Crisis en la policía catalana

Josep Maria Estela, el comisario que se negó a ser un "espantapájaros"

  • Los mandos de los Mossos creen que Estela ha sido destituido por querer ejercer de comisario jefe en lugar de limitarse a aparentarlo, como le pedían

Josep Maria Estela, el comisario que se negó a ser un "espantapájaros"

EFE/Toni Albir

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Guillem Sánchez
Guillem Sánchez

Redactor

Especialista en Sucesos, tribunales, asuntos policiales y de cuerpos de emergencias

Escribe desde Barcelona

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El 'conseller' de Interior, Joan Ignasi Elena, ha destituido al comisario jefe de los Mossos d'Esquadra, Josep Maria Estela, tras nueve meses en el cargo. La decisión implica el sexto cambio de jefe en la policía catalana en solo cinco años: el 'número dos' Eduard Sallent, a quien Estela había intentado sin éxito sacar de la prefectura para evitar que siguiera mandando más que él desde la segunda fila, regresa a lo más alto. Un cargo que desempeñará "en funciones", según remarcan fuentes de la 'conselleria' y que deberá ceder en los próximos meses a una comisaria de las que este lunes han comenzado el curso de formación que acabará en diciembre. La todavía intendenta Rosa Bosch, que será comisaria al finalizar ese periodo y que forma parte de la prefectura actual del cuerpo, es quien más números tiene de convertirse en la primera mujer nombrada comisaria jefa en un futuro no lejano. La noticia no ha gustado a la mayoría de la cúpula que, como Estela, perciben a Sallent como una puerta entreabierta a partir de la cual se cuelan las injerencias políticas que empequeñecen al cuerpo.

El nuevo destino de Estela será la región policial de Ponent y se ha despedido en una carta en la que pide trabajar con "neutralidad política". Estela, que tras sentirse desautorizado por Elena al comprobar el pasado viernes que no se atendían sus sugerencias sobre la selección de nuevos comisarios, había propuesto al 'conseller' que lo enviara a Lleida si no confiaba en él para mandar el cuerpo. Elena ha respetado ese último deseo este lunes, que no ha comenzado como esperaban en Interior. Estela ha llegado a la reunión dispuesto a seguir como comisario jefe. Pero el 'conseller' lo ha destituido.

"Estela ha sido destituido porque se ha negado a ser un espantapájaros", explican mandos de la policía catalana muy molestos con un baile de jefes que comenzó con la aplicación del artículo 155 tras el caliente otoño del 'procés' en 2017 que supuso el fin del major Josep Lluís Trapero, y que parece no tener fin.

Los Mossos y el Govern

Con la plena recuperación de la autonomía catalana, el Govern no ha alejado al cuerpo policial de la política. Ha hecho todo lo contrario. Ferran López, que había navegado la tormenta de la intervención ministerial, fue despedido en cuanto Miquel Buch tomó el control de la 'conselleria'. Miquel Esquius duró menos de un año porque el propio Buch cambió de opinión y quiso colocar a Sallent, que acababa de promocionar a comisario ese mismo día, como nuevo jefe. Aquel ascenso meteórico incomodó porque el resto de comisarios lo veían como un hombre del entonces secretario general Brauli Duart –quien movía los hilos durante el mandato de Buch, en realidad–. Pero Buch se marchó fulminado por el entonces 'president' Quim Torra y llegó Miquel Sàmper. Sàmper, tras ver como la Audiencia Nacional declaraba inocente a Trapero durante el otoño de 2021, decidió restituir a Trapero.

Su regreso parecía augurar una etapa de estabilidad. Pero, de nuevo, ha sucedido lo contrario. Trece meses después, ya con Elena y Esquerra por primera vez en la Conselleria d'Interior, Trapero fue destituido. Fue un final amargo que ERC defendió públicamente porque quería una prefectura más coral e internamente porque decía que Trapero se había "bunquerizado" y no atendía las instrucciones políticas. Desde el entorno de Trapero se decía que las directrices eran más bien injerencias políticas que comprometían el funcionamiento del cuerpo y se subrayaba que lo que en realidad perseguía Esquerra era controlar las investigaciones criminales.

