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Pablo Casado: la joven promesa del PP que acabó desquiciada

  • El exlíder de los populares no ha sabido gestionar los cambiantes escenarios que se le han presentado en los últimos tres años, marcados por la irrupción de Vox y la popularidad de Ayuso

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Juan Fernández
Juan Fernández

Periodista

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Parecía un plan perfecto, o como mínimo el menos malo de los planes posibles. Cuando Pablo Casado fue elegido secretario general del PP en el Congreso de julio de 2018, el partido respiró entre aliviado y esperanzado: siete semanas después de abandonar el poder a punta de moción de censura, podían presentar un candidato que inspiraba a la vez simpatía y fidelidad a los principios fundacionales de la formación política, renovación y aznarismo de primera hora, expectativas de futuro y paz con el pasado. Y su rostro barbilampiño le permitía competir en lozanía y entusiasmo con la gran amenaza que sobrevolaba en ese momento los despachos de Génova 13: Albert Rivera y sus Ciudadanos, señalados como el imparable relevo al frente del centro-derecha español.

Ya no nos acordamos, pero en aquellos días Vox eran cuatro fanáticos que repartían folletos sobre la unidad de España en las esquinas del barrio de Salamanca de Madrid. El tiempo pasa muy rápido en la vida política española, o quizá pasan demasiadas cosas en muy poco tiempo. Tantas que hoy cuesta reconocer lo conveniente que pareció la 'apuesta Casado'. Amamantado políticamente en los pechos de Esperanza Aguirre, que le dio su primer cargo público como diputado autonómico madrileño en 2007, el nuevo presidente del partido conservaba una década más tarde la impronta de las jóvenes promesas llamadas a hacer historia. 

Nuevas Generaciones

Se había afiliado al PP en 2004, el año de la debacle de los populares ante Zapatero, y a los pocos meses estaba al frente de las Nuevas Generaciones de Madrid, que era como se el capitán de 'la Masía' del partido. Su aspecto de yerno ideal y sus dotes de orador capaz de dominar un atril sin necesidad de papeles no escaparon al ojo de Rajoy, que se lo llevó al Congreso de los Diputados en 2011 y cuatro años más tarde le encargó poner voz y rostro al PP como vicepresidente de comunicación.

Su doble licenciatura en Derecho y Empresariales venía empañada por sospechas de trato de favor –nunca llegó a aclarar cómo pudo aprobar las últimas 12 asignaturas de la carrera en cuatro meses y sacarse un master de la Universidad de Harvard sin salir de Aravaca-, pero ante todo parecía un tipo con futuro por delante, que es el clavo al que el PP de 2018 necesitaba aferrarse.

Hijo de un médico y una profesora universitaria de Palencia, ciudad donde había nacido en 1981, casado con una psicóloga y padre de dos niñas, de clase media y buena familia, podía ser percibido fácilmente por el centro-derecha sociológico español como “uno de los nuestros”. Si sus únicas pegas eran la juventud y la falta de experiencia, el tiempo y una buena barba podían encargarse de corregir esos defectos.

Lo que vino después es la historia de un personaje que busca su lugar en el mundo y no lo encuentra por deméritos propios y por el carácter mutante de ese mundo, que en estos tres años y medio no no ha parado de ofrecer inesperados giros de guion sin que él haya sabido pillarle jamás el tranquillo. 

Vox y Ayuso

El primer susto se lo llevó pronto: cinco meses después de agarrar el timón del PP, Vox irrumpía en las elecciones autonómicas andaluzas con una fuerza inesperada y le abría un boquete al partido en su flanco derecho por el que no ha parado de entrar agua y salir votantes en las sucesivas citas electorales.

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Desde entonces, Casado mantiene una relación esquizofrénica con la ultraderecha que ha acabado mostrándole como un ser desquiciado, y desquiciando a sus seguidores. El mismo líder que se investía de Churchill y le cantaba las cuarenta a Abascal en la moción de censura de octubre de 2020, a renglón seguido se dedicaba a azotar al Gobierno con los brochazos más toscos y gruesos que se han visto y oído en el Congreso, o cacareaba el mismo discurso de Vox sobre un fondo de vacas en las recientes elecciones de Castilla y León.

Pero la mayor prueba de su desquiciamiento ha sido su forma de gestionar su mayor acierto: la elección de candidata para los comicios autonómicos de Madrid de 2019. Si a Aguirre los consejeros le salían rana, a Casado Ayuso le salió princesa. Del pueblo, para más señas, con permiso de Belén Esteban. El arrollador éxito de la presidenta madrileña en las elecciones de 2021 permitía a los populares volver a pensar en la Moncloa sin melancolía, pero la torpeza del líder a la hora de sacar provecho de su mayor tesoro político ha acabado frustrando su futuro. Precisamente él, que había llegado con todo el futuro por delante, como llegan las jóvenes promesas.