fueran a la calle. Teníamos claro que la lucha debía continuar", recuerda.
Su sospecha partía de lo que llevaba treinta años viendo a su alrededor. "El franquismo no fue una panda de generales brutos pegando sablazos a la gente, también fue un sistema social y cultural que creó una red de apoyo, y esa gente, que no era poca, estaba encantada, aunque el resto no tuviera libertad", analiza.
Por eso, Pontón pone mucho acento en la necesidad de que se cuente "la realidad de la dictadura" en los colegios. "Los jóvenes que dicen que con Franco se vivía mejor deben conocer el hambre, la miseria, el adoctrinamiento y la represión que sufrimos aquellos años. Yo lo viví, yo no hablo de teorías, hablo de práctica y vivencias. En la España de las cartillas de racionamiento y el estraperlo, pertenecer o no pertenecer a la Iglesia o a la Falange podría hacer que consiguieras penecilina para un familiar enfermo o que se muriera de infección. En las escuelas no se enseñaba lengua ni matemáticas, o no era lo importante. Lo importante era que fuéramos buenos católicos y rezáramos todos los días. Dudo que los jóvenes añoren algo parecido a esto, pero eso fue la dictadura franquista", advierte.

María Isabel Porras / EPC
España no tuvo ministerio de Sanidad desde el final de la Guerra Civil hasta la restauración de la democracia. Durante el franquismo, la gestión de la atención sanitaria estuvo repartida entre dos entidades: el Seguro Obligatorio de Enfermedad, dependiente del ministerio de Trabajo, que quedó en manos de la Falange; y el Servicio de Salud Pública, que dependía del ministerio de Gobernación y lo gestionaron médicos militares nacionalcatólicos. "La ideología del régimen influyó en el sistema sanitario y generó disfunciones, duplicidades, y deficiencias que impactaron en las crisis que hubo en esos años, como la epidemia de poliomielitis", explica la doctora María Isabel Porras Gallo, editora del ensayo 'Salud, enfermedad y medicina en el Franquismo' que ha investigado aquel brote epidémico y la atención sanitaria que el régimen ofrecía en esos años. "En los años 20 y 30 del siglo pasado, España se fue recuperando del retraso que sufría respecto a Europa en cuestiones de asistencia médica, pero la guerra y el franquismo supusieron perder los avances logrados y volver a atrás", explica.
La “influencia ideológica” del régimen en el campo sanitario se dejó notar especialmente en las cuestiones de salud mental. “Todo lo que se saliera del modelo nacional católico se consideraba una patología. Hay, incluso, manuales que consideraban un problema psiquiátrico el hecho de ser rojo”, explica la doctora, que cataloga la atención de salud mental que se brindaba en esos años de “biologicista y represivo, sobre todo hacia las mujeres”. El resultado de aquel plan de asistencia sanitaria, dice, fue la condena a la marginación social a quienes tuvieran un comportamiento ajeno a canon establecido.
La muerte de Franco pilló a Porras Gallo empezando la carrera de Medicina en la Universidad Complutense y recuerda que aquel acontecimiento tuvo dos consecuencias inmediatas en su día a día. "Cuando volvimos a clase tras el luto oficial, a los estudiantes nos llamó la atención que habían desaparecido los policías que había permanentemente instalados en el interior de la facultad. También cambió el plan de estudios. Las asignaturas de Religión y Formación del Espíritu Nacional, que hasta entonces eran obligatorias, desaparecieron del programa lectivo", recuerda.

Pedro Vera / EPC
Con ocho años recién cumplidos, a Pedro Vera le tocó dar cuenta de dos difuntos el 20 de noviembre de 1975. El que más le impactó fue el que vio en carne yacente y hueso. "Es día le dio por morirse también a la señora Fuensanta, vecina de mi calle, y mi madre me llevó al velatorio. Nunca olvidaré ver aquel cadáver en el ataúd, con un pañuelico rodeándole la cara y dos algodones en los orificios nasales", describe. Sobre el otro, el muerto que ese día pasó a la historia, solo tiene referencias tangenciales. "Me extrañó que en la tele no hubo dibujos animados esa tarde y solo daban música clásica. Pensé: aquí pasa algo raro", recuerda, y añade contexto. "En los últimos años del franquismo, al menos donde yo vivía, la gente no hablaba de la dictadura. Los críos hacíamos bromas con la figura de Franco y no imaginábamos que ese señor flacucho y tan poca cosa era lo que era".
Todo eso lo supo después. "Yo no tomé conciencia de lo que había supuesto la dictadura hasta varios años más tarde, cuando mis padres empezaron a hablar del hambre que soportaron en la posguerra, de la represión y el silencio que se impuso en el país y de lo mal que lo habían pasado todos esos años", rememora.
A través del humor y la sátira, Vera ha retratado en multitud de historietas –muchas de ellas publicadas en la revista 'El Jueves'– a "fachas, rancios y otros personajes típicamente franquistas". Pero advierte: "El franquismo no hay que tomárselo a cachondeo. Fue una época atroz en la que se siguió persiguiendo, torturando y asesinando a mucha gente mucho después del final de la guerra. En realidad, la Guerra Civil no se acabó hasta que se murió Franco".

Eugenio Merino / José Luis Roca
Por escasos cinco meses, Eugenio Merino puede presumir –es un decir- de haber vivido el franquismo. Sin embargo, no hay en su obra artística otra referencia que haya impactado más que las décadas de dictadura que no conoció, precisamente por eso, porque nadie se las contó. "En los años 80, cuando yo crecí, nadie en este país quería hablar de Franco. Su legado estaba presente en los vestigios, en los nombres de las calles, en la historia, pero no se explicaba lo que había pasado. La Movida fue una expresión de ese deseo de no querer mirar atrás y ni siquiera en los colegios se tocaba nunca a esa etapa en las clases de historia", recuerda.
Tras estudiar Bellas Artes, el inicio de su carrera artística coincidió con una eclosión de estudios históricos, en la década del 2000, que empezaron a rasgar el silencio que había cubierto esa etapa de nuestro pasado reciente. "De pronto, aparecieron centenares de campos de concentración de los que nadie había hablado y comenzaron a abrirse fosas que llevaban décadas cerradas. Para alguien que entiende el arte como una herramienta de transformación y educación, como es mi caso, la memoria histórica se convirtió en el gran tema a tratar", explica.
La obra que mejor resume su vocación didáctica referente al pasado fue 'Always Franco', en la que introdujo una escultura del dictador en una nevera de Coca-Cola. La expuso en Arco en 2012 y, para su sorpresa, se convirtió en el gran escándalo de aquella edición de la feria de arte. "Nunca imaginé que una pieza cargada de sentido del humor que perfectamente podría haber salido en la revista satírica 'Hermano Lobo', llegara a armar tanto revuelo", recuerda. La creación le costó un litigio con la fundación Francisco Franco que acabó ganando tras varios años de contenciosos.

Obra 'Always Franco', de Eugenio Merino / V
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