En los últimos años, el intendente Toni Rodríguez había hecho algo poco frecuente en la historia política de los Mossos: investigar las sospechas de corrupción del propio Govern. Así se instruyeron causas contra Laura Borràs o Buch –su jefe político directo–. Elena negó categóricamente que apartara a Trapero de su cargo por investigar al corrupción autóctona. "Antes que tapar la corrupción, me muero", prometió. Pero lo cierto es que el intendente Rodríguez, una semana después del final del segundo mandato de Trapero, fue apartado de la Comissaria General de Investigació Criminal (CGIC) y enviado a la comisaría de Rubí.

La sombra de Sallent

Para defender públicamente aquella nueva prefectura más coral y femenina, Elena construyó un tridente: Josep Maria Estela, Eduard Sallent y Rosa Bosch. Sallent regresaba a la prefectura tras la interrupción temporal que habían supuesto para él los trece meses de Trapero, pero lo hacía como número dos. Estela, que había dicho que no en varias ocasiones, acabó aceptando ser el 'número uno' tras la insistencia del 'conseller'. Arraigado en el territorio, hijo de un exalcalde de Esquerra en Alcarràs, bien considerado por sus compañeros y con experiencia en seis regiones distintas, era un buen policía, pero sin experiencia en intrigas políticas. Ideal para los propósitos del director general Pere Ferrer y el jefe de gabinete de Elena, Raül Murcia, que confiaban en Sallent para tener pleno acceso a la sala de máquinas de la policía catalana, la misma a la que temían acercarse mientras mandaba Trapero.

Lo que ha terminado ocurriendo es que Estela, que meditó a fondo la decisión de aceptar o no el cargo, se tomó en serio el encargo de Elena: ser el nuevo comisario jefe de los Mossos d'Esquadra. Pero descubrió enseguida que lo que planeaba la 'conselleria' era otra cosa: que quien tomara las decisiones fueran Sallent, Ferrer y Murcia. Así se ha ido encontrando que su idea de priorizar el territorio ha chocado con la concentración de recursos más centrales, como la policía marítima, secundarios para Estela. O que su intento de contar más con Trapero –apartado a tareas de análisis– ha sido vetado. En junio, Estela se reunió con Elena y le dijo que así no podía seguir. Si confiaba en él como comisario jefe debía dejarlo mandar y debía apartar a Sallent de la prefectura, que no era coral, como le habían prometido, era un artefacto diseñado para que su segundo mandara más que él desde la sombra.

Elena no aceptó aquel pulso de Estela. Lo emplazó a seguir trabajando junto a Sallent. Pero la relación estaba rota. Sallent, a quien cada vez más mandos de los Mossos perciben como un policía que trabaja demasiado para agradar a los políticos, no se tocaba. Él, en cambio, al plantear aquel desafío –así lo percibió la 'conselleria'–, pasó a pender de un hilo. Aunque nunca llegó a saberlo.

El último intento

Hace dos semanas, al cobrar dimensión pública la crisis interna de la prefectura, y publicar este diario que la mayoría de comisarios estaban del lado de Estela en su pugna con Sallent y, por extensión, contra las injerencias políticas de la 'conselleria', Elena se planteó tirar la toalla. Pero Estela tendió un puente: retomar la confianza mutua. Estela escribió una carta a los agentes que habría que leer entre líneas. En la misiva defendía el trabajo hecho hasta la fecha conjuntamente con Elena pero ni citaba a Sallent ni negaba las informaciones que hablaban de su enfrentamiento. La crisis se cerró en falso.

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El pasado viernes, Estela llegó a la reunión con Elena para decidir quiénes serían los nuevos comisarios creyendo que su elección sería atendida tras la confianza renovada. Pero no lo fue. El 'conseller' le comunicó que no había nada que negociar: cuatro de los seis nuevos comisarios serían mujeres. Estela, partidario de la feminización del cuerpo, defendió que había hombres que merecían el cargo de comisario. No sirvió de nada. Y comprendió lo que siempre había sospechado, que el comisario jefe no mandaba lo que decía su cargo.

"El problema de Estela es que es una persona íntegra", subraya un comisario. "Yo he trabajado a sus órdenes y es un policía con madera de líder, que sabe mandar sin tensiones, y que se va de casa a las siete y vuelve entrada la noche. Insinuar que trabaja poco es faltar a la verdad, nadie que lo conozca va a creérselo", zanja.