Obituario

La inteligencia vasca pierde a Mikel Azurmendi

El exetarra, antropólogo y escritor deja como legado su denuncia del totalitarismo y la violencia, y su compromiso con la paz y las víctimas 

Mikel Azurmendi

Mikel Azurmendi / EFE

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Juan José Fernández

Una mañana de abril de 1999, la hierba que crece a la vera de la Facultad de Filosofía de la Universidad del País Vasco en San Sebastián era una alfombra verde brillante sobre la que parejas de estudiantes disfrutaban del sol. El antropólogo Mikel Azurmendi Intxausti los miraba desde la puerta.

Luminosa mañana fuera, y en los pasillos penumbra. Alguien le había reventado la  taquilla en la facultad y le había metido entre libros un amasijo sanguinolento de vísceras de animales, casquería comprada para amenazarlo de muerte.

Recorría el ciclo de angustia con que ETA cocía a fuego lento a sus objetivos. Fue en la época en que dos hombres subieron a su jardín en San Sebastián, llamaron al perro y, al acercarse el animal a la verja, le estamparon un balazo entre los ojos. Mikel Azurmendi se lo encontró yerto al volver a casa.  “Esa bestialidad humana…”, contaba con oxímoron, bigotón y gafas.

Aunque para irse de Gipuzkoa a la universidad neoyorkina de Cornell fue más determinante la paliza que, para dañarlo a él, le dieron a un pariente en lo viejo de Donostia. Delito: compartir genes con un miembro de la ETA de 1966 que desde el año siguiente denunció las pistolas.

Su ‘La herida patriótica’ (Taurus) llevaba un año silenciado por la maquinaria cultural del nacionalismo como si aquel poeta, novelista, ensayista euskaldun que iba a ser Premio Hellman/Hammet de Derechos Humanos no existiera y su voz estuviera ya aniquilada.

Cuando volvió, aún amenazado, se alejó para escribir un libro-reportaje polémico sobre El Ejido. Medio siglo después de la publicación de ‘Campos de Níjar’, se había llevado el libro de Goytisolo a su refugio de Almería, pero halló en los invernaderos otra inspiración, una olla hirviente de antropología social con la que quemarse las manos.

Después presidiría un foro de inmigración. Y cofundó el Foro de Ermua y la plataforma Basta Ya, dos hitos de compromiso en una era gris plomo que aún aspira a ser bien relatada en los colegios.

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Este sábado le falló el corazón. La esquela de la Funeraria Vascongada dice: "Falleció a los 78 años de edad, con las botas puestas, trabajando en su huerto, en los brazos de su esposa y su hijo, rodeado por sus perrillos y el paisaje que tanto amaba".

Deja su reflexión sobre la melancolía corrosiva de una sociedad que aún no equilibra su PH. Aquel día de abril, la paz en la hierba esplendorosa del campus de Ibaeta sucedia a una noche de contenedores en llamas. Alguno de aquellos estudiantes relajados al sol le había abierto la taquilla al profesor maldito.