25 años del crimen más cruel de ETA

La agonía de buscar a Miguel Ángel Blanco a ciegas y contra el reloj

El recuerdo de un ertzaina, un guardia civil y un policía nacional membros del enorme despliegue de búsqueda del concejal secuestrado

Miguel Ángel Blanco llega herido al hospital Nuestra Señora de Aránzazu de San Sebastián la tarde del 12 de julio de 1997.

Miguel Ángel Blanco llega herido al hospital Nuestra Señora de Aránzazu de San Sebastián la tarde del 12 de julio de 1997. / EL PERIÓDICO

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Juan José Fernández

De todos los dispositivos visibles que la Policía, la Guardia Civil y la Ertzaintza desplegaron entre el 10 y el 12 de julio de 1997, el objetivo principal era crear tantos controles y puntos de interceptación que ETA no pudiera realizar el más mínimo movimiento en las carreteras y calles principales de Euskadi. El plan era fijar al comando que tenía retenido al concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco Garrido, que no pudiera cambiar de escondite mientras lo buscaban los agentes de información de los distintos cuerpos, y los especialistas que llegaron de Madrid, Logroño y, un grupo, de Catalunya.

Y eso constituía una de las misiones más complicadas que cualquier policía había afrontado nunca: 48 horas de plazo para resolver un secuestro en una zona laberíntica e hiperpoblada, llena de apoyos a la banda terrorista, bosques, valles, caseríos y naves industriales. Y todo en una etapa de la lucha antiterrorista en la que las fuerzas de seguridad del Estado no tenían tantos confidentes como ficharían después. “En 1997 los confidentes se podían contar con los dedos de una mano”, admite el policía nacional L.M.R., que participó en la búsqueda del joven secuestrado.

“Sospechábamos que estaría cerca, porque con tantos controles el comando no se podía mover”, recuerda el ertzaina G.E., entonces joven miembro de la comisaría de Hernani, integrante de la primera unidad policial que subió a la pista forestal del barrio de San Francisco de Lasarte, el lugar donde dispararon a Miguel Ángel Blanco. Dos vecinos que sacaban al perro habían oído dos tiros; pista arriba se encontraron al secuestrado tirado en el suelo, aún vivo pero inconsciente. Cuando G.E. llegó, una ambulancia de DyA estaba recogiendo al herido. “Era una ambulancia común –recuerda-. Cuatrocientos metros más abajo lo cambiaron a una ambulancia medicalizada, la que le llevó al hospital”.

Un control de la Ertzaintza en Durango (Vizcaya) el 11 de julio de 1997.

/ EFE Santiago Jiménez.

El guardia civil M., -que, como los demás agentes policiales entrevistados, pide un anonimato extendido a su rango y su unidad- se había echado unas horas en una cama del puesto de Barakaldo (Vizcaya) tras acabar uno de sus rastreos a las seis de la mañana del sábado. Hacía poco que se había levantado, había comido y se aprestaba a salir de nuevo con unos compañeros. Aquella tarde de sábado, en apenas un minuto, M. pasó “de la alegría al hundimiento –relata-. Primero supimos que lo habían encontrado vivo. Y en poco tiempo nos dijeron que estaba vivo… pero muy grave. Se me creó un vacío en el corazón: un tiro en la cabeza. Uf: aunque fuera calibre 22, un tiro en la cabeza te deja muerto o postrado para siempre”.

Agonía

“Por entonces no había tantos móviles, ni GPS. Nos metimos por la Euskadi profunda, mirando locales, caseríos, fincas, chozas, contenedores, cualquier lugar abandonado…”, recuerda LMR. Hoy, convertido en secretario general del Sindicato Unificado de Policía en el País Vasco, reivindica el trabajo de miles de agentes de Información y de Seguridad Ciudadana en “una búsqueda contra el reloj, agónica”.

