Relaciones entre socios

ERC y Junts: Dos formas de 'fer país' también en infraestructuras

  • El debate soberanista oculta las diferencias entre partidos del Govern, por ejemplo, en obra pública

  • Esquerra abomina de la B40 por perjudicial para la emergencia climática y JxC la defiende a la vista de los colapsos viarios

Retención en la AP-7, a su paso por Bellaterra

Retención en la AP-7, a su paso por Bellaterra / Manu Mitru

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Xabi Barrena
Xabi Barrena

Periodista

Especialista en información sobre el Govern de Catalunya, de ERC y en el seguimiento de la actualidad del Parlament.

Escribe desde Barcelona

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Llevan tanto tiempo de la mano (aunque dentro escondan clavos, como aquellos recios defensas de los años 70) que frecuentemente se olvida que ERC y Junts pertenecen a espectros ideológicos distintos. Es decir, que cuando el debate sobrepasa el cómo conseguir la independencia, que ya en sí genera anchas fisuras, y se fija en otras cuestiones, el campo ideológico del que ha bebido cada uno cobra cuerpo. Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se las tuvieron a cuenta de si había que subir o no el tramo autonómico del IRPF. Y ahora las distancias se establecen sobre el modelo de infrastructuras que debe de tener Catalunya.

Hubo una primera cata a cuenta de la ampliación del aeropuerto de El Prat, que Junts perseguía (1.700 millones que sufragaba el Estado) y ERC vetó. Y ahora, el conocimiento de una minorizada ejecución (de apenas el 36% de lo presupuestado en 2021 en Catalunya) por parte del Estado ha puesto sobre el tapete el llamado Cuarto Cinturón, o B-40.

En los años 80 y 90, en la puesta al día de las infrastructuras españolas, singularmente en Madrid, se siguió un modelo que se trató de trasplantar a Barcelona, eso sí, lustros después. El esquema es intuitivo. Un cinturón de ronda que cierra los barrios de la almendra central de la ciudad (M-30, en Madrid, las rondas en Barcelona). Un segundo cinturón por detrás de los distritos (Madrid, M-40) o municipios (Barcelona, B-30) y un tercer cinturón que encierra poblaciones como Leganés y Getafe (en Madrid, M-50) y Sabadell y Terrassa (en Barcelona, B-40).

La B-30 se quedó a medio camino y la B-40 levantó tantas quejas vecinales, que defendían el entorno natural, que el Estado hizo con la Generalitat lo mismo que el Govern con Barcelona, con la polémica del tranvía, una especie de 'no me mareen, decidan un trazado ustedes y ya se lo construimos'. Y en este limbo ha vivido la B-40, que apenas cuenta con un puñado de kilómetros ideales para rodar películas de catástrofes nucleares, porque el tramo es corto y conduce de ninguna parte a parte ninguna.

Por cierto, si no les salen las cuentas, se le llama Cuarto Cinturón porque al inicio de la planificación se contaba como 'primer' anillo lo que hoy es una vía plenamente urbana como la Ronda del Mig. Lo mismo sucede en Madrid con las primeras 'rondas' , las que serían la M-10 y la M-20.

Y en estas, la emergencia climática pasó a copar la agenda política y la pregunta saltó de inmediato: "¿Cabe construir más autopistas?". A lo que otros responden: "¿Y qué hacemos ahora mismo con los colapsos viarios?". Y es que la red catalana, a diferencia de la madrileña, gracias a esos 80 y 90, no tiene redundancia. O si, pero en el tramo menos transitado. Se puede ir de Barcelona a Lleida por dos vías de gran capacidad. A Tarragona por una y media (C-32 hasta Calafell). Y por una sola, a Girona. En circunstancias normales, la N-340 (desdoblada en Tarragona bajo el nombre de A7), sería una autovía que enlazaría con el área metropolitana. Lo mismo que la N-II, que hoy dibuja una segunda barrera entre el Maresme y el mar. La redundancia en una red es básica para evitar que un fallo en la vía única colapse el sistema. Que es lo que ocurre ahora, con cualquier accidente en la AP-7 y lo que sucedió en la red eléctrica barcelonesa, en el apagón del 23 de julio del 2007, el verano de los generadores.

¿Qué hacer ahora?

Pero en Catalunya lo 'normal' cuesta de definir, así que ERC y Junts se enfrentan ahora al dilema del qué hacer con la B-40, por ejemplo. ERC tilda esta autovía de "infrastructura del siglo pasado" y apuesta por construir una especie de cinturón de ronda ferroviario (entre el Vallès y el Penedès), algo que, por cierto, lleva en el cajón de los deseos catalanes desde hace décadas. El Estado no ha construido un solo kilómetro en la red de Cercanías barcelonesa desde 1977. También apuesta por reforzar la red secundaria entre Sabadell y Terrassa-

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Junts se echa las manos a la cabeza y considera absolutamente necesaria la construcción de la B-40, a la que ya han bautizado la Ronda del Vallès. Unos aluden a la mirada larga del futuro del planeta y otros blanden recortes de diario o tuits con el último atasco (este mismo jueves).

ERC llevó al Parlament una moción sobre la cuestión, eso sí, redactada con mimo para evitar la rotura de cristalería. Así, en la moción que ambas fuerzas votaron (junto con la CUP y los 'comuns`) se señala que "no se puede tratar de compensar la infraejecución ferroviaria con la promesa de priorizar infrastructuras viarias de movilidad obsoleta, sin consenso e inapropiadas en un contexto de emergencia climática y de colapso de los combustibles fósiles". Sin citar la nueva herida que se abre entre socios, la B40.