entre bambalinas

Una investidura que abre un despacho (literalmente)

Quim Torra convirtió en la octava puerta de Jerusalén la mesa y la silla de Puigdemont en el Palau de la Generalitat, un símbolo que, según el 'pasilleo', en breve finalizará

Pere Aragonès conversa con Laura Borràs, ambos enmarcados, muy a lo John Ford, por las puertas de una sala.

Pere Aragonès conversa con Laura Borràs, ambos enmarcados, muy a lo John Ford, por las puertas de una sala. / EFE / Marta Perez (Efe / Marta Pérez)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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El reto es convertir lo que a todas luces ha sido una mórfica sesión de investidura, la de Pere Aragonès, en una crónica sabrosa, algo que se mide, ¡ay!, por el número de lectores que llegan al punto final del texto. Háganlo, porque allí, como reclamo, se revelará a menos qué pasó el día en que Charles Chaplin se presentó de incógnito a un concurso de imitadores de Charlot. A ver quién da más, porque algo es algo comparado con lo poco que desde el atril ha ofrecido la sesión de investidura, no desde el punto de vista de los contenidos, sino de la puesta en escena, excepción hecha, por supuesto, de Alejandro Fernández, el Lenny Bruce de los escenarios políticos. Fuera de atril, lo cual es de agradecer, ha habido algo de ‘pasilleo’, el equivalente a lo que en los institutos de secundaria (si tienen adolescentes en casa, les sonará) llaman ‘salseo’, o sea, chascarrillos que si no son ciertos deberían serlos.

Por ejemplo. ¿Ocupará Aragonès el despacho de presidente de la Generalitat, sellado desde el adiós a la belga de Puigdemont como si fuera la octava puerta de Jerusalén? Para saber la respuesta, tienen que leer antes el próximo párrafo. Es un momentito.

Hace tres años...

La última ocasión en que el Parlament eligió ‘president’ fue hace tres años. Menuda jornada. Se presentaba al cargo Quim Torra, un candidato de entrada apetitoso como un tofu, pero aquello terminó, como se sabe, como una barbacoa argentina. El chimichurri fue ese conjunto de artículos rescatados de las hemerotecas por los partidos de la oposición en que Torra, quién lo iba a imaginar, retrataba a los españoles como monstruos hediondos y, esto es literal, con “dentaduras postizas con verdín”. Aquel rapsoda, una vez ganada la votación, se acomodó en un despacho supletorio porque se suponía que el presidencial era un símbolo. Así restaría, inmaculado, hasta que un día el expresidente regresara victorioso.

Los profesionales del ‘pasilleo’ dicen que, aunque sin pompa, Aragonés pondrá fin a esa anomalía inmobiliaria. Pronto se podrá comprobar. El lunes, tal vez. Algo de telúrico tendrá esa habitación gótica, pues Pujol sus problemas tuvo para que Josep Tarradellas entendiera que su arrendamiento había finalizado y, 23 años después, Marta Ferrusola verbalizó groseramente que sentía que unos ‘okupas’, los socialistas, había entrado en su casa.

Oriol Junqueras sube la escalinata principal del Parlament, con la sesión de investidura en su ecuador.

/ Ferran Nadeu

Más ‘pasilleo’. Que Oriol Junqueras ha asistido a la sesión de investidura no lo descubrirán porque lo lean aquí. Ha sido una de las fotografías de la jornada. No es ningún secreto que Aragonès le considera su mentor y que este le corresponde con un voto de confianza, es decir, que no le sucederá lo que a Josef Tura le sucedía como protagonista de la gran obra maestra de Ernst Lubitsch, que salía a escena para pronunciar el monólogo angular de ‘Hamlet’ y el apuntador, desde su garita del proscenio, le recuerda las palabras cruciales que debe pronunciar, “ser o no ser”, título por ello de la película. La cuestión no es Esquerra, esa aparente zarzuela, sino Junts, ese Ricardo III.

Lefevrismo en Waterloo

Pasado el fin de semana se sabrá quiénes son los ‘consellers’ que le corresponden a la derecha catalana en el nuevo Consell Executiu, pero en toda una mañana de indagaciones ha sido imposible obtener una única y sólida respuesta sobre quién hará esa lista, ¿Puigdemont, que con su silencio avala a quienes dicen que el acuerdo alcanzado es una traición al 1 de Octubre?, ¿Jordi Sànchez, estratega cuestionado por los suyos estas últimas semanas? Se llaman Junts, cierto, pero son muy poco monolíticos. Un pronóstico lanzado al tapete como los dados, puro azar, podría ser que el ‘habemus papa’ anunciado poco antes de las dos de la tarde con la elección de Aragonès lo ha sido con un telón de fondo cismático, con Waterloo refundado como una suerte de sede del nuevo lefevrismo independentista. Las guerras entre religiones ya suelen ser la repera, pero n o son nada al lado de las guerras entre cristianos.

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Y ahora sí, lo prometido al principio, el punto final.

Charles Chaplin rodó sus más inmortales películas a partir de 1923, entre ellas, ‘La quimera del oro’, su favorita, de la que podrían hacerse facilones juegos de palabras en busca de comparaciones sobre si el ‘procés’ ha llegado un poco a ese punto, pues en la película tres tipos que no se soportan terminan encerrados en una cabaña durante una ventisca, figurado trasunto del Govern que está por venir. No, la cosa prometida es otra. Chaplin tuvo tres años antes de rodar aquella película la ocurrencia de presentarse a un concurso de imitadores de Charlot. Parece que este tipo de competiciones eran muy comunes. Bob Hope ganó un año antes una que se celebró en Cleveland, así que Chaplin pensó que se llevaría el primer premio de calle. Quedó en el puesto número 20. La imprevisibilidad, divino tesoro, ni que sea para sacar del sueño profundo una investidura que zzzzz...