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Dos años del último exilio de un rey

El 3 de agosto de 2020, Juan Carlos I abandonó España asediado por la sombra de la corrupción

Dos años del último exilio de un rey

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Miriam Ruiz Castro
Miriam Ruiz Castro

Periodista

Escribe desde Madrid

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El verano de 2020 fue atípico. Con las secuelas de la brutal primera ola de la pandemia todavía demasiado visibles, las vacaciones se organizaban mirando semáforos covid y preparando el equipaje con geles y mascarillas. Pero hubo una familia para la que aquel verano fue todavía menos convencional. El 3 de agosto, Juan Carlos I hizo también las maletas, pero su destino era otro, el mismo que había atravesado a la mayoría de monarcas españoles desde Carlos IV: el exilio.

A media tarde, la Casa Real hizo público un comunicado en el que se incluía la carta con la que el rey emérito comunicaba a su hijo su “decisión meditada” de trasladarse, “en estos momentos, fuera de España”. Esas fueron las palabras que escogió para anunciar que abandonaba el país, en un momento en que las sospechas de sus negocios opacos o su fortuna en Suiza empezaban a tornarse en indicios cada vez más fundados.

“Con el mismo afán de servicio a España que inspiró mi reinado y ante la repercusión pública que están generando ciertos acontecimientos pasados de mi vida privada, deseo manifestarte mi más absoluta disponibilidad para contribuir a facilitar el ejercicio de tus funciones, desde la tranquilidad y el sosiego que requiere tu alta responsabilidad”, le escribía el padre al hijo, reconociendo en la misiva que, en aquel punto, la sola presencia del emérito complicaba el trabajo de Felipe VI. El actual monarca ya le había retirado meses antes su asignación del Estado y había renunciado a su herencia, en un gesto que mostraba la desconfianza de su propio hijo ante las sospechas de corrupción.

Marcha secreta

La ‘operación exilio’ estuvo marcada por el secretismo. Tras aquel comunicado no hubo más noticias. Ni la monarquía ni el Gobierno añadían información sobre el paradero de Juan Carlos, ni si sus planes de viaje incluían billete de vuelta. Tampoco quién se encargaba de sufragar los gastos de aquel desplazamiento.

Las presiones del Ejecutivo para que el emérito abandonase la Zarzuela también eran conocidas, como lo era la división que la figura de Juan Carlos I generaba que en el seno de la coalición: la marcha fue aplaudida por los socialistas, mientras que en Unidas Podemos reiteraban que era una “huida indigna” que dejaba a la monarquía en una "posición muy comprometida”, como dijo el entonces vicepresidente segundo, Pablo Iglesias.

El destino del monarca se supo dos semanas después: Juan Carlos había partido a bordo de un avión privado desde Vigo hasta un lujoso hotel en Abu Dabi, país árabe del que esperaba poder volver. Su última noche en España la había pasado en Sanxenxo con su amigo íntimo Pedro Campos y su mujer. La ciudad gallega fue precisamente la escogida para su primera visita al país tras más de 650 días de exilio, en mayo de este año. Vino a disfrutar de una regata, darse un baño de masas y a reunirse con su familia, este sí, en un encuentro de la máxima discreción. Y sin dar explicaciones.

Hubo que esperar cinco meses para saber que la factura de las tres personas que asisten al emérito en Emiratos Árabes Unidos corre a cuenta de Patrimonio Nacional, tal y como publicó eldiario.es en exclusiva, pero quién sufrago los gastos judiciales de Juan Carlos de Borbón sigue siendo un misterio.

El rey emérito Juan Carlos I a bordo del Bribón en su última visita a Sanxenxo (Galicia).

/ Europa Press/Álvaro Ballesteros

Borbones y exilio

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Juan Carlos I nació en el exilio, en Roma, ciudad a la que se había marchado su abuelo Alfonso XIII tras la instauración de la Segunda República. De aquella salida del país se atribuye una cita a Valle-Inclán: “Los españoles han echado al último Borbón, no por rey, sino por ladrón”. El rey emérito pasó su infancia entre Italia, Suiza y Portugal, desde donde su padre Juan de Borbón negociaba con Franco su regreso a España y al trono. Cinco generaciones de Borbones han conocido el destierro en algún momento de su vida, aunque el caso de Juan Carlos I es diferente. Sin levantamientos ni repúblicas, sino tras una decisión pactada para alejarlo de los focos y mantener, eso sí, el objetivo común de cualquier dinastía: conservar la corona.

Dos años -y dos regularizaciones fiscales- después de su exilio, los problemas judiciales siguen sobrevolando al rey emérito: la causa fiscal en el Tribunal Supremo no llegó a buen puerto por tratarse de conductas prescritas o por la propia inviolabilidad del monarca, pero el origen de su fortuna siguió en entredicho. Además, Juan Carlos I mantiene un proceso pendiente en Londres por la denuncia de acoso de su ex amante Corinna Larsen. Los tribunales británicos sí rechazan su inmunidad.