El objetivo de tantos controles en las vías públicas era “fijar al comando”, que no pudiera cambiar de sitio


En cualquier entrada con coche camuflado en un punto apartado podían encontrarse de frente a un comando de ETA, pero el cansancio y la premura les iba haciendo abandonar las precauciones. “A veces ya no sabíamos dónde estábamos. Entrabas un poco a pecho, demasiado deprisa. Encontrabas un caserío, pedías un poco de agua, te sacaban un bocadillo de atún…

Al frente del aparato militar de ETA estaba José Javier Arizkuren Ruiz, Kantauri, “que estaba muy ido de la cabeza, y quería venganza porque habíamos liberado a José Antonio Ortega Lara –recuerda M.- Por eso tenía tan mala pintael caso, por lo que pedían, que no se podía conceder, y por la rabieta. Ya no iban a ir a por nosotros, porque habían llegado a un punto en que darnos candela a un guardia, dos o siete no les sumaba puntos. Querían eco internacional”.

“A ese chico le van a dar’, nos repetiamos de vez en cuando en mi equipo esperándonos lo peor -recuerda el policía-. Hasta que llegó un momento en que no hablábamos nada. Íbamos en silencio. El jefe se bajaba en un bar a llamar. Hasta que en una de esas volvió, se metió en el coche y dijo: ‘A todos los equipos: a base’. Ya lo habían encontrado”.

De pista a pista

En la radio del coche del ertzaina G.E. sonó una instrucción: “Subir (sic) a la pista de San Francisco, que hay una persona herida”, dijo la base. “El que emitía el mensaje se conocía ese monte tanto como nosotros. Es una zona de pistas de cemento entre caseríos, un laberinto, pero el casco de Lasarte queda ahí mismo, a tres minutos…”

Al comienzo del operativo para liberar a Blanco, al guardia civil M. le había tocado patearse el monte Urkiola, identificar a personas andando, en bicicleta, en coche… no lejos de Eibar, donde habían cazado al concejal del PP tres secuestradores que resultaron ser Irantzu Gallastegi, Javier García Gaztelu ‘Txapote’ y José Luis Geresta. Los dos primeros tienen todavía nueve años de prisión por delante. Cumplen en la cárcel madrileña de Estremera.

El Urkiola, en el corazón de Euskadi, un pivote de 1.337 metros de altitud entre Guipúzcoa, Vizcaya y Álava, “era zona de paso para comandos y para gente montañera del mundillo abertzale. Tiempo después planearon montar allí una cárcel del pueblo…”

Una pista relacionada con la montaña fue vía de investigación más adelante, con Miguel Ángel Blanco ya enterrado. “La ligadura con que le ataron las manos llevaba un nudo montañero. Por eso se investigó a ambientes de aficionados abertzales a la escalada, sobre todo en la zona de Durango”, recuerda L.M.R.

El caso de Miguel Ángel Blanco tenía mala pinta desde el principio. “Por entonces entre nosotros ya sonaba Txapote, ya empezaba a despuntar. Aún era la época de los pistoleros –relata el policía-. En ETA, lo pero era un pistolero, un tío o una tía con necesidad de demostrar valor a la organización, necesitados de sangre. Los pistoleros como Txapote, o Iglesias Chouzas, u Ormazábal, ‘Tturko’… eran los más peligrosos".  

Máxima tensión

La última noche antes de expirar el ultimátum de ETA, la del viernes 11 al sábado 12 de julio, “la desesperación nuestra ya era máxima, y el cansancio. Se nos echaba el tiempo encima. Llevábamos la radio del coche encendida, oyendo noticias sobre la tensión de la gente en Bilbao, en Donosti. No te puedes imaginar lo copartícipes que éramos de ese ambiente... pero en el coche, de acá para allá, buscando. En algunas zonas perdíamos la radio y nos quedábamos callados, muy nerviosos”.

