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Terrorismo internacional

El yihadismo diez años después de Bataclan: más digital, más joven y más africano

Una nueva presión policial ha modificado las formas del terrorismo islamista, que trasladó sus bases al Sahel y recluta muyahidines más jóvenes

Altar improvisado en la plaza de la República de Paris, en homenaje a las víctimas de los ataques yihadistas del 13 de noviembre de 2015.

Altar improvisado en la plaza de la República de Paris, en homenaje a las víctimas de los ataques yihadistas del 13 de noviembre de 2015. / Edgar Sapiña Manchado EFE

Juan José Fernández

Juan José Fernández

Madrid
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Antes del ataque que sufrieron la sala Bataclan y otros puntos de París el 13 de noviembre de 2015, con 130 muertos, no conocían los europeos los niveles oficiales de alerta terrorista, ni se hablaba de la “autorradicalización” en redes sociales, ni se miraba al Sáhara como la caliente olla yihadista que es hoy.

La amenaza desde entonces se mantiene vigente, si bien transformada. En estos diez años se recrudeció la guerra occidental contra las bases de Estado Islámico en Oriente Próximo, se edificaron normas con las que Europa adoptó una actitud securitaria en detrimento de su viejo relax, y una nueva presión policial ha modificado las formas del terrorismo islamista.

Europa ha ido aprendiendo a base de golpes de los llamados “de alta letalidad”. Para Carlos Igualada, director del Observatorio Internacional de Estudios sobre el Terrorismo (OIET, creación de la asociación vasca de víctimas COVITE), Occidente está hoy más seguro que en 2015. “Si bien no se puede garantizar la seguridad al 100% -matiza-, la forma en la que se hace frente al terrorismo es mucho más eficiente que hace una década, porque se conocen mejor los desafíos que plantea”.

Este es el parte de una guerra que no ha acabado.

Fuerzas especiales de la policía belga, en una operación antiterrorista en el barrio bruselense de Molenbeek,en noviembre de 2016.

Fuerzas especiales de la policía belga, en una operación antiterrorista en el barrio bruselense de Molenbeek,en noviembre de 2016. / Laurent Dubrule EFE

El 26 de junio de 2015, después de los atentados de Charlie Hebdo y las áreas turísticas de Túnez, la Mesa de Evaluación de la Amenaza del Ministerio del Interior elevaron la alerta antiterrorista al nivel 4, máximo conocido: el 5, tope de la escala, contiene medidas nunca desplegadas, cuyo catálogo es materia reservada... y, según sea el caso, discrecional.

Desde entonces, ningún ministro del Interior español ha hallado razones para retornar al nivel 3. Bajar la alerta es un riesgo del que tiene dolorosa experiencia este país, buen conocedor del terrorismo: el 30 de diciembre de 2006, ETA voló un parking de la terminal 4 de Barajas cuando el gobierno Zapatero confiaba en sus negociaciones.

La matanza de Bataclan es un clavo remachado en la escala de alerta. Los atentados y los hallazgos policiales han variado en intensidad y frecuencia en Europa estos diez años, pero han mantenido la gravedad suficiente como para que diversos países europeos escenarios de ataque hayan mantenido sus alertas.

Francia está en el máximo nivel, el de “urgencia de atentado”, principal en la escala local Vigipirate. La razón, el “deterioro de la seguridad” en Oriente Próximo, es la misma por la que Alemania está en el nivel “elevado”. En este caso, también por la reciente detención de tres hombres acusados de preparar atentados para la milicia palestina de Hamás.

Se acerca además la Navidad, época de mercadillos que han sido objetivo de los terroristas. En Bélgica, el Órgano de Coordinación para el Análisis de la Amenaza mantiene el nivel 3 de 4 desde que, en 2023, fueran asesinados por un yihadista dos suecos que habían viajado para animar a su selección de fútbol.

El Reino Unido es excepción con una escala que oscila más, pero su servicio de seguridad aprecia un riesgo “sustancial”, 3 de 5.

Abdelhamid Abaaoud, cerebro de los atentados de Bataclan y Estade de France, en una foto publicada por Dabiq, la revista de Estado Islámico.

Abdelhamid Abaaoud, cerebro de los atentados de Bataclan y Estade de France, en una foto publicada por Dabiq, la revista de Estado Islámico. / El Periódico

Hace 10 años, el belga-marroquí Abdelhamid Abaaoud tenia 27 años cuando se convirtió en el cerebro de los ataques de París. Cinco días después, lo abatía la policía francesa en Saint Denis. Y tenía 31 años el coordinador de la matanza en la sala Bataclan, Osama Atar; la misma edad que tenía uno de los que disparó en las terrazas de los bares vecinos, Brahim Abdeslam. Otros asesinos andaban por el mismo rasgo de edad: Salah Abdeslam, 26 años; Ismael Omar Morfetai, 29 años; Samy Aminaour, 28

Las filas de los terroristas se han rejuvenecido. Según datos analizados por la Guardia Civil, entre 2018 y 2022 los autores de ataques yihadistas en Europa tenían ya entre 20 y 25 años de media. Desde ese cuerpo policial aseguran que “la media ha bajado con las operaciones policiales de los últimos años”, golpes en los que caen a menudo menores que, sentados ante un ordenador, cavilan cómo matar o cómo hacer que otros maten. La media ahora oscila entre los 18 y los 23 años.

