Apuntes políticos de la semana
Vox y Aliança Catalana: ¿por qué la extrema derecha parece desatada?
Los ultras que emergieron por el 'procés' atraviesan por su mejor momento envalentonados por Trump, la inmigración y el dilema nunca resuelto de PP y Junts

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Medio siglo después del final de la dictadura franquista, la extrema derecha española (y la catalana) atraviesa por su mejor momento y se frotan las manos de cara al próximo ciclo electoral. Alianza Popular primero y el PP después presumieron durante cuatro décadas de haber integrado en su seno a ese espacio político y haberlo llevado hasta la moderación, favoreciendo así que el voto a opciones ultras en España fuese residual. En Catalunya, ese papel 'catch-all' en la derecha lo jugó CiU, aglutinando también al ala más radical del nacionalismo. Eran aquellos años en que la derecha sacaba partido de su unidad electoral frente a la tradicional división del voto progresista entre el socialismo y una alternativa a su izquierda.
Aquella plácida hegemonía saltó por los aires con el 'procés', que fue el catalizador común del auge de Vox y Aliança Catalana. Aunque Vox nació en 2013 como escisión del ala dura del PP que abominaba de la moderación de Mariano Rajoy, fue el oxígeno que le proporcionó el 1-O, la DUI y el 155 lo que le hizo plantarse en las instituciones, con Andalucía como puerta de entrada en 2018. Aliança llegó dos años más tarde en busca del voto frustrado que culpa del fiasco independentista de 2017 a la cobardía de sus dirigentes a la hora de enfrentarse al Estado. Sin 'procés' y con los socialistas gobernando a un lado y a otro, las dos extremas derechas han confluido en la inmigración como el mejor queroseno para remontar el vuelo. Y ahí están el PP y la marca heredera de CiU, Junts, debatiéndose en el complejo dilema de qué hacer con ellos.

Sílvia Orriols / SIU WU / EFE
La disyuntiva de Alberto Núñez Feijóo y Carles Puigdemont es tan extrema como la ideología de Santiago Abascal y Sílvia Orriols. Los votos que han musculado a Vox y Aliança salen de sus caladeros, por lo que necesitan atraerlos de nuevo para crecer electoralmente. Pero si radicalizan su mensaje para recuperar esos apoyos, se arriesgan a espantar a su flanco moderado y brindan a la izquierda el discurso de la complicidad con los extremistas. Al mismo tiempo, si remarcan en exceso sus diferencias, se enfrentan al peligro de romper unos puentes imprescindibles para ganar (o para no perder) cuotas de poder. La negativa de Junts a desalojar a Orriols de la alcaldía de Ripoll ha sido el último ejemplo de este laberinto.
EL PERIÓDICO constató esta semana la desafección de la que bebe el populismo de Orriols: "Nadie mira por el pueblo. Los políticos nos han mareado para nada". La dirección de JxCat esgrimió una encuesta propia que reflejaba que un alto porcentaje de vecinos de Ripoll rechazaban el cordón sanitario. Y es que el trasvase de votos de Junts a Aliança en Ripoll fue prácticamente milimétrico. El partido de Puigdemont ganó las municipales de 2019 con 2.263 votos y 8 concejales. Cuatro años después, perdió 1.501 papeletas y 5 ediles. A Orriols le votaron 1.401 personas y se llevó 6 regidores. El año pasado, en las elecciones catalanas, obtuvo el 3,77% de los votos y dos escaños, pero en la provincia de Girona captó al 8,97% del electorado, y en la de Lleida, al 7,75%.

Un mujer pasea por Ripoll / ZOWY VOETEN
Junts teme que la tendencia al alza de Aliança le despoje de un buen puñado de alcaldías en 2027, por lo que ha llegado a la conclusión que echar a Orriols solo supondría gasolina para su discurso. Desde luego, el perfil de votante es casi calcado. En las autonómicas, Aliança cosechó sus mejores registros en los municipios de mayor renta, en los de menor población, en aquellos donde hay menos paro y, paradójicamente, en aquellos donde hay menor presencia de extranjeros. Su voto también tiende a ser superior en las poblaciones con más proporción de personas mayores y donde se da más participación electoral. Todos son caladeros donde tradicionalmente pescaba CiU y ahora lo hace Junts. Además, en el último barómetro del CEO, que a finales de 2024 aupaba a los ultras hasta los 7 escaños, los votantes de Orriols aprobaban a Puigdemont, que es también la segunda opción de voto de la mitad del electorado de Aliança.
El caso del PP con Vox es igual, pero a la vez distinto. Mientras no crezcan electoralmente, los populares no tendrán opciones de esquivar a los ultras y volver a buscar bisagras nacionalistas para gobernar. Pero es Abascal quien lleva meses subiendo en las encuestas frente a un Feijóo a la baja o, en el mejor de los casos para él, estancado. Paradójicamente, Vox se está propulsando (el último CIS le situaba en el 13,3% de los votos) pese a que el partido está hecho trizas. Se multiplican las purgas y las rebeliones internas, con un goteo de bajas constante desde que salió de los gobiernos con el PP. El último episodio sonado fue la salida de su líder en Castilla y León, Juan García-Gallardo, que rompió el carnet tras negarse a firmar la expulsión de otros miembros críticos.

Santiago Abascal, durante la Conferencia de Acción Política Conservadora / JOSÉ LUIS MAGANA / AP
Si todo esto no afecta ni un ápice a Vox es porque Abascal cabalga a lomos de una ola reaccionaria que pone al PP contra las cuerdas en tres frentes: la nefasta gestión política de la dana por parte de Carlos Mazón, a quien este lunes no le arropará en Madrid ni un solo dirigente popular; el pacto migratorio que las autonomías del PP necesitan como agua de mayo pero que implica acercarse al Gobierno mientras Vox brama sin ataduras; y, por supuesto, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca como el de un elefante en una cacharrería. A su lado, no queda espacio para el pragmatismo. Al menos de momento.
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