Javier García Gaztelu 'Txapote', Irantxu Gallastegi y José Luis Geresta secuestraron a Miguel Ángel Blanco. Los dos primeros están en prisión y no se han arrepentido. El tercero se suicidó en Rentería el 20 de marzo de 1999.

/ CNP

M. y L.M.R. coinciden en relatar vueltas y vueltas por carreteras, “reventados”, dice el guardia; “agotados mentalmente”, dice el policía. Y cuando la víctima apareció con dos balas del 22 en su cráneo –“siempre me he preguntado por qué usaron un 22, quizá por no hacer demasiado ruido”, rumía el policía- del hundimiento se pasó de nuevo a la tensión: “Ya no había que buscarlo, había que evitar que se liara una aún peor, pero de eso ya se tenían que encargar los ertzainas, que tienen la competencia”, dice M.

Se refiere a la llegada de multitudes llenas de rabia ante las sedes de HB de Bilbao, Ermua, Éibar, San Sebastián, Vitoria… “Aquello era muy fuerte: ¡los abertzales pidiendo protección a los beltzas!”, dice, en alusión al negro (beltza) uniforme de los antidisturbios de la Ertzaintza.

Quitarse los pasamontañas

Fue un momento de especial carga emocional para G.E. “El asesinato de Miguel Ángel Blanco es el que más me ha golpeado a mí. Recuerdo ahora la tristeza y la angustia de ver a aquella persona muerta sin sentido”, explica. Y de ahí, a la gente abrazando a los ertzainas que se quitaron casco y pasamontañas. “De repente pensamos que todo el mundo nos iba a apoyar. Pero fue un momento de exaltación: luego seguimos solos un montón de años”.

El nudo con que ataron las manos de la víctima llevó a investigar a simpatizantes de ETA aficionados a la escalada

También fue un gran momento para Julio Rivero, ertzaina y coordinador de la asociación Mila Esker, dedicada a conservar la memoria de los policías vascos asesinados y heridos. “Quitarse el verduguillo era un signo de liberación, mostrar que bajo el casco hay una persona”, explica.

Rivero también formó parte del operativo que quiso liberar a Miguel Ángel Blanco. “Dar seguridad a las sedes de HB fue fundamental. Si aquello se hubiera ido de las manos y luego ETA responde… imagínese en qué situación nos hubiéramos metido”.

En el ánimo de Rivero, a la exaltación del apoyo popular le sucedió la tristeza. Dos meses después de asesinar a Miguel Ángel Blanco, ETA mató a su compañero Josemari Agirre en la puerta del Guggenheim, “y después a Jorge Díez Elorza, a Iñaki Totorika…” enumera desgranando nombres de víctimas mortales.

Desde que tuvo que recoger a un compañero muerto en un atentado, hace ya muchos años, tras cada golpe cercano de ETA L.M.R. pasaba unos días sin poder comer bien. Y el mismo efecto tuvo en su organismo el asesinato del joven concejal de Ermua.

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Veinticinco años después, G.E. aún le da vueltas a qué hubiera pasado si aquella tarde se encuentra a Txapote y sus cómplices tras aquella curva de la pista de San Francisco.  

“No se van a mover, pero si se moverían hay que cazarlos. Era la consigna que nos dieron al salir”, recuerda el ertzaina con castellano vizcainizado. Todos los permisos habían sido suspendidos, y toda la plantilla con capacidad de trabajar estaba trabajando en aquella búsqueda agónica, pero “nadie creía que los fuéramos a atrapar en movimiento. Si caían, sería en algún lugar que ellos tuvieran, o donde les hubieran dado apoyo. Porque tenían mucho apoyo ¿eh? Sacar a Ortega Lara costó una barbaridad. Hoy suena un poco así, pero en aquella época en muchos lugares los asesinatos de ETA, y sobre todo en Hernani, sin duda el pueblo más peligroso de Euskadi, estaban asumidos como el resultado del Betis-Sevilla: hoy es X, mañana 2… Jo, sí que los teníamos cerca…”