En ocasiones, el terrorista aprendiz que detectan los guardias civiles de Información es tan joven y está en una fase tan inicial de transformación que los agentes optan por avisar a los padres en vez de hacer una detención que, probablemente, no ayudaría al retorno a la normalidad del sujeto.

Cree Carlos Igualada, el experto del OIET, que este rejuvenecimiento está “asociado a la forma en que se producen la radicalización, esencialmente en espacios virtuales”. Quienes difunden en redes sociales y videojuegos el contenido extremista “saben que los jóvenes son más vulnerables al estar cognitivamente aún en proceso madurativo”, explica.

Hay un espacio más reservado para el reclutamiento de adultos: la prisión. El potencial del proselitismo entre rejas ha crecido, según fuentes policiales. Una de las razones es el aumento de los presos por delitos de yihadismo, especialmente en Francia “donde la población reclusa musulmana es enorme”, señala Francisco José Macero, funcionario de Instituciones Penitenciarias y experto miembro, por el sindicato ACAIP, de la red europea RAN de alerta sobre radicalismo.

En las prisiones españolas “el principal cambio en estos años ha sido la adaptabilidad que han demostrado a la hora de radicalizar”, explica Macero. Los reclutadores “han pasado de hacerlo abiertamente a hacerlo por grupos. Antes, dirigiendo la oración y siendo claramente los líderes del grupo; ahora intentando pasar desapercibidos. Ya no se les detecta por la indumentaria o por ser muy religiosos. Eligen a su objetivo y luego gastan el tiempo en espacios más íntimos, como la celda, para atraerlos a su causa”.

Un documento reciente del ministerio del interior francés contiene una advertencia del hoy subdirector de la policía judicial gala, Philippe Chadrys. Es el hombre que, como segundo jefe de la SDAT (Sub-Direction Anti Terroriste), investigó los crímenes de Bataclan, el caso que las policías europeas conocieron con las siglas V13. “No debemos bajar la guardia aunque el ISIS haya sido desmantelado. Ha cambiado de forma, con un número creciente de menores involucrados”, dice. O sea, ha pasado de ser la sanguinaria leva de adultos para el frente de Siria a la siembra de muyahidines recién salidos de la adolescencia.

Una pintada yihadista en una cárcel castellana reproduce la bandera del ISIS, que ondea un hombre a la derecha.

Una pintada yihadista en una cárcel castellana reproduce la bandera del ISIS, que ondea un hombre a la derecha. / El Periódico

En marzo de 2019, una coalición internacional y los golpes kurdos acabaron con el califato de ISIS en territorio sirio. El Estado Islámico ya estaba trasladando su guerra, al poco, a un gigantesco e incontrolable espacio sahariano.

Tres factores abonan la nueva raíz africana: el control de fronteras en el Sáhara precisa de fuerzas militares y policiales de las que carecen estados del Sahel tan precarios como Mali, Níger y Burkina Faso. Las misiones europeas de ayuda militar y policial han fracasado y han sido expulsadas de la zona, sin que las milicias rusas que las han sustituido hayan heredado un objetivo de lucha antiyihadista: prefieren el control de recursos minerales.

El tercer factor es la violencia extrema. Rodrigo Gaona, comandante de la Guardia Civil, que fue mando en la misión de adiestramiento Gar-Si Sahel, ha explicado a este diario cómo las guerrillas yihadistas consiguen adeptos: “Son hombres muy pobres, y han visto cómo, en el pueblo de al lado, a los que se negaron a integrarse en la guerrilla les han cortado la cabeza”.

Por ahora todo el Sáhara suroccidental no se convierte en un enorme estado islámico por la guerra que mantienen Al Qaeda e ISIS, o sus franquicias locales JNIM y Estado Islámico del Gran Sáhara. Pero “parece ser cuestión de tiempo que Mali quede bajo control de grupos yihadistas, lo que podría abrir la puerta al establecimiento de un estado regido por la sharía similar al implantado en 2021 por los talibán en Afganistán”, apunta Igualada.

Entre tanto, ISIS tiene otro manantial en Pakistán, de donde proceden los terroristas de IS Khorasan capturados en Europa y expulsados de puntos clave como Barcelona.

El Observatorio Internacional de Estudios sobre el Terrorismo recoge en sus informes mensuales pequeños reinicios de actividades terroristas en Siria, “en zonas rurales o montañosas en las que se generan vacíos de poder y en las que el grupo terrorista ha sido capaz de sobrevivir”, explica su director.

Aunque el yihadismo perdió su gran base física sirio-irakí, conserva su territorio virtual: un enorme califato en internet cuya principal producto de exportación es la propaganda.

Mohamed Yassin Amrani, durante el juicio celebrado en la Audiencia Nacional por un plan para atentar con drones en el Camp Nou.

Mohamed Yassin Amrani, durante el juicio celebrado en la Audiencia Nacional por un plan para atentar con drones en el Camp Nou. / Javier Lizon

El caso español es elocuente. En la inmensa mayoría de detenciones por figuras penales de terrorismo yihadista han caído jóvenes internautas. Todos se dedicaban a la producción o repicado de soflamas, vídeos e invitaciones a matar. Una élite de los detenidos se dedicaba a un proselitismo más selecto, reuniendo a su rebaño en chats de confianza.

Policías y guardias coinciden admiten que muchas detenciones de terroristas en su fase de militancia online son, ciertamente, tempranas, pero prefieren arriesgarse a que su operación se salde con condenas menores antes que, “de repente, el individuo radicalizado deje el teclado, agarre un cuchillo y salga a la calle…”, explica gráficamente un investigador de la Guardia Civil.

La presión de las patrullas policiales en el ciberespacio explica la transformación: la explosiva producción de vídeos de propaganda desde Londres, Siria e Irak del periodo 2014 – 2019 ya no es la tónica. Estado Islámico mantiene su potencial como productor de contenidos, “pero sus publicaciones se han hecho más clandestinas, y se repican muchos mensajes viejos”, explica un miembro de la lucha antiterrorista de la Policía.

La ofensiva mediática del yihadismo de base sirio-irakí no ha desaparecido, pero discurre por canales más estrechos de la redes sociales.

Tras la matanza de Bataclán, los servicios de seguridad franceses tenían identificadas tres vías. La red entonces llamada Twitter para el alardeo de éxitos militares; Instagram, para promoción del reclutamiento e interpretaciones del Corán; y Facebook para la retransmisión de lo que hacía Estado Islámico en sus territorios.

Las últimas operaciones policiales europeas, con especial significación las españolas, han puesto en evidencia otros canales, como Discord y los foros de videojuegos.

Parte de la narrativa yihadista en redes sociales se ha transformado, especialmente la de Al Qaeda: de la épica del campo de batalla ha pasado a una denuncia casi obrerista, de explotación y marginación, y también cultiva el efecto en el espectador musulmán de la xenofobia y el racismo que encuentra en perfiles ultras europeos.

Detención en Getafe (Madrid) de un imán acusado de integración en banda terrorista y adoctrinamiento yihadista en 2020.

Detención en Getafe (Madrid) de un imán acusado de integración en banda terrorista y adoctrinamiento yihadista en 2020. / CNP

En 2017, dos años después de los ataques París y un mes después de la masacre de Barcelona y Cambrils, con el viejo continente conmocionado por la amenaza yihadista, la Comisión Europea comenzaba a redactar una Directiva de Lucha contra el Terrorismo que se aprobaría en septiembre de 2022.

Se inspiraba el nuevo texto legal en la necesidad de abordar la amenaza del retorno de terroristas desde Siria e Irak que hubieran recibido formación militar y experiencia en combate, sobre todo en la elaboración de trampas explosivas, durante su estancia como combatientes extranjeros en Oriente Próximo.

Hubo una primera fase de reacción en Occidente tras el derribo de las torres gemelas de Nueva York en 2001 y el ataque a los trenes de Atocha en 2004. El recrudecimiento de atentados en la década siguiente, entre el tiroteo contra Charlie Hebdo y el atropello en la Rambla barcelonesa, con la masacre de Bataclan en medio, abrió otra fase con un enfoque securitario reforzado en Europa, hasta el punto de que resulta ahora difícil recordar cómo de relajado era el ambiente en Europa antes.

Pero la ley ha tenido su contraparte en las advertencias de la Agencia Europea para los Derechos Fundamentales (FRA) con diversos dictámenes. Los autores de esa revisión de la directiva europea recomiendan: “La asociación de una persona con una religión o creencia puede aumentar en la práctica su probabilidad de ser objetivo de investigaciones penales y otras medidas”.

Los mismos observadores señalan que la directiva europea incluye como conducta terrorista “desestabilizar gravemente o destruir las estructuras políticas, constitucionales, económicas o sociales de un país o una organización internacional”, y eso -si no media una conducta claramente violenta- “es una amplia interpretación de la legislación antiterrorista